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Pelanna cruzó el camarote hacia ella; la sonrosada y alargada cicatriz que se extendía a lo largo de la mejilla derecha de la cara cuadrada le otorgaba un aire peligroso. El cabello, de rizos menudos, le había encanecido casi por completo, y la cadena de honor que le cruzaba sobre la mejilla izquierda estaba cargada de medallones de oro que rememoraban sus triunfos, incluido el de la parte que había desempeñado en la Escapada. En las muñecas y en los tobillos todavía le quedaban marcas de las cadenas seanchan, bien que ahora las tapaba con las ropas de seda.

—Espero que te hayas recuperado bien, Harine, si la Luz quiere —dijo mientras ladeaba la cabeza y unía las regordetas manos tatuadas en un gesto de conmiseración—. Ya no te dolerá al sentarte, ¿verdad? Puse un cojín en tu silla, por si acaso.

Rió escandalosamente y miró a su Detectora de Vientos, pero Caire le dirigió una mirada vacía, como si no la hubiese oído, y luego soltó una débil risa. Pelanna frunció el entrecejo. Cuando se reía de algo esperaba que los que tenía a su mando rieran también. No obstante, la majestuosa Detectora de Vientos tenía sus propias preocupaciones, como una hija extraviada entre los confinados en tierra, secuestrada por Aes Sedai. Eso tendría un escarmiento. No hacía falta que Caire o Pelanna te cayeran bien para saber que eso era necesario.

Harine dirigió una sonrisa tirante a las dos y pasó junto a Pelanna tan cerca de ella que la mujer, a pesar del ceño que puso, tuvo que echarse hacia atrás o le habría pisado los pies. «Hija de las arenas», pensó Harine con acritud.

No obstante, la aproximación de Mareil provocó una sonrisa genuina. La alta y esbelta mujer, que tenía tantas canas como cabello negro en la melena larga hasta los hombros, había sido su amiga desde que habían empezado juntas como marineros de cubierta en un surcador añoso con una Señora de las Olas de mano de hierro y amargada por su carencia de perspectivas. Enterarse de que Mareil había escapado de Ebou Dar sana y salva había sido una gran alegría. La mujer dedicó a Pelanna y a Caire un gesto ceñudo. Tebreille, su Detectora de Vientos, también torció el gesto al mirar a esas dos pero, a diferencia de ellas, no se debía a que Mareil le exigiera que le lamiera la mano. Como hermanas que eran, Tebreille y Caire compartían la inmensa preocupación por Talaan, la hija de Caire, pero aparte de eso cualquiera de ellas le habría cortado el cuello a la otra por un cobre. O mejor aún —a su entender— sería ver a su hermana rebajada a limpiar las sentinas. No existía odio más profundo que el odio entre hermanas o hermanos.

—No permitas que esas ocas de ciénaga te den picotazos, Harine. —La voz de Mareil era grave para una mujer, pero melodiosa. Le tendió a Harine una de las dos copas que llevaba—. Hiciste lo que creías que debías hacer y, si quiere la Luz, todo saldrá bien.

En contra de sus deseos, los ojos de Harine se desviaron hacia la argolla sujeta a una de las vigas. Bien podrían haberla quitado a esas alturas. Estaba convencida de que seguía allí con el propósito de provocarla. Esa extraña joven, Min, había tenido razón. El Compromiso que había acordado con el Coramoor se había juzgado poco satisfactorio por conceder demasiado a cambio de casi nada. En ese mismo camarote, mientras el resto de las Doce Primeras y la nueva Señora de los Barcos lo presenciaban, se la había despojado de la ropa, se la había colgado por los tobillos de esa argolla sujetándola a otra puesta en el suelo, bien estirada, para a continuación azotarla hasta que gritó como si fuera a quedarse sin pulmones. Las magulladuras y los verdugones se habían quitado, pero el recuerdo persistía a pesar de que había tratado de olvidarlo con todas sus fuerzas. Sin embargo no había chillado para pedir clemencia o un respiro. Eso nunca, o de otro modo no le habría quedado más alternativa que apartarse y volver a ser una simple Navegante mientras que a otra se la elegía como Señora de las Olas del clan Shodein. La mayoría de las mujeres que se encontraban allí creían que de todos modos tendría que haber hecho eso después de recibir semejante castigo, quizás hasta Mareil lo pensaba. Pero ella contaba con la otra parte del vaticinio de Min para reforzar su presencia de ánimo. Algún día sería Señora de los Barcos. Según la ley, las Doce Primeras de los Atha’an Miere podían elegir a cualquier Navegante como Señora de los Barcos, pero a pesar de ello sólo en cinco ocasiones a lo largo de más de tres mil años se había hecho la elección de una mujer que no estuviera entre ellas. Las Aes Sedai decían que las peculiares visiones de Min se cumplían siempre, pero Harine no estaba dispuesta a jugársela.

—Todo saldrá bien, Mareil, si la Luz quiere —dijo. Con el tiempo. Sólo había de tener el valor de aguantar lo que quiera que acaeciera entretanto.

Como era habitual, Zaida llegó sin ceremonia, con pasos largos, seguida de Shielyn, su Detectora de Vientos, alta, delgada y reservada, y Amylia, la Aes Sedai de cabello claro y busto voluminoso que Zaida se había traído con ella desde Caemlyn. En el rostro intemporal parecía plasmarse una expresión permanente de sorpresa, con los increíbles ojos azules muy abiertos; la Aes Sedai respiraba agitadamente por alguna razón. Todas saludaron con una inclinación de cabeza, pero Zaida no hizo el menor caso a esos gestos de cortesía. Vestía prendas de seda brocada de color verde y la estola blanca de luto; era baja, el cabello muy corto, rizado y canoso, pero aun así se las ingeniaba para dar la impresión de ser tan alta como Shielyn. Harine tuvo que admitir para sus adentros que era cuestión de personalidad y de saber estar. Zaida tenía esas cualidades y una reflexión imperturbable que ni siquiera perturbaría verse sorprendida por una cemara a sotavento. Además de volver con la primera de las Aes Sedai acordadas en el trato a cambio del uso del Cuenco de los Vientos, también había regresado con su propio pacto por el que se cedía tierra en Andor que estaría bajo la ley Atha’an Miere, y mientras que el Compromiso de Harine se había considerado deficiente, el de Zaida se había recibido con gran aprobación. Eso y el hecho de que hubiera llegado directamente a Illian a través de uno de esos peculiares accesos, tejido por su propia Detectora de Vientos, no eran las únicas razones de que ahora fuera Señora de los Barcos, pero tampoco habían perjudicado su causa. La propia Harine consideraba ese Viajar como algo sobrevalorado. Sí, Shalon sabía hacer un acceso, pero abrir uno en la cubierta de un barco sin causar destrozos, incluso en aguas tan calmas como éstas, sobre todo desde la cubierta de otro barco, era arriesgado en el mejor de los casos, y nadie era capaz de crear uno lo bastante grande para que un barco lo cruzara navegando. Sobrevalorado en exceso.

—El hombre no ha llegado aún —anunció Zaida mientras se sentaba en la silla que daba la espalda a las ventanas de popa, se arreglaba el largo fajín rojo de flecos y reajustaba el ángulo de la daga tachonada de esmeraldas que llevaba metida en el fajín.

Era una mujer muy puntillosa. Era lógico querer tener todo en su sitio a bordo de un barco —el orden se convertía en una costumbre y en una necesidad— pero ella era exigente incluso para las pautas habituales. Las restantes sillas, ninguna de las cuales estaba fijada a la cubierta como era costumbre, formaban dos filas, una enfrente de la otra, y las Señoras de las Olas empezaron a ocupar sus asientos mientras la Detectora de los Vientos de cada cual se situaba de pie detrás de la silla correspondiente.