—Al parecer su propósito es que lo esperemos —concluyó Zaida—. Amylia, ocúpate de que esas copas estén todas llenas.
Vaya. Por lo visto Amylia había vuelto a meter la pata. La Aes Sedai pegó un respingo, se recogió la falda de tono broncíneo hasta las rodillas y corrió hacia la mesa donde estaban las jarras de vino. La había metido hasta el fondo, aparentemente. Harine se preguntó cuánto tiempo permitiría Zaida que siguiera llevando falda en lugar de pantalones, que eran mucho más prácticos a bordo de un barco. Sin duda le causaría una gran impresión el hecho de que, una vez que se perdiera de vista tierra, las blusas dejaran de usarse. Perteneciente al Ajah Marrón, Amylia había querido estudiar al pueblo Atha’an Miere, pero disponía de muy poco tiempo para el estudio. Su propósito era trabajar y Zaida se ocupaba de que lo hiciera. Estaba allí para enseñar a las Detectoras de Vientos todo lo que las Aes Sedai sabían. Aún titubeaba respecto a eso, pero el rango de cualquier instructor confinado en tierra, por peculiar que fuera, se encontraba apenas una pizca por encima de los marineros de cubierta —¡al principio la mujer había creído que su posición era exactamente igual que la de Zaina, si no superior!— si bien parecía que el contacto regular del flagelo del oficial de cubierta en el trasero la estaba haciendo cambiar de idea, aunque despacio. ¡De hecho, Amylia había intentado desertar tres veces! Lo curioso es que no sabía crear accesos —conocimiento, por otro lado, que se preocupaban de mantener secreto para ella— y tendría que haber imaginado que la sometían a estrecha vigilancia y no intentar huir sobornando a uno de los botes de vendedores. Bueno, no parecía probable que volviera a intentarlo. Supuestamente se le había advertido que un cuarto intento le acarrearía el castigo de azotes en público, seguido de colgarla por los pulgares del aparejo. Nadie se arriesgaría a sufrir semejante humillación, sin duda. Se sabía de Navegantes e incluso de Señoras de las Olas que habían sido degradadas a marineras de cubierta y que lo habían hecho voluntariamente tras pasar por eso, ansiosas de perderse —ellas y su deshonor— en la masa de hombres y mujeres que jalaban cabos y se ocupaban del velamen.
Apartando el cojín colocado en su asiento y dejándolo caer desdeñosamente en cubierta, Harine ocupó su sitio al final de la fila de la izquierda, con Shalon de pie a su espalda. Era la de menor categoría a excepción de Mareil, sentada enfrente de ella. Claro que Zaida se habría sentado sólo una silla antes que ella si no hubiese conseguido el sexto aro de oro en cada oreja y las cadenas que los conectaban. Todavía debían de dolerle los lóbulos por los agujeros abiertos a tal propósito. Qué idea tan agradable.
—Y ya que nos hace esperar, tal vez deberíamos pagarle con la misma moneda cuando llegue finalmente. —Con la copa en la mano, aunque sin probar el vino, Zaida despachó a la Aes Sedai con un brusco ademán, y Amylia corrió hacia Mareil. Qué estúpida mujer. ¿Acaso no sabía que debía servir a la Señora de los Barcos en primer lugar y después a las Señoras de las Olas conforme a la categoría?
Zaida jugueteó con la cajita afiligranada de perfume colgada de una gruesa cadena de oro al cuello. También llevaba un ancho collar de pesados eslabones y ajustado a la garganta, regalo de Elayne de Andor.
—Viene de parte del Coramoor —dijo secamente—, a quien se supone que debías pegarte como una lapa. —El tono no se endureció en ningún momento, pero cada palabra pareció cortar a Harine—. Este hombre es la persona más cercana al Coramoor con quien puedo llegar a hablar sin correr un gran riesgo, ya que aceptaste que no había de acudir a mi llamamiento más de dos veces en un periodo de tres años. Por culpa tuya tengo que aguantar la descortesía de este hombre si resulta ser un sucio borracho que ha de ir corriendo a la batayola para vaciar el estómago cada dos frases. La embajadora que envíe al Coramoor será alguien que sabrá obedecer las órdenes recibidas.
Pelanna rió con disimulo, burlonamente. Shalon apretó el hombro de Harine en un gesto tranquilizador, pero no lo necesitaba. ¿Quedarse con el Coramoor? No había modo de que pudiera explicarle a nadie, ni siquiera a Shalon, los métodos groseros de Cadsuane para doblegar su voluntad ni la absoluta falta de respeto a su dignidad. Había sido embajadora de los Atha’an Miere de nombre mientras que se la obligaba a danzar al son que tocara la Aes Sedai. Estaba dispuesta a reconocer, aunque sólo fuera ante sí misma, que casi había llorado de alivio cuando comprendió que esa maldita mujer iba a dejar que se marchara. Además, las visiones de esa chica siempre se hacían realidad. Eso decían las Aes Sedai, y ellas no podían mentir. Le bastaba. Turane se deslizó en el camarote e hizo una reverencia a Zaida.
—El emisario del Coramoor ha llegado, Señora de los Barcos. Salió de… de un acceso sobre la cubierta del barco. —Aquello levantó murmullos entre las Detectoras de Vientos, y Amylia se sacudió como si hubiese sentido de nuevo el golpe del flagelo del oficial de cubierta.
—Confío en que no haya causado daños excesivos en la cubierta, Turane —dijo Zaida. Harine bebió vino para disimular un atisbo de sonrisa. Al parecer iban a hacer que el hombre esperara, un poco al menos.
—Ninguna en absoluto, Señora de las Olas. —Turane parecía sorprendida—. El acceso se abrió más de un pie por encima de la cubierta y lo cruzó desde uno de los muelles de la ciudad.
—Sí —susurró Shalon—. Ahora entiendo cómo hacerlo así. —Creía que todo lo relacionado con el Poder era maravilloso.
—Tiene que haber sido un gran sobresalto ver aparecer un muelle de piedra sobre vuestro alcázar —comentó Zaida—. De acuerdo, veré si el Coramoor me ha enviado un sucio borracho. Hazlo pasar, Turane. Pero no te des prisa. Amylia, ¿voy a conseguir que me sirvas un poco de vino antes de que se haga de noche?
La Aes Sedai dio un respingo y entre asomos de pucheros, como si estuviese a punto de llorar, corrió a coger una copa al tiempo que Turane hacía otra reverencia y salía. Luz, ¿qué había hecho Amylia? Pasó un largo rato y Zaida tuvo servido el vino bastante antes de que un hombre corpulento de cabello oscuro que le caía en bucles sobre los anchos hombros entrara en el camarote. Desde luego no estaba sucio y tampoco parecía borracho. El cuello alto de la chaqueta negra lucía un alfiler de plata en forma de espada a un lado, y al otro, un alfiler rojo y dorado en forma de una de las criaturas que se enroscaban en los antebrazos del Coramoor. Un dragón. Sí, así era como se llamaba. Otro alfiler redondo, prendido en el hombro izquierdo, mostraba tres coronas doradas sobre fondo azul esmaltado. ¿Una enseña, tal vez? ¿Era un noble de los confinados en tierra? ¿Habría honrado el Coramoor a Zaida al enviar a ese hombre? Conociendo a Rand al’Thor como lo conocía, dudaba que hubiera sido intencionado. No es que intentara desacreditar a nadie, pero los honores de los demás lo traían sin cuidado.
Le hizo una reverencia a Zaida mientras sujetaba suavemente la espada al costado, pero no se llevó la mano al corazón, los labios y la frente. No obstante, con los confinados en tierra había que pasar por alto algunos deslices.
—Me disculpo por la tardanza, Señora de las Olas —dijo—, pero parecía innecesario llegar antes de que todo vuestro grupo estuviera al completo. —Debía de tener un visor de lentes muy bueno para haber observado eso desde el muelle.
—¿Tenéis nombre? —inquirió Zaida tras observarlo de arriba abajo y beber un sorbo de vino.
—Me llamo Logain —contestó simplemente.
La mitad de las mujeres de la sala soltaron una exclamación ahogada y la mayoría de las otras se quedaron boquiabiertas. Más de una dejó caer vino de la copa. Zaida no, ni tampoco Harine, pero sí otras. Logain. Aquél era un nombre conocido incluso por los Atha’an Miere.