—Lelaine ha convocado a la Antecámara en sesión —dijo, falta de resuello—. No conseguí descubrir para qué. Corrí a decíroslo, pero no quise interrumpir mientras la salvaguardia estuviera puesta.
—Y has hecho lo correcto —dijo Romanda—. Nisao, si me disculpas, he de ocuparme de ver qué se trae entre manos Lelaine.
Recogió el chal de flecos amarillos que tenía encima de uno de los arcones en los que guardaba su ropa, se lo colocó sobre los brazos, y comprobó si tenía arreglado el cabello en el espejo roto antes de conducir a las otras al exterior y verlas partir a sus asuntos. Tampoco es que pensara que Nisao hubiera buscado lo que había hecho ese ruido sordo si la dejaba sola en la tienda, pero más valía prevenir que curar. Aelmara pondría el libro en su sitio, junto a otros cuantos volúmenes similares, dentro del baúl que contenía sus posesiones personales. Ese baúl tenía un candado muy sólido del que sólo había dos llaves, una guardada en su escarcela, y la segunda, en la de Aelmara.
La mañana era fresca, si bien la primavera había llegado de repente. Los oscuros nubarrones que se acumulaban detrás del quebrado pico del Monte del Dragón soltarían agua, más que nieve, si bien con un poco de suerte no lo harían sobre el campamento. Había muchas tiendas que se calaban y las calles del campamento eran ya un cenagal. Los carros de reparto salpicaban barro desde las altas ruedas al tiempo que abrían nuevas rodadas; en su mayoría los conducían mujeres y unos pocos hombres canosos. El acceso de varones al campamento Aes Sedai estaba estrictamente limitado ahora. Aun así, casi todas las hermanas que caminaban por las pasarelas de madera iban envueltas en el brillo del saidar y las acompañaba el Guardián, si lo tenían. Romanda se negaba a abrazar la Fuente cada vez que salía —alguien tenía que dar ejemplo de un comportamiento debido estando todas las hermanas del campamento con el alma en vilo— aunque era muy consciente de ese vacío. Y también de no tener un Guardián. Mantener fuera del campamento a la mayoría de los hombres estaba muy bien, pero no era probable que un asesino hiciera caso de tal prohibición.
Un poco más adelante Gareth Bryne apareció a caballo en un cruce de calles. Era un hombre fornido con casi todo el pelo canoso; llevaba el peto puesto sobre una chaqueta de color beis y el yelmo colgado de la perilla de la silla. Lo acompañaba Siuan, que se mecía sobre una yegua regordeta y peluda; su aspecto de muchachita guapa casi lograba que una olvidara la obstinación y la lengua mordaz de las que había hecho gala siendo Amyrlin. Y era fácil olvidar que seguía siendo una maquinadora consumada. Las Azules siempre lo eran. La yegua andaba con paso pesado, pero Siuan estuvo a punto de caerse antes de que Bryne alargara el brazo y la sujetara. Al borde del sector Azul —el campamento estaba instalado de un modo más o menos aproximado a la posición de los sectores de los Ajahs en la Torre— el hombre desmontó para ayudarla a bajar y después volvió a montar en su zaino y la dejó allí, con las riendas de la yegua en la mano y siguiéndolo con la mirada. Vaya, ¿por qué haría eso? Limpiarle las botas, hacerle la colada. Una relación abominable a la que debería ponerle fin el Azul, y a la Fosa de la Perdición con la costumbre. Por arraigada que estuviera, no se podía hacer un mal uso de ella y que su ejemplo pusiera en ridículo a todas las Aes Sedai.
Dando la espalda a Siuan, se encaminó hacia el pabellón que hacía las veces de Antecámara de la Torre provisional. Por agradable que fuera reunirse en la verdadera Antecámara, y no digamos ya hacerlo en las mismas narices de Elaida, pocas hermanas conseguían dormirse a una hora que no tenían costumbre, de modo que el pabellón tenía que seguir prestando su servicio. Se deslizó por la pasarela sin prisa. No estaba dispuesta a que se la viera correr en respuesta a una convocatoria de Lelaine. ¿Qué querría esa mujer ahora?
Sonó un gong, amplificado por el Poder a fin de que se propagara claramente por el campamento —otra de las sugerencias de Sharina—, y de repente las pasarelas se encontraron abarrotadas de novicias que iban presurosas a su siguiente clase o a cumplir con sus tareas, todas agrupadas en familias. Esas familias de seis o siete novicias acudían siempre juntas a clase, hacían juntas las tareas, de hecho lo hacían todo juntas. Era una forma eficaz de manejar a tantas novicias —casi cincuenta más habían llegado al campamento sólo durante las últimas dos semanas, lo que había incrementado la cifra total a casi un millar a pesar de las fugitivas, y casi una cuarta parte de la totalidad tenían la edad adecuada para ser novicias como era debido, ¡más de las que la Torre había tenido en siglos!—, pero aun así habría querido que no fuera obra de Sharina. La mujer ni siquiera se lo había sugerido a la Maestra de las Novicias. ¡Lo había organizado por sí misma y se lo había presentado a Tiana hecho y rematado! Las novicias, algunas con hebras grises en el cabello o con arrugas en el rostro de forma que era difícil pensar en ellas como «pequeñas» a pesar de los vestidos blancos, se apretujaban al borde de la pasarela para dejar pasar a las hermanas al tiempo que hacían reverencias, pero ninguna se bajaba al barro de la calle para hacer más hueco. Otra vez Sharina. Sharina había hecho correr la voz de que no quería ver a las chicas ensuciando las bonitas prendas blancas sin necesidad. Eso bastaba para que Romanda rechinara los dientes. Las novicias que le hacían una reverencia se irguieron deprisa y se alejaron prácticamente corriendo.
Más adelante vio a Sharina que hablaba con Tiana, ésta envuelta en el brillo del saidar. La única que hablaba era ella, y Tiana se limitaba a asentir con la cabeza de vez en cuando. No había nada de irrespetuoso en la actitud de Sharina; pero, a despecho del blanco de novicia de su ropa, el semblante arrugado y el cabello canoso sujeto en un prieto moño en la nuca tenía exactamente el aspecto de lo que era, una abuela, en tanto que Tiana, lamentablemente, ofrecía un aspecto juvenil. Algo en su estructura ósea y en los grandes ojos castaños desbordaba el aspecto intemporal Aes Sedai. Con falta de respeto o sin él, la impresión que daba era la de una mujer aleccionando a su nieta; demasiado para que a Romanda le gustara. Mientras se acercaba a ellas, Sharina hizo una correcta reverencia —una muy correcta reverencia, tuvo que admitir Romanda— y se alejó presurosamente en dirección contraria para reunirse con su familia, que la esperaba. ¿Había menos arrugas en su rostro de las que había tenido? Bien, era imposible saber qué podía ocurrir cuando una mujer empezaba con el Poder a su edad. ¡Sesenta y siete años y novicia!
—¿Está dando problemas? —preguntó, y Tiana pegó un brinco como si un carámbano se le hubiese colado por el cuello del vestido. A esta mujer le faltaba la dignidad, la seriedad necesaria para una Maestra de las Novicias. A veces también parecía agobiada por la cantidad de personas de las que era responsable. Por si fuera poco, era excesivamente indulgente y aceptaba disculpas donde no podía haber ninguna.
Sin embargo se recobró enseguida y se puso al paso de Romanda, si bien se alisó la oscura falda gris sin que fuera necesario.
—¿Problemas? Pues claro que no. Sharina es la novicia con mejor comportamiento de las inscritas en el libro. A decir verdad, la mayoría se comportan bien. La mayoría de las que me mandan al estudio son madres que están molestas porque sus hijas aprenden más deprisa que ellas o tienen más potencial, o tías con las mismas quejas sobre sus sobrinas. Parecen creer que es un tema que se puede rectificar de alguna forma. Se pueden mostrar sorprendentemente testarudas al respecto hasta que les dejo claro lo que significa mostrarse testaruda con cualquier hermana. Sin embargo a muchas me las han mandado más de una vez, me temo. Un puñado todavía parecen sorprenderse de que se las pueda azotar.