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—No me digas —comentó distraídamente Romanda.

Había avistado a la rubia Delana, que se dirigía presurosa en la misma dirección con el chal de flecos grises echado sobre los brazos y la supuesta secretaria caminando a su lado. Delana vestía en un tono gris muy oscuro, pero la marrana de la Saranov llevaba ropa de seda verde con cuchilladas azules que le dejaban el busto a la vista y demasiado ajustado a las caderas, que contoneaba sin reparo. Últimamente, esas dos parecían haber dejado de lado la historia de que Halima sólo era la criada de Delana. De hecho, la mujer gesticulaba de manera enfática mientras que Delana se limitaba a asentir de la forma más dócil que imaginarse pudiera. ¡Dócil! Siempre era un error elegir una compañera de almohada que no llevara el chal. Sobre todo si se era tan necia como para dejarle que tomara el mando.

—Sharina no sólo se comporta bien —continuó despreocupadamente Tiana—, sino que está demostrando una gran habilidad en la nueva modalidad de Curar de Nynaeve. Al igual que varias novicias de edad. La mayoría eran Mujeres Sabias de un tipo u otro en pueblos, aunque no veo si eso podría tener alguna conexión con lo otro. Una era una noble de Murandy.

Romanda se tropezó con sus propios pies y dio un trompicón al tiempo que agitaba los brazos para recobrar el equilibrio antes de recuperarse y arreglarse el chal. Tiana también le asió el brazo para sujetarla mientras mascullaba algo sobre la irregularidad de las planchas de la pasarela, pero Romanda se soltó de un tirón. ¿Que Sharina tenía facilidad para la nueva Curación? ¿Así como cierto número de las mujeres de más edad? Ella misma había aprendido el nuevo método, pero aunque era lo bastante diferente del antiguo para que no se aplicara la limitación del tejido aprendido de segundas, no poseía mucha destreza para ello. Ni de lejos la que tenía con el viejo método.

—¿Y por qué se permite que las novicias practiquen eso, Tiana?

Tiana enrojeció, y con razón. Esos tejidos eran demasiado complejos para las novicias, aparte de lo peligrosos que podían ser si se usaban mal. Si se realizaba de forma equivocada, la Curación podía matar en lugar de sanar, tanto a la mujer que estuviera encauzando como al paciente.

—No puedo evitar que vean Curar, Romanda —repuso a la defensiva al tiempo que movía los brazos como si se ajustara el chal que no llevaba puesto—. Siempre hay algún hueso roto o algún necio se las apaña para darse un feo corte, y no digamos ya las enfermedades con las que nos tenemos que enfrentar últimamente. La mayoría de las mujeres mayores sólo tienen que ver un tejido una vez para ser capaces de hacerlo. —De repente, durante un fugaz instante, el rubor asomó de nuevo a sus mejillas. Controlando la expresión, se puso erguida y el tono defensivo desapareció de su voz—. En cualquier caso, Romanda, no tendría que recordarte que las novicias y las Aceptadas son de mi competencia. Como Maestra de las Novicias, soy yo quien decide lo que pueden aprender y cuándo hacerlo. Algunas de esas mujeres podrían pasar la prueba para Aceptadas hoy, sólo tras unos pocos meses de aprendizaje. Al menos en lo concerniente al Poder. Si decido que no estén mano sobre mano ociosamente, es cosa mía.

—Quizá deberías correr por si Sharina tiene más instrucciones que darte —dijo fríamente Romanda.

Chapetas rojas se marcaron en las mejillas de Tiana, que giró sobre sus talones y se alejó sin pronunciar palabra. No era exactamente el comportamiento grosero que se prohibía, pero le andaba cerca. Incluso por detrás era la viva imagen de la indignación, tiesa la espalda como una barra de hierro, el paso rápido. Bueno, Romanda estaba dispuesta a admitir que también había actuado de un modo que rayaba en la grosería. Pero con motivo.

Procurando quitarse de la cabeza a la Maestra de las Novicias, echó a andar de nuevo hacia el pabellón, pero tuvo que contenerse para no caminar tan deprisa como Tiana. Sharina. Y varias de las mujeres mayores. ¿Debería replantearse su postura? No. Por supuesto que no. Jamás habría debido permitirse que sus nombres se inscribieran en el libro de novicias, para empezar. Sin embargo, allí estaban sus nombres, y parecía que habían dominado esa nueva y maravillosa Curación. Oh, que endiablado enredo era todo. No quería pensar en eso. Ahora no.

El pabellón se alzaba en el centro del campamento; era una construcción de pesada lona con infinidad de parches, y la rodeaba una pasarela tres veces más ancha que cualquiera de las otras. Remangándose bien la falda para que no rozara en el barro, cruzó hacia allí a buen paso. No le importaba darse prisa cuando hacerlo significaba salir del barro cuanto antes. Aun así, Aelmara se pasaría un buen rato limpiándole los zapatos. Y las enaguas, comprendió mientras dejaba caer los vuelos de la falda para tapar de nuevo los tobillos como era debido.

El rumor de una sesión de la Antecámara siempre atraía hermanas que confiaban en descubrir algo sobre las negociaciones o sobre Egwene, y había cincuenta o más reunidas alrededor del pabellón junto con sus Guardianes o de pie en el interior, detrás de donde las Asentadas tomaban asiento. Incluso allí la mayoría brillaba con la luz del Poder. Como si corrieran algún peligro estando rodeadas de otras hermanas. Se sorprendió asaltada por las ganas de ponerse a repartir bofetadas por todo el pabellón. Pero eso no podía ser, naturalmente. Aun en el caso de dejar a un lado la costumbre, cosa que no tenía el menor deseo de hacer, un asiento en la Antecámara no daba autoridad para hacer algo semejante.

Sheriam, con la estrecha estola de color azul intenso de Guardiana sobre los hombros, se destacaba entre la multitud, en parte porque había un vacío evidente a su alrededor. Otras hermanas evitaban mirarla, así que menos aún iban a acercarse a ella. La mujer de cabello pelirrojo causaba embarazo a muchas hermanas por aparecer cada vez que se convocaba a la Antecámara para una sesión. La ley era muy clara. Cualquier hermana podía asistir a una sesión de la Antecámara a menos que fuera a puerta cerrada, pero la Amyrlin no podía entrar en la Antecámara de la Torre sin ser anunciada por la Guardiana, y a ésta no se le permitía entrar sin la Amyrlin. Los verdes ojos de Sheriam denotaban tensión, como era habitual, y rebullía de manera muy impropia, como una novicia que supiera que le aguardaba otra visita a la Maestra de las Novicias. Al menos no abrazaba la Fuente, y a su Guardián no se lo veía por ninguna parte.

Antes de entrar en el pabellón, Romanda echó una ojeada hacia atrás y suspiró. La masa de nubarrones negros situada detrás del Monte del Dragón había desaparecido. No es que se hubiera fragmentado y desperdigado a la deriva. Se había esfumado completamente. A buen seguro tendrían otra oleada de pánico entre braceros y mozos, así como entre las criadas. Sorprendentemente, las novicias parecían tomarse esos extraños acontecimientos con más calma. Quizá se debía a que intentaban seguir el ejemplo de las hermanas, pero sospechaba que en eso también estaba la mano de Sharina. ¿Qué iba a hacer con esa mujer?

Dentro, dieciocho cajas cubiertas con tela de los colores de los seis Ajahs representados en el campamento formaban plataformas para los bancos abrillantados, situadas en dos filas al sesgo sobre las alfombras apiladas en el suelo, el extremo más amplio en dirección a una caja cubierta con tiras de tela de los siete colores. Egwene había insistido, muy sabiamente, en incluir el rojo a pesar de la fuerte oposición. Allí donde Elaida parecía decidida a separar a los Ajahs entre sí, Egwene mostraba determinación en mantenerlos unidos, incluido el Rojo. El banco de madera colocado sobre esa plataforma tenía la estola de siete colores de la Amyrlin echada por encima. Nadie se había hecho responsable de ponerla allí, pero tampoco nadie la había quitado. Romanda no estaba segura de si el propósito era recordar a Egwene al’Vere, la Sede Amyrlin, como un eco de su presencia o un recordatorio de que se hallaba ausente y prisionera. Sin duda la interpretación dependería de la hermana que la mirara.