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No era la única Asentada que no había corrido a la convocatoria de Lelaine, aparentemente. Delana ya estaba allí, por supuesto, hundida en su banco y frotándose un lado de la nariz, pensativos los ojos azules claros. Hubo un tiempo en el que Romanda la había considerado sensata. Inapropiada para un asiento, pero sensata. Al menos no había permitido que Halima la siguiera al interior de la Antecámara para continuar con su perorata. O, más bien, al menos Halima había decidido no entrar. Nadie que la hubiera oído gritarle a Delana albergaba dudas sobre quién daba las órdenes allí. La propia Lelaine ya se encontraba en su banco, justo debajo del de la Amyrlin. Esbelta, de mirada dura, vestida de seda con cuchilladas azules, era una mujer que racionaba las sonrisas con gran mesura, lo cual hacía el doble de raro que de vez en cuando echara una ojeada hacia la estola de siete colores y esbozara una. Esa sonrisa inquietaba a Romanda, y eran contadas las cosas que lo conseguían. Moria, con vestido de paño azul y bordados de plata, caminaba de un extremo a otro delante de las plataformas cubiertas de tela azul. ¿Su ceño se debía a conocer el motivo de que Lelaine hubiera convocado la sesión de la Antecámara o porque le preocupaba no saberlo?

—Vi a Myrelle caminando con Llyw y no creo haber visto nunca a una hermana que pareciera tan agobiada —decía Malind mientras se subía el chal de flecos verdes cuando Romanda entró en el pabellón. A despecho del tono compasivo, los ojos le brillaban y la boca carnosa se le curvaba en una mueca divertida—. ¿Cómo conseguiste convencerla para que lo vinculara? Me encontraba presente cuando alguien se lo sugirió y juro que se puso pálida. Ese hombre casi podría pasar por un Ogier.

—Me expresé de forma contundente respecto al deber. —Faiselle, fornida y de cara cuadrada, era contundente en todo; a decir verdad, era tan contundente como un martillo. Toda ella hacía mofa de las historias sobre las seductoras domani—. Le hice notar que Llyw se estaba volviendo más y más peligroso para sí mismo y para los demás desde la muerte de Kairen, y le dije que no se podía permitir que las cosas siguieran así. Le hice ver que era la única hermana que había conseguido salvar a otros dos Guardianes en las mismas circunstancias, que era la única posibilidad de intentar que se hiciera otra vez. He de admitir que tuve que apretarle un poco las tuercas, pero finalmente comprendió que era lo más adecuado.

—¿Y cómo, en nombre de la Luz, le apretaste las tuercas? —se interesó Malind con actitud anhelante.

Romanda las dejó atrás. ¿Cómo podía nadie apretarle las tuercas a Myrelle? No. Nada de chismorreos.

Janya se encontraba en su banco para las Marrones, pensativa, con los ojos entrecerrados. Por lo menos los tenía entrecerrados, porque esa mujer siempre parecía estar pensando en otra cosa mientras te hablaba. Quizá tenía algo de estrabismo. Sin embargo, el resto de los bancos estaban vacíos aún. Romanda habría querido ir paseando más despacio. Habría preferido ser la última en llegar en vez de ser una de las primeras. Tras unos instantes de vacilación, se acercó a Lelaine.

—¿Te importaría dar una idea de por qué has convocado esta sesión?

Lelaine le sonrió con gesto divertido aunque resultaba desagradable al mismo tiempo.

—Supongo que puedes esperar hasta que haya suficientes Asentadas para que se proceda con la sesión, porque no me apetece repetirme. Pero te diré una cosa: será espectacular. —Desvió la vista hacia la estola de rayas y Romanda sintió frío.

Aun así no lo dejó traslucir y se limitó a tomar asiento en el banco, enfrente de Lelaine. No pudo evitar echar una ojeada inquieta hacia la estola. ¿Era esto un intento de derrocar a Egwene? No parecía probable que la otra mujer dijera algo que la convenciera para que apoyara el consenso plenario. Ni a muchas de las otras Asentadas, ya que eso las conduciría de nuevo a la lucha entre Lelaine y ella por el control y debilitaría la posición contra Elaida. No obstante, el aire de seguridad de Lelaine resultaba inquietante. Domeñó el gesto para ofrecer una expresión de sosiego y esperó. No se podía hacer nada más.

Kwamesa entró casi corriendo en el pabellón y la cara de nariz larga manifestó disgusto por no haber sido la primera en llegar; se situó junto a Delana. La siguiente en aparecer fue Salima —piel atezada, mirada fría, atuendo verde con cuchilladas amarillas y bordados del mismo color sobre el busto— y tras ella el ajetreo aumentó. Lyrelle se deslizó al interior del pabellón, grácil y elegante con su vestido azul de seda brocada, para tomar asiento con las Azules, y a continuación entraron Saroiya y Aledrin, juntas las cabezas; la corpulenta domani casi parecía esbelta al lado de la fornida tarabonesa. Mientras tomaban asiento en los bancos Blancos, Samalin, con su rostro zorruno, se unió a Faiselle y a Malind, y la diminuta Escaralde entró corriendo a toda prisa. ¡Corriendo! También era oriunda de Far Madding. Debería saber mejor cómo comportarse.

—Varilin está en Darein, creo —dijo Romanda mientras Escaralde se sentaba junto a Janya—, pero aunque todavía pueden llegar otras ya somos más de once. ¿Te basta para empezar, Lelaine, o prefieres esperar?

—Me basta para empezar.

—¿Deseas una sesión protocolaria?

Lelaine sonrió de nuevo. Esta mañana estaba muy generosa con las sonrisas. No obstante, no otorgaban calidez a su semblante.

—No será necesario, Romanda. —Se arregló levemente la falda—. Pero pido que lo que se diga aquí sea sellado para la Antecámara a partir de este momento.

Se alzó un murmullo en la creciente multitud de hermanas que se apiñaban detrás de los bancos y de las que se encontraban fuera del pabellón. Incluso algunas Asentadas denotaron sorpresa. Si la sesión no era protocolaria, ¿qué necesidad había de restringir a tal punto el conocimiento de lo que se iba a hablar? Romanda asintió con la cabeza como si aquélla fuera la petición más razonable que haber pudiera.

—Que todas aquellas que no tienen asiento salgan. Aledrin, aíslanos con una salvaguardia, por favor.

A despecho del sedoso cabello rubio oscuro y de los grandes y brillantes ojos castaños, la Blanca tarabonesa no era guapa, pero tenía una buena cabeza sobre los hombros, lo que era mucho más importante. Se puso de pie y pareció dudar sobre si debía pronunciar la fórmula protocolaria, aunque finalmente se contentó con tejer la salvaguardia contra oídos indiscretos alrededor del pabellón y la mantuvo. El murmullo se fue apagando a medida que hermanas y Guardianes pasaban a través de la salvaguardia, hasta que finalmente salieron todos y se hizo el silencio. Sin embargo se quedaron a la puerta, hombro con hombro en la pasarela, atentas, en tanto que los Guardianes se amontonaban detrás a fin de poder ver todos. Lelaine se levantó y se ajustó el chal.

—Trajeron a mi presencia a una hermana Verde que había pedido ver a Egwene —empezó. Las Asentadas Verdes rebulleron e intercambiaron miradas, sin duda preguntándose por qué en vez de conducir a la hermana ante Lelaine no lo habían hecho ante ellas. Lelaine fingió no darse cuenta—. No pidió ver a la Sede Amyrlin, sino a Egwene al’Vere. Trae una propuesta que satisface algunas de nuestras demandas, aunque se mostró reacia a explicármelo con detalle. Moria, ¿quieres hacer el favor de traerla para que así presente su propuesta a la Antecámara? —Dicho esto, ocupó de nuevo su asiento.

Moria salió del pabellón, todavía fruncido el entrecejo, y la multitud apiñada fuera se apartó para dejarla pasar. Romanda alcanzó a ver hermanas que intentaban hacerle preguntas, pero ella hizo caso omiso y desapareció a través de la calle en dirección al sector del Ajah Azul. Romanda tenía una docena de preguntas que le habría gustado plantear en el intervalo, pero tanto si era una sesión protocolaria como si no, las preguntas en ese momento serían improcedentes. No obstante, las Asentadas no esperaron en silencio. En todos los Ajahs, salvo en el Azul, las mujeres bajaron de las plataformas a fin de agruparse en corrillos y hablar en voz baja. Excepto el Azul y el Amarillo. Salima bajó de la plataforma y se acercó a la que ocupaba Romanda, pero ésta levantó la mano ligeramente tan pronto como abrió la boca.