—¿Para qué hablar del tema hasta que no conozcamos la propuesta, Salima?
La cara redonda de la hermana teariana era tan indescifrable como un trozo de piedra, pero al cabo de un momento asintió con la cabeza y volvió a su asiento. No es que fuera poco inteligente, en absoluto. Sólo no era idónea.
Por fin Moira regresó conduciendo a una mujer alta vestida de verde oscuro, con el cabello oscuro retirado severamente hacia atrás del semblante marfileño y adusto y sujeto con una peineta de plata; todas volvieron a sus asientos. Tres hombres con espada a la cadera que venían detrás de ella pasaron entre las hermanas que observaban y la siguieron al interior del pabellón. Eso era inusual. Mucho, cuando la sesión se había sellado para la Antecámara. Al principio Romanda apenas les prestó atención, sin embargo. No sentía ningún interés en los Guardianes desde que el suyo había muerto, de eso hacía ya muchos años. Pero alguien entre las Verdes dio un respingo y Aledrin soltó un chillido. ¡Realmente chilló! Y miraba a los Guardianes de hito en hito. Eso era lo que debían ser, y no sólo porque fueran pisándole los talones a la Verde. No cabía duda en la mortífera gracilidad de un Guardián.
Romanda los observó con más detenimiento y a punto estuvo de dar un respingo. Eran hombres dispares, sólo parecidos en lo que se asemeja un leopardo a un león, pero uno de ellos, un muchacho guapo, tostado por el sol, con el cabello trenzado y adornado con campanillas y vestido completamente de negro, lucía un par de alfileres en el alto cuello de la chaqueta: una espada de plata y una criatura sinuosa, con crines, en rojo y dorado. Había oído suficientes descripciones para saber que estaba mirando a un Asha’man. Un Asha’man al que, aparentemente, habían vinculado. Recogiéndose la falda, Malind bajó de un salto y salió corriendo hacia donde estaban aglomeradas las hermanas. No se habría asustado, ¿verdad? Para ser sincera, Romanda admitió, aunque sólo para sus adentros, que sentía cierto atisbo de inquietud.
—No eres una de nosotras —dijo Janya, que habló cuando no debía, como siempre. Se echó hacia adelante y observó a la hermana recién llegada con los ojos entrecerrados—. ¿He de suponer que no has venido para unirte a nosotras?
La boca de la Verde se torció en un gesto obvio de desagrado.
—Supones bien —contestó con un fuerte acento tarabonés—. Me llamo Merise Haindehl y, en lo que a mí respecta, no me uniré a ninguna hermana que desea luchar contra otras hermanas mientras que el mundo pende de un hilo. Nuestro enemigo es la Sombra, no mujeres que llevan el chal igual que nosotras.
Los murmullos se alzaron en el pabellón, algunos furiosos, otros, le pareció a Romanda, avergonzados.
—Si desapruebas lo que hacemos —prosiguió Janya, como si tuviera derecho a hablar antes que Romanda—, ¿por qué nos traes una propuesta, sea cual sea?
—Porque el Dragón Renacido se lo pidió a Cadsuane y Cadsuane me lo pidió a mí —repuso Merise. ¿El Dragón Renacido? La tensión en la Antecámara se hizo palpable de repente, pero la mujer continuó como si no lo hubiera notado—. En consecuencia, no es una propuesta mía. Jahar, explícaselo.
El joven tostado por el sol se adelantó al frente y, al pasar junto a ella, Merise alzó la mano para darle unas palmaditas de ánimo en el hombro. El respeto de Romanda hacia la mujer creció. Vincular un Asha’man ya era toda una hazaña. Darle palmaditas como se haría con un perro de caza requería un nivel de valor y seguridad en sí misma que ella no creía poseer.
El chico caminó hasta el centro del pabellón sin apartar la vista del banco donde reposaba la estola de la Amyrlin, y después giró lentamente sobre sí mismo y su mirada pasó sobre las Asentadas con un aire de desafío. A Romanda se le ocurrió que tampoco estaba asustado. Una Aes Sedai lo tenía vinculado, se hallaba solo y rodeado de hermanas, pero no había ni asomo de miedo en él, estaba totalmente controlado.
—¿Dónde está Egwene al’Vere? —demandó—. Me dieron orden de hacerle la propuesta a ella.
—Modales, Jahar —murmuró Merise, y el rostro del chico enrojeció levemente.
—De momento no se puede hablar con la madre —respondió suavemente Romanda—. Nos la puedes decir a nosotras y se la transmitiremos lo antes posible. ¿Esa propuesta viene del Dragón Renacido? —Y de Cadsuane. Pero descubrir qué hacía esa mujer en compañía del Dragón Renacido era secundario.
En lugar de contestar el joven emitió un quedo gruñido y se giró para mirar a Merise.
—Un hombre acaba de intentar escuchar a escondidas lo que se dice aquí —avisó—. O tal vez haya sido esa Renegada que mató a Eben.
—Tiene razón. —La voz de Aledrin sonaba temblorosa—. Al menos, algo tocó mi salvaguardia, y no era saidar.
—¿Está encauzando ese hombre? —inquirió alguien en tono de incredulidad.
Se produjo una gran agitación entre las Asentadas, que rebulleron en los bancos, y la luz del Poder envolvió a varias.
Delana se puso de pie bruscamente.
—Necesito respirar aire fresco —dijo mientras asestaba una mirada fulminante a Jahar, como si quisiera rajarle el cuello.
—No hay razón para alarmarse —dijo Romanda, aunque ella misma no estaba muy segura, pero Delana, envuelta en el chal, salió precipitadamente del pabellón.
Malind se cruzó con ella al entrar, al igual que Nacelle, una esbelta y alta malkieri, una de las contadas que habían seguido en la Torre. Muchas habían muerto en los años posteriores a la caída de Malkier a manos de la Sombra, dejándose enredar en planes para vengar a su tierra natal, y los reemplazos habían sido pocos y muy espaciados. Nacelle no era demasiado inteligente, si bien las Verdes no necesitaban la inteligencia, sólo valor.
—Esta sesión se ha declarado sellada para la Antecámara, Malind —instó Romanda en tono seco.
—Nacelle sólo necesitará unos instantes —contestó Malind mientras se frotaba las manos. Lo más irritante fue que ni siquiera se molestó en mirar a Romanda, y mantuvo clavados los ojos en la otra Verde—. Ésta es la primera oportunidad que hay de probar un nuevo tejido. Adelante, Nacelle. Inténtalo.
El brillo del saidar apareció alrededor de la delgada Verde. ¡Escandaloso! La mujer ni siquiera pidió permiso ni les dijo qué tejido se proponía hacer a pesar de las estrictas restricciones establecidas en cuanto a los usos del Poder que se permitían en la Antecámara. Encauzando los Cinco Poderes, tejió en torno al Asha’man algo que se asemejaba al tejido para detectar residuos, uno para el que Romanda tenía escasa habilidad. Los ojos azules de Nacelle se abrieron de par en par.
—Está encauzando —exclamó—. O, al menos, está asiendo el saidin.
Las cejas de Romanda se arquearon exageradamente. Incluso Lelaine dio un respingo. Para encontrar un hombre capaz de encauzar siempre era necesario detectar residuos de lo que había hecho, y después ir reduciendo arduamente los sospechosos hasta dar con el verdadero culpable. O, más bien, había sido así. Aquello era realmente maravilloso. O lo habría sido antes de que hombres capaces de encauzar empezaran a llevar chaquetas negras y a ir de aquí para allí pavoneándose abiertamente. Con todo, eso acababa con una de las ventajas que tales hombres habían tenido siempre sobre las Aes Sedai. Al Asha’man no pareció importarle. Los labios se le curvaron en lo que podría ser una sonrisa desdeñosa.