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Un poco más adelante en el corredor había dos Rojas que observaban, una carirredonda, la otra, esbelta, ambas de mirada fría, con los chales envueltos sobre los brazos de manera que los largos flecos resaltaban de forma perceptible. No eran las mismas dos que había visto al despertarse, pero no se encontraban allí por casualidad. No es que fueran exactamente vigilantes, aunque tampoco dejaban de serlo exactamente. A ellas no les hizo reverencia tampoco. La observaron inexpresivamente.

Antes de que Egwene hubiera dado media docena de pasos por el corredor de baldosas rojas y verdes, a su espalda empezaron a sonar los aullidos de dolor de una mujer, apenas amortiguados por la gruesa puerta del estudio de Silviana. Así que Alviarin estaba recibiendo castigos, y no los aguantaba muy bien si empezaba a chillar a pleno pulmón tan pronto. A menos que intentara abrazar el dolor como ella, cosa que no parecía probable. Ojalá supiera por qué le habían impuesto ese castigo a Alviarin, si es que era impuesto. Un general tenía exploradores así como ojos y oídos para informarle sobre su enemigo. Ella sólo contaba consigo misma y lo poco que pudiera descubrir en el Mundo Invisible. Sin embargo, cualquier pizca de información podría resultar útil, de modo que tenía que rebuscar para dar con todas las que pudiera.

Con desayuno o sin él, volvió al pequeño cuarto del sector de novicias para lavarse la cara con agua fría en el palanganero y para peinarse el cabello. El peine, que había llevado guardado en la escarcela, era uno de los contados objetos personales que le habían dejado conservar. Por la noche, las ropas que llevaba puestas cuando la capturaron desaparecieron y las reemplazaron las blancas de novicia, pero los vestidos níveos y las mudas que colgaban en las perchas clavadas en la pared impoluta eran realmente suyos. Guardados cuando había ascendido a Aceptada, todavía llevaban pequeñas etiquetas con su nombre hecho con puntadas y cosidas al dobladillo. La Torre nunca desperdiciaba nada. Nunca se sabía cuándo un juego de ropa podría quedarle bien a una chica nueva. Pero no tener más que ropa de novicia no la convertía en tal, aunque Elaida y las otras lo pensaran.

Hasta que estuvo segura de que ya no tenía la cara enrojecida y en tanto que su aspecto no reflejara fielmente que era tan dueña de sí misma como se sentía, no salió del cuartito. Cuando se tenían tan pocas armas, la apariencia podía convertirse en una. Las mismas dos Rojas aguardaban en la galería descubierta para seguirla.

El refectorio donde las novicias tomaban las comidas se hallaba en el nivel más bajo de la Torre, a un lado de la cocina principal. Era una estancia grande de paredes blancas, sencilla aunque las baldosas mostraban los colores de todos los Ajahs y llena de mesas, cada una de las cuales podía acomodar a seis u ocho mujeres en pequeños bancos. Había un centenar o más de mujeres de blanco sentadas a esas mesas, charlando mientras desayunaban. Elaida debía de estar alborozada por el número de novicias. La Torre no había tenido tantas hacía años. Sin duda, el rumor de la ruptura de la Torre había bastado para meter en algunas cabezas la idea de ir a Tar Valon. Egwene no estaba impresionada. Esas mujeres apenas llenaban la mitad del comedor, si acaso, y había otro parecido un piso más arriba, cerrado hacía siglos. Una vez que tuviera el mando de la Torre, ese segundo refectorio volvería a abrirse y aun así las novicias tendrían que comer por turnos, algo desconocido desde bastante antes de la Guerra de los Trollocs.

Nicola la vio tan pronto como entró en la estancia —era como si hubiese estado pendiente de su aparición— y dio un codazo a las novicias que tenía a uno y otro lado. El silencio se hizo en las mesas y todas las cabezas se giraron conforme Egwene se deslizaba por el pasillo central formado por las mesas. No miró a derecha ni a izquierda.

A mitad de camino a la puerta de la cocina, una novicia baja y delgada, de largo cabello oscuro, sacó de repente el pie y la zancadilleó. Recuperando el equilibrio cuando casi se iba de bruces al suelo, se giró fríamente. Otra escaramuza. La joven tenía la tez pálida propia de Cairhien. Teniéndola tan cerca, a Egwene no le cupo duda de que le harían la prueba para Aceptada a menos que tuviera otros defectos. Sin embargo, a la Torre se le daba bien arrancar de cuajo esos fallos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Alvistere —contestó la joven, cuyo acento confirmó lo que su rostro apuntaba—. ¿Por qué lo quieres saber? ¿Para irle con cuentos a Silviana? No te servirá de nada. Todas dirán que no han visto nada.

—Qué pena, Alvistere. Quieres convertirte en Aes Sedai y renunciar a la facultad de mentir, pero sin embargo quieres que otras lo hagan. ¿A ti te parece eso coherente?

—¿Quién eres tú para sermonearme? —espetó la joven, que se había puesto colorada.

—La Sede Amyrlin. Una prisionera, pero aun así la Sede Amyrlin.

Alvistere abrió mucho los ojos, y los cuchicheos se desataron en el comedor cuando Egwene entró en la cocina. No habían creído que siguiera reivindicando su título estando vestida de blanco y durmiendo entre ellas. Más valía desengañarlas cuanto antes respecto a eso.

La cocina era grande, una estancia de techo alto con baldosas grises donde los espetones de asar en los largos hogares de piedra estaban inmóviles, pero los fogones y los hornos de hierro irradiaban bastante calor para que hubiera empezado a transpirar inmediatamente de no haber sabido cómo hacer caso omiso. Había trabajado en esa cocina muy a menudo y parecía seguro que volvería a hacerlo. La flanqueaban comedores por tres lados, el de Aceptadas y el de Aes Sedai, además del de las novicias. Laras, Maestra de las Cocinas, anadeaba de aquí para aquí, sudorosa la cara y con el delantal impoluto del que se podrían sacar tres vestidos de novicia, a la par que agitaba el largo cucharón de madera como un cetro mientras dirigía a cocineras, pinches y fámulas que obedecían tan prestamente como habrían hecho por cualquier reina. Puede que más rápido. No era probable que una reina le atizara a alguien un sopapo y un cucharazo por moverse despacio.

Muchos platos de comida iban a parar a bandejas, algunas de plata labrada, otras de madera tallada y quizá dorada, que unas mujeres sacaban por la puerta que daba al comedor principal de las hermanas. No eran criadas de cocina con la blanca Llama de Tar Valon bordada en la pechera, sino mujeres de aire digno con ropas de paño bien cortadas y en algún caso con un toque de bordado, las criadas personales de las hermanas que recorrerían la larga subida a las estancias de los Ajahs.

Cualquier Aes Sedai podía comer en sus aposentos si quería, aunque ello significara encauzar para volver a calentar los alimentos, pero la mayoría bajaba al comedor porque gustaba de tener compañía en las comidas. O al menos así había sido. Aquel flujo constante de mujeres que salían cargadas con bandejas cubiertas con paños era una confirmación de que una red de fisuras envolvía completamente la Torre Blanca. Debería haber sentido satisfacción por ello. Elaida se erguía sobre una plataforma que estaba a punto de desmoronarse bajo sus pies. Pero la Torre era el hogar y lo único que sintió fue tristeza. Y también cólera contra Elaida. ¡Ésa se merecía que la depusieran sólo por lo que había hecho a la Torre desde que tenía la Vara y la Estola!

Laras la miró largamente, metida la barbilla de manera que acabó teniendo hasta cuatro papadas, y después volvió a blandir el cucharón y a observar por encima del hombro de una pinche. La mujer había ayudado a Siuan y a Leane a escapar una vez, de modo que su lealtad a Elaida era débil. ¿Volvería a ayudar a otra ahora? Desde luego hacía todo lo posible por no mirar hacia donde se encontraba Egwene. Otra ayudante de cocina, que seguramente no la distinguía de cualquier otra novicia, una mujer sonriente que todavía estaba formando la segunda papada, le tendió una bandeja de madera con una taza grande de té humeante y un plato grueso, vidriado en blanco, con aceitunas, pan y queso fresco que Egwene cargó de vuelta al comedor.