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Era un razonamiento a su parecer endeble, pero Coride se limpió las lágrimas y juró que no se volvería a asustar. Por desgracia, había ciento dos más como ella, y no a todas se las tranquilizaba con tanta facilidad. Todo ello hacía que el enfado de Egwene con las hermanas que estaban en la Torre se incrementara aún más.

El día no lo dedicaba sólo a lecciones, a confortar a novicias y a recibir los castigos de la Maestra de las Novicias, aunque esto último ocupaba un montón del tiempo al cabo del día. Silviana no se había equivocado al suponer que no dispondría de mucho tiempo libre. A las novicias siempre se les daban quehaceres, que a menudo eran tareas inútiles para tenerlas ocupadas ya que la Torre tenía más de un millar de criados de ambos sexos, sin contar los obreros, pero el trabajo físico ayudaba a forjar el carácter, como siempre había creído la Torre. Además, supuestamente contribuía a mantener a las novicias demasiado cansadas para pensar en hombres. Sin embargo, a Egwene la tenían agobiada con muchas más tareas de las que se daban a las novicias. Algunas se las asignaban hermanas que la consideraban una fugitiva, otras se las encargaba Silviana con la esperanza de que el cansancio embotaría las aristas de su «rebeldía».

A diario, detrás de una u otra comida, fregaba ollas sucias con sal gorda y un cepillo duro en el obrador que había fuera de la cocina principal. De cuando en cuando, Laras asomaba la cabeza, pero nunca hablaba. Y nunca utilizó con ella el largo cucharón, ni siquiera cuando la sorprendía frotándose los riñones, doloridos por estar metida de cabeza en un gran caldero, en vez de estar restregando. Laras repartía cucharazos a diestro y siniestro a pinches y ayudantes que trataban de hacerle jugarretas a Egwene, como se tenía por costumbre con las novicias a las que mandaban a trabajar en la cocina. Se suponía que lo hacía únicamente porque —tal como anunciaba en voz alta cada vez que descargaba un fuerte golpe— tenían tiempo de sobra para jugar cuando no estuvieran trabajando, pero Egwene se daba cuenta de que Laras no era tan rápida cuando alguien daba un azote a una de las verdaderas novicias o le volcaba un vaso de agua fría por la nuca. Al parecer tenía una especie de aliada. Lo malo es que no se le ocurría cómo aprovecharse de ello.

Acarreaba baldes de agua cargados en los extremos de un palo apoyado en los hombros para la cocina, para el sector de las novicias, para el sector de las Aceptadas, subiendo todo el trecho hasta los sectores de los Ajahs. Llevaba comidas a hermanas a sus aposentos, rastrillaba paseos de los jardines, arrancaba malas hierbas, hacía recados a hermanas, servía a Asentadas, barría suelos, fregaba suelos, restregaba suelos de rodillas, y eso sólo era parte de la lista. Jamás remoloneaba en esos quehaceres, y no era sólo porque no estaba dispuesta a dar a nadie una excusa para llamarla perezosa. En cierto modo, veía esas tareas como un castigo por no haber preparado debidamente las cosas antes de convertir la cadena del puerto en cuendillar. Los castigos había que sobrellevarlos con dignidad. Con tanta dignidad como cualquiera podía tener restregando suelos, se entiende.

Además, visitar el sector de las Aceptadas le daba ocasión de ver la opinión que tenían de ella. Había treinta y una en la Torre, pero en cualquier momento algunas se hallaban dando clases a novicias y otras recibiendo clases a su vez, así que rara vez encontraba a más de diez o doce en sus cuartos, distribuidos en torno al hueco de nueve plantas que rodeaba un pequeño jardín. No obstante, la noticia de que llegaba se extendía siempre con rapidez y nunca le faltaba audiencia. Al principio muchas de ellas trataban de apabullarla con órdenes, en especial Mair, un arafelina regordeta de ojos azules, y Asseil, una delgada tarabonesa de cabello claro y ojos marrones. Eran novicias cuando Egwene había llegado a la Torre, y ya le tenían envidia por su rápido ascenso a Aceptada cuando se había marchado. Con ellas, una de cada dos frases era que recogiera esto o que llevara aquello allí. Para todas era la «novicia» que había ocasionado tantas dificultades, la «novicia» que creía ser la Sede Amyrlin. Llevaba cubos de agua hasta que la espalda le dolía, sin protestar, pero aun así se negaba a obedecer sus órdenes. Lo que le costó más visitas a la Maestra de las Novicias, naturalmente. Sin embargo, conforme los días pasaban y sus constantes visitas al estudio de la Silviana no surtían efecto, el flujo de órdenes menguó y por último cesó por completo. En realidad ni siquiera Asseil y Mair habían tenido intención de ser mezquinas, sino actuar como creían que debían en tales circunstancias, y estaban perplejas en cuanto a qué hacer con ella.

Algunas Aceptadas daban muestras de tener miedo de los muertos andantes y de los cambios que se producían en el interior de la Torre, y cada vez que Egwene veía un semblante muy pálido o unos ojos llorosos repetía las mismas cosas que les decía a las novicias. No dirigiéndose directamente a la mujer, cosa que podría tener el efecto contrario de hacerla encerrarse en sí misma en lugar de tranquilizarla, sino como si estuviera hablando para sí misma. Funcionaba con las Aceptadas igual que con las novicias. Muchas daban un respingo cuando empezaba o abrían la boca como si fueran a decirle que se callara, pero ninguna lo hacía, y al marcharse siempre dejaba atrás un semblante pensativo. Las Aceptadas seguían saliendo a las galerías con antepechos de piedra cuando llegaba ella, pero la observaban en silencio, como preguntándose qué era. Al final les enseñaría lo que era. A ellas y también a las hermanas.

Cuando una mujer de blanco servía a Asentadas y a hermanas y se quedaba inmóvil, de pie en un rincón, no tardaba en pasar a ser parte del mobiliario aun en el caso de ser notoria. Si reparaban en ella, cambiaban de conversación, pero pese a ello consiguió pillar muchos fragmentos, con frecuencia sobre confabulaciones para vengar tal desaire o tal agravio hecho por otro Ajah. Cosa extraña, la mayoría de las hermanas parecían contemplar a los otros Ajahs de la Torre como peores enemigos que las hermanas del campamento, fuera de la ciudad, y las Asentadas no se comportaban mucho mejor. Le entraban ganas de emprenderla a bofetadas con ellas. Sí, cierto, era positivo para las relaciones cuando las otras hermanas regresaran a la Torre, pero aun así…

También pilló otras cosas. El increíble desastre que le había sobrevenido a una expedición enviada contra la Torre Negra. Algunas de las hermanas no parecían creerlo, pero daban la impresión de estar intentando convencerse a sí mismas de que era imposible que tal cosa hubiese ocurrido. Sobre más hermanas capturadas tras una gran batalla y de algún modo obligadas a jurar lealtad a Rand. De esto último ya había tenido algunos indicios con anterioridad y le gustaba tan poco como que hubiera hermanas vinculadas a Asha’man. Ser ta’veren o el Dragón Renacido no servía de excusa. Jamás ninguna Aes Sedai había jurado fidelidad a un hombre. Hermanas y Asentadas discutían sobre quién tenía la culpa, con Rand y los Asha’man a la cabeza de la lista. Pero un nombre surgía una y otra vez: Elaida do Avriny a’Roihan. También hablaban de Rand, de cómo encontrarlo antes del Tarmon Gai’don. Sabían que se aproximaba a pesar de no hacer nada para tranquilizar a novicias y Aceptadas, y estaban desesperadas por dar con él.

A veces se arriesgaba a hacer un comentario, una mención a que Shemerin fuera despojada del chal en contra de toda costumbre, una sugerencia de que el edicto de Elaida respecto a Rand era la mejor forma de conseguir que él se cerrara en banda. Pronunciaba palabras de conmiseración por las hermanas capturadas por los Asha’man, por las capturadas en los pozos de Dumai —dejando caer el nombre de Elaida— o lamentando el abandono que había llevado a tener basuras pudriéndose en las otrora prístinas calles de Tar Valon. En ocasiones, esos comentarios le reportaban más visitas al estudio de Silviana y, además, más tareas, pero sorprendentemente a menudo eso no ocurría. Tomaba buena nota de las hermanas que simplemente le decían que se callara. O, mejor aún, que no decían nada. Algunas hasta asentían con la cabeza antes de controlar el desliz.