Algunas de las tareas conllevaban encuentros interesantes.
La mañana del segundo día que pasaba en la Torre se encontraba en el Jardín Acuático y utilizaba un rastrillo de bambú de mango largo para «pescar» los detritos que flotaban en los estanques. La noche anterior había descargado una tormenta y el ventarrón había volado hojarasca y hierba sobre la superficie de los estanques entre las hojas intensamente verdes de los nenúfares y los lirios acuáticos, e incluso un gorrión muerto que enterró tranquilamente en uno de los arriates. Dos Rojas paradas sobre uno de los puentes en arco que salvaban los estanques se apoyaban en el pretil de piedra labrada como delicado encaje a la par que los observaban a ella y a los peces que nadaban por debajo en un remolino de rojos, dorados y blancos. Media docena de cornejas salieron volando de repente de uno de los cedros y se alejaron silenciosamente hacia el norte. ¡Cornejas! Se suponía que los jardines de la Torre estaban salvaguardados contra cornejas y cuervos. Las Rojas ni siquiera parecieron darse cuenta.
Egwene estaba en cuclillas junto a uno de los estanques para lavarse las manos de tierra tras haber enterrado al pobre pájaro, cuando Alviarin apareció arrebujada en el chal de flecos blancos como si la mañana siguiera siendo ventosa y fría, en lugar de soleada y apacible. Era la tercera vez que veía a Alviarin y en cada ocasión se encontraba sola en lugar de tener compañía de otras Blancas. Sin embargo, había visto grupos de Blancas por los pasillos. ¿Sería indicio de algo? En tal caso no se le ocurría de qué, a no ser que a Alviarin la hubiese rechazado su propio Ajah por alguna razón. Era imposible que las cosas se hubieran degradado hasta ese punto.
Sin quitar la vista de las Rojas, Alviarin se acercó a Egwene por el sendero de gravilla que se extendía, sinuoso, entre los estanques.
—Muy bajo has caído —dijo cuando estuvo cerca—. Debe de haber sido un golpe fuerte.
Egwene se incorporó y se secó las manos en la falda antes de coger el rastrillo de nuevo.
—No soy la única. —Había tenido otra sesión con Silviana antes del amanecer y cuando se marchó del estudio había encontrado a Alviarin esperando para entrar. Era un ritual diario para la Blanca y la comidilla en el sector de las novicias; todas ellas le daban a la lengua con especulaciones sobre el motivo—. Mi madre siempre dice que no hay que llorar por lo que no tiene arreglo. Parece un buen consejo dadas las circunstancias.
Unas tenues chapetas se marcaron en las mejillas de Alviarin.
—Pues parece que tú lloras un montón. Sin parar, según todos los rumores. A buen seguro que escaparías de eso si pudieras.
Egwene recogió otra hoja de roble en el rastrillo y la sacudió sobre el cubo de madera con hojas mojadas que tenía a los pies.
—Tu lealtad hacia Elaida no es muy firme, ¿verdad?
—¿Por qué dices eso? —inquirió la Blanca, desconfiada. Echó una ojeada a las dos Rojas, que parecían prestar más atención a los peces que a Egwene en ese momento, y se acercó a ella, como invitándola a hablar en voz baja.
Egwene sacó unas largas hebras de hierbas que debían de haber llegado desde las llanuras que había al otro lado del río. ¿Debía mencionar la carta que esta mujer había escrito a Rand en la que prácticamente le prometía poner la Torre Blanca a sus pies? No, esa información podría ser valiosa, pero era el tipo de cosa que sólo se podía utilizar una vez.
—Te despojó de la estola de Guardiana y ordenó que hicieras penitencia. Difícilmente puede ser tal cosa un incentivo a la lealtad.
El semblante de Alviarin se mantuvo impasible, pero la tirantez de los hombros se aflojó visiblemente. Rara vez las Aes Sedai dejaban entrever tanto. Debía de estar sometida a una tensión muy fuerte para que tuviera tan poco autocontrol. Lanzó otra ojeada fugaz a las Rojas.
—Piensa en tu situación —dijo casi en un susurro—. Si quieres escapar de ella, bueno, podrías encontrar una salida.
—Estoy satisfecha con mi situación —se limitó a contestar Egwene.
Alviarin enarcó las cejas en un gesto de incredulidad, pero tras echar otro vistazo a las Rojas —una las observaba ahora en lugar de estar atenta a los peces— se deslizó sendero adelante bastante deprisa, casi a punto de iniciar un trote.
Cada dos o tres días la Blanca aparecía mientras Egwene realizaba sus quehaceres, y aunque nunca le ofreció abiertamente ayuda para escapar utilizaba ese término con frecuencia y empezó a denotar frustración cuando Egwene se negó a tragarse el anzuelo. Porque tenía que ser eso. Egwene no confiaba en esa mujer. Tal vez era por la carta, sin duda pensada para atraer a Rand a la Torre y a las garras de Elaida, o puede que fuera por el modo de esperar a que Egwene hiciera el primer movimiento, posiblemente que suplicara. Era probable que Alviarin tratara de ponerle condiciones. En cualquier caso no tenía intención de huir a no ser que no le quedara otra opción, de modo que siempre le daba la misma respuesta:
—Estoy satisfecha con mi situación.
Alviarin había empezado a rechinar los dientes cuando la oía decir eso.
El cuarto día estaba a gatas restregando el suelo de baldosas azules y blancas cuando las botas de tres hombres, acompañados por una hermana vestida con ropas de seda gris y complejos bordados rojos, pasaron junto a ella. Tras continuar unos pocos pasos, las botas se detuvieron.
—Es ella —dijo una voz masculina con acento illiano—. Me la han indicado. Creo que hablaré con ella.
—Sólo es una de las novicias, Mattin Stepaneos —le respondió la hermana—. Queríais pasear por los jardines.
Egwene metió el cepillo de fregar en el cubo de agua jabonosa y se puso a restregar otro tramo de baldosas.
—Así la Fortuna me clave su aguijón, Cariandre, esto será la Torre Blanca, pero sigo siendo el legítimo rey de Illian y si quiero hablar con ella, con vos como carabina para que sea todo muy correcto y decente, entonces hablaré con ella. Me han contado que es del mismo pueblo que al’Thor. —Un par de botas, limpias hasta hacerlas brillar, se acercaron a Egwene.
Sólo entonces se puso de pie, con el cepillo chorreando agua en una mano. Utilizó el envés de la otra para retirarse el cabello de la cara. Contuvo las ganas de frotarse los riñones a pesar de lo mucho que deseaba hacerlo.
Mattin Stepaneos era achaparrado y estaba casi completamente calvo. Llevaba barba pulcramente recortada a la moda illiana y tenía la cara cubierta de arrugas. Sus ojos eran penetrantes, airada la mirada. La armadura le habría encajado mejor que la chaqueta de seda verde bordada con abejas doradas en las mangas y las solapas.
—¿Sólo una de las novicias? —murmuró—. Creo que os equivocáis, Cariandre.
La regordeta Roja, prietos los labios, se apartó de los dos sirvientes con la Llama de Tar Valon bordada en la pechera del uniforme y se reunió con el hombre calvo.
—Es una novicia que recibe muchos castigos y que tiene que fregar el suelo. Vamos. Debe de ser muy agradable estar en los jardines esta mañana.
—Lo que debe de ser agradable es charlar con alguien que no sea una Aes Sedai y, además, todas del Ajah Rojo, ya que os las arregláis para que no me acerque a las demás. Y, para colmo, los criados que me habéis facilitado podrían ser mudos de nacimiento, y creo que los guardias de la Torre también tienen orden de cerrar el pico cuando estén conmigo.