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Calló cuando otras dos Rojas se aproximaron. Nesita, regordeta y de ojos azules, además de irascible como una serpiente durante la muda, hizo una sociable inclinación de cabeza a Cariandre mientras que Barasine le tendía a Egwene la taza de peltre, demasiado conocida a esas alturas. Parecía que las Rojas tenían su custodia en cierto modo —al menos sus vigilantes y guardaespaldas eran siempre Rojas— y rara vez dejaban pasar mucho tiempo de la hora prometida antes de que alguna apareciera con la taza de horcaria. Apuró la infusión y devolvió la taza. Nesita parecía desilusionada porque no protestó ni rehusó, pero es que no tenía sentido hacerlo. Una vez había rechazado la infusión y Nesita había ayudado a verterle el repulsivo líquido garganta abajo valiéndose de un embudo que llevaba preparado en la escarcela. Eso habría sido un estupendo espectáculo de dignidad delante de Mattin Stepaneos.

El hombre observó el intercambio con desconcertado interés, aunque Cariandre le tiró de la manga al tiempo que lo apremiaba de nuevo a dar el paseo por los jardines.

—¿Las hermanas te traen agua cuando tienes sed? —preguntó él después de que Barasine y Nesita se alejaron.

—Es una infusión con la que creen que mejorará mi estado de ánimo —le contestó—. Tenéis buen aspecto, Mattin Stepaneos. Considerando que sois un hombre al que Elaida ha secuestrado. —Ésa historia era también motivo de cháchara en el sector de las novicias.

Cariandre gruñó y abrió la boca, pero él se adelantó, tensa la mandíbula.

—Elaida me salvó evitando que al’Thor me asesinara —dijo, a lo que la Roja asintió con gesto de aprobación.

—¿Y por qué pensasteis que corríais peligro con él? —preguntó Egwene.

El hombre refunfuñó.

—Mató a Morgase en Caemlyn y a Colavaere en Cairhien. Destruyó la mitad del Palacio del Sol para asesinarla, según me han contado. Y oí que los Grandes Señores de Tear habían sido envenenados o acuchillados en Cairhien. ¿Quién sabe a qué otros dirigentes habrá matado, para luego deshacerse de sus cuerpos?

Cariandre volvió a asentir, sonriente. Cualquiera habría pensado que era un niño recitando sus lecciones. ¿Es que esa mujer no sabía nada sobre los hombres? Él se dio cuenta del gesto de la Roja y apretó más las mandíbulas mientras que cerraba los puños un momento.

—Colavaere se ahorcó ella misma —dijo Egwene, asegurándose de que el tono de su voz sonara paciente—. El Palacio del Sol sufrió esos daños cuando después alguien intentó matar al Dragón Renacido, puede que los Renegados, y, según Elayne Trakand, a su madre la mató Rahvin. Rand ha proclamado su apoyo a las aspiraciones de Elayne al Trono del León así como al Trono del Sol. Rand no ha matado a ninguno de los nobles cairhieninos que se rebelaron contra él ni a los Grandes Señores que han hecho lo mismo en Tear. De hecho, nombró a uno de ellos Administrador de Tear.

—Creo que eso es muy… —empezó Cariandre mientras se subía el chal a los hombros, pero Egwene continuó sin hacer caso de ella.

—Cualquier hermana os podría haber dicho todo eso. Si hubiera querido. Si se hablaran entre ellas. Pensad por qué sólo veis hermanas Rojas. ¿Habéis visto hermanas de dos Ajahs diferentes hablando entre ellas? Os han raptado y os han subido a bordo de una nave que se hunde.

—Es más que suficiente —espetó Cariandre, por encima de la última frase de Egwene—. Cuando acabes de fregar este suelo irás a ver a la Maestra de las Novicias y le pedirás que te castigue por haraganear. Y por ser irrespetuosa con una Aes Sedai.

Egwene sostuvo la mirada furiosa de la mujer con aire sosegado.

—Apenas me queda tiempo después de que acabe de limpiar para la hora de mi lección con Kiyoshi. ¿Puedo visitar a Silviana después de la lección?

Cariandre se ajustó el chal, aparentemente desconcertada por su tranquilidad.

—Ése es un problema que tendrás que solucionar tú —dijo finalmente—. Vamos, Mattin Stepaneos. Ya habéis contribuido a que esta pequeña gandulee suficiente.

No tuvo tiempo para cambiarse el vestido húmedo ni para peinarse el cabello después de abandonar el estudio de Silviana; no podía entretenerse si quería llegar a tiempo a la clase de Kiyoshi sin tener que ir corriendo, cosa que se negaba a hacer. Llegó tarde, y resultaba que la alta y esbelta Gris era puntillosa respecto a la puntualidad y la pulcritud, lo que la llevó de vuelta, poco más de una hora después, a las rodillas de Silviana entre chillidos y pataleos al recibir los fuertes correazos. Esta vez, totalmente aparte de abrazar el dolor, hubo otra cosa que la ayudó a superarlo. El recuerdo de la expresión pensativa de Mattin Stepaneos mientras Cariandre lo conducía corredor abajo y el hecho de que volviera la cabeza dos veces para mirarla. Había plantado otras semillas y tal vez lo que brotara de ellas resquebrajaría por completo las grietas de la plataforma en la que se apoyaba Elaida. Suficientes semillas acabarían derribándola.

El séptimo día de su cautividad acarreaba agua Torre arriba de nuevo, esta vez al sector del Ajah Blanco, cuando de repente se frenó en seco al sentir como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. Dos mujeres con chales de flecos grises descendían por el corredor espiral en su dirección, seguidas de un par de Guardianes. Una era Melavaire Simeinellin, una corpulenta cairhienina vestida con fino paño gris y con mechones grises en el oscuro cabello. La otra, de ojos azules y cabello rubio oscuro, ¡era Beonin!

—¡Así que fuiste tú la que me traicionó! —espetó Egwene, iracunda. Una idea le vino a la cabeza. ¿Cómo podía Beonin haberla traicionado después de jurarle lealtad?—. ¡Debes de ser del Ajah Negro!

Melavaire se irguió todo lo posible, lo que no era mucho ya que medía varias pulgadas menos que Egwene, se puso en jarras plantando los puños en las amplias caderas y abrió la boca para pegar un bocinazo. Egwene había recibido una lección de la Gris y, aunque normalmente era una mujer afable, cuando se enfadaba era de temer.

—Déjame que hable a solas con ella, Melavaire —pidió Beonin, que posó una mano en el brazo de la mujer rellenita.

—Confío en que lo harás con contundencia —repuso Melavaire con aire estirado—. ¡Que se le haya ocurrido siquiera esa acusación…! ¡Mencionar siquiera esas cosas…! —Sacudió la cabeza con desagrado y se apartó un poco corredor arriba, seguida de su Guardián, un tipo achaparrado y más ancho que ella incluso, con aspecto de oso, pero que se movía con la gracia felina de un Guardián.

Beonin hizo un gesto y esperó a que su propio Guardián, un hombre delgado con una larga cicatriz en la cara, se reuniera con ellos. Se ajustó el chal varias veces.

—Yo no he traicionado nada —dijo en voz baja—. No habría prestado ese juramento de no ser porque la Antecámara me habría hecho azotar si hubiese descubierto los secretos que sabes. Puede que hasta más de una vez. Razón de sobra para jurar, ¿no? Nunca fingí aprecio por ti, pero mantuve ese juramento hasta que te capturaron. Pero ya no eres Amyrlin, ¿verdad? No estando prisionera, no cuando no hay esperanza de rescatarte, cuando rechazas que se te rescate. Y de nuevo eres una novicia, de modo que ya había dos razones para no mantener ese juramento más tiempo. Esa cháchara sobre rebelión era una niñería. La rebelión acabó. La Torre Blanca volverá a estar unida de nuevo y yo no lo lamentaré.

Descargando el palo de los hombros, Egwene soltó los baldes de agua y se cruzó de brazos. Había tratado de mantener una conducta serena —bueno, salvo cuando recibía los castigos— pero este encuentro habría puesto a prueba la impasibilidad de una piedra.

—Das muchas explicaciones —adujo secamente—. ¿Acaso intentas convencerte a ti misma? No funcionará, Beonin. No funcionará. Si la rebelión ha acabado, ¿dónde está el raudal de hermanas acudiendo a ponerse de rodillas ante Elaida y a aceptar el castigo? Luz, ¿qué más has traicionado? ¿Todo? —Parecía probable. Había visitado el estudio de Elaida varias veces en el Tel’aran’rhiod, pero la bandeja de correspondencia de la mujer siempre estaba vacía. Ahora sabía la razón. Unas chapetas rojas habían aparecido en las mejillas de Beonin.