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—¡Te repito que yo no he traicionado a n…! —Lo último fue un sonido estrangulado y la Gris se llevó la mano a la garganta como si ésta se negara a que la mentira saliera de la lengua. Eso demostraba que no era del Ajah Negro, pero también probaba otra cosa.

—Has traicionado a las comadrejas. ¿Están todas en las celdas del sótano?

Los ojos de Beonin se desviaron velozmente corredor arriba. Melavaire hablaba con su Guardián, que inclinaba la cabeza hacia la de ella. Achaparrado o no, la verdad es que era más alto que Melavaire. El de Beonin, Tervail, la observaba con expresión preocupada. La distancia era mucha para que cualquiera de los tres hubiera oído algo, pero Beonin se acercó más a Egwene y bajó la voz.

—Elaida las tiene vigiladas, aunque me parece que los respectivos Ajahs se guardan para sí lo que descubren. Pocas hermanas quieren contarle a Elaida más de lo imprescindible. Era necesario, compréndelo. No podía volver a la Torre y guardar su secreto. Habrían acabado descubriéndose antes o después.

—Entonces tendrás que prevenirlas. —Egwene era incapaz de evitar que un timbre de desprecio asomara a su voz. ¡Esa mujer dividía cabellos con una cuchilla! Daba la excusa más endeble para decidir que su juramento ya no tenía validez y después traicionaba a todas las mujeres que había ayudado a elegir. ¡Vaya mierda!

Beonin guardó silencio unos instantes mientras toqueteaba el chal, aunque cuando finalmente habló, sorprendió a Egwene.

—Ya he puesto sobre aviso a Meidani y a Jennet. —Eran las dos Grises que había entre las comadrejas—. He hecho cuanto he podido por ellas. Las demás se hundirán o saldrán a flote por sí mismas. Ha habido hermanas a las que han agredido por el mero hecho de pasar demasiado cerca del sector de otros Ajahs. Lo que soy yo, no tengo ganas de regresar a mis aposentos con el chal y los verdugones por toda vestimenta por tratar…

—Considéralo como un castigo —la interrumpió Egwene. ¡Luz! ¿Hermanas agredidas? Las cosas estaban peor de lo que había imaginado. Tuvo que recordarse que aquel terreno tan bien abonado ayudaría a que sus semillas crecieran.

Beonin volvió a dirigir la mirada corredor arriba, y Tervail dio un paso hacia ella antes de que Beonin sacudiera la cabeza. Tenía el semblante sosegado a pesar del rubor de las mejillas, pero por dentro debía de estar experimentando una gran agitación.

—Sabes que podría mandarte a la Maestra de las Novicias, ¿verdad? —dijo con voz tensa—. Tengo entendido que te pasas la mitad del día chillando en su estudio. Supongo que no te agradaría hacer más visitas, ¿no es cierto?

Egwene le sonrió. No hacía ni dos horas que había logrado sonreír en el momento en el que la correa de Silviana dejó de azotarla. Esto era mucho más difícil.

—¿Y quién sabe lo que podría chillar? ¿Sobre juramentos, tal vez? —La otra mujer se puso muy pálida, como si se hubiera quedado sin sangre en la cara. No, no quería que eso saliera a la luz—. Quizás hayas conseguido persuadirte de que ya no soy tu Amyrlin, Beonin, pero es hora de que empieces a convencerte de que aún lo sigo siendo. Pondrás sobre aviso a las demás, te cueste lo que te cueste. Diles que no se acerquen a mí a no ser que les mande aviso de lo contrario. Ya hay demasiada atención puesta en ellas. Pero, a partir de ahora, me buscarás todos los días por si acaso tengo instrucciones para ellas. Ahora tengo algunas, de hecho. —Enumeró rápidamente las cosas que quería que sacaran a colación en las conversaciones: Shemerin despojada del chal y degradada a Aceptada, la complicidad de Elaida en los desastres de la Torre Negra y los pozos de Dumai, todas las semillas que ella había plantado. Ahora no se plantarían una a una, sino esparcidas a puñados.

—Yo no puedo hablar por otros Ajahs —arguyó Beonin cuando Egwene hubo terminado—, pero en el Gris las hermanas hablan de la mayoría de esas cosas a menudo. Los informadores están muy ocupados últimamente. Los secretos que Elaida confiaba en mantener ocultos están saliendo a la luz. Estoy segura de que debe de ocurrir lo mismo en los otros. Quizá no sea necesario que yo…

—Adviérteles y despacha mis instrucciones, Beonin. —Egwene levantó el palo y se lo apoyó en los hombros, rebullendo hasta dar con la postura más cómoda que pudo encontrar. Dos o tres de las Blancas usarían el cepillo o la zapatilla con ella, además de mandarla a ver a Silviana, si pensaban que no se apresuraba lo suficiente. Abrazar el dolor, incluso darle la bienvenida, no significaba que fuera buscándolo innecesariamente—. Recuerda. Es un castigo que te he impuesto.

—Lo haré —contestó Beonin con evidente renuencia. La expresión de sus ojos se endureció de repente, pero no fue por Egwene—. Sería agradable ver depuesta a Elaida —dijo con un tono desagradable antes de regresar presurosa junto a Melavaire.

Aquel encuentro desagradable se convirtió en una victoria inesperada y dejó a Egwene muy complacida, sin importar que Ferane acabara decidiendo que había sido muy lenta. La Asentada Blanca era regordeta, pero tenía tanta fuerza en el brazo como Silviana.

Esa noche bajó casi a rastras a las celdas abiertas después de cenar a despecho de lo mucho que deseaba meterse en la cama. Aparte de las lecciones y de gritar bajo la correa de Silviana —la última vez justo antes de la cena—, la mayor parte del día lo había dedicado a llevar agua. Le dolían los hombros y la espalda. Le dolían los brazos, las piernas. Se tambaleaba por el agotamiento. Curiosamente, no había vuelto a sufrir aquellas horribles jaquecas desde que la habían hecho prisionera ni había tenido más de esos sueños tenebrosos que la dejaban desasosegada aun cuando no lograra recordarlos, pero le parecía que esa noche iba camino de padecer una buena migraña. Lo que dificultaría distinguir los verdaderos sueños, y había tenido algunos buenos últimamente sobre Rand, Mat, Perrin, incluso Gawyn, aunque la mayoría de los sueños sobre él eran sólo eso, sueños.

Tres hermanas Blancas que conocía de pasada vigilaban a Leane: Nagora, una mujer delgada con el cabello claro enroscado en un moño bajo, sentada muy derecha para compensar su corta estatura; Norine, encantadora con los grandes y límpidos ojos, pero a menudo tan ambigua como cualquier Marrón; y Miyasi, alta y con el cabello gris acerado, una mujer estricta que no toleraba tonterías y que veía tonterías por doquier. Nagora, envuelta en la luz del saidar, mantenía el escudo de Leane, pero discutían sobre algún tipo de lógica que Egwene no supo discernir por lo poco que oyó. Ni siquiera era capaz de distinguir si había dos posturas en el debate o si había tres. No se alzaba la voz, no se agitaba el puño y los semblantes conservaban la sosegada máscara Aes Sedai, pero la frialdad en sus voces dejaba claro que si no fueran Aes Sedai estarían gritándose o incluso intercambiando golpes. Por la nula atención que le prestaron era como si Egwene no hubiera entrado.

Observándolas de reojo se acercó al enrejado de hierro todo lo posible y se aferró a él con ambas manos para sostenerse. ¡Luz, qué cansada estaba!

—Hoy he visto a Beonin —dijo quedamente—. Está en la Torre. Afirma que el juramento que me prestó ya no tiene validez porque he dejado de ser la Sede Amyrlin.

Leane soltó una exclamación ahogada y se aproximó tanto que rozaba las barras de hierro.

—¿Nos traicionó ella?

—La imposibilidad inherente de estructuras encubiertas es algo dado por sentado —afirmaba tajantemente Nagora, la voz cual un martillo de hielo—. Por sentado.

—Lo niega, y el caso es que le creo —susurró Egwene—. Pero admite haber traicionado a las comadrejas. Elaida sólo las tiene bajo vigilancia de momento, pero le dije a Beonin que les advirtiera y dijo que lo haría. Al parecer ya ha puesto sobre aviso a Meidani y a Jennet, pero ¿por qué traicionarlas para después confesarles que lo ha hecho? Y añadió que le gustaría ver depuesta a Elaida. ¿Por qué huyó a la Torre si aún quiere verla derrocada? Eso es tanto como admitir que nadie más ha abandonado nuestra causa. Se me escapa algo, pero estoy tan cansada que no veo qué es. —Un bostezo que casi no consiguió tapar con la mano le hizo crujir las mandíbulas.