—En cuatro de los cinco axiomas de la racionalidad de sexto orden se sugiere la existencia de estructuras encubiertas —expuso Miyasi con idéntica firmeza—. Se sugiere contundentemente.
—La supuesta racionalidad de sexto orden ha sido descartada como una aberración por cualquiera con intelecto —intervino Norine en un timbre algo cortante—. Pero las estructuras encubiertas son fundamentales para cualquier posibilidad de comprender lo que está ocurriendo aquí, en la Torre, a diario. La propia realidad está cambiando, varía de día en día.
—Algunas creyeron siempre que Elaida tenía espías entre nosotras —comentó Leane mientras echaba una ojeada a las Blancas—. Si Beonin es una de ellas, el juramento que os prestó la habría frenado hasta que se convenció a sí misma de que ya no erais la Amyrlin. Pero si la recepción que tuvo aquí no era la que esperaba, podría haber cambiado su lealtad. Beonin ha sido ambiciosa siempre. Si no obtuvo lo que se merecía según su punto de vista… —Extendió las manos—. Beonin siempre espera que se le dé lo que se le debe y puede que un poco más.
—La lógica siempre es aplicable al mundo real —dijo despectivamente Miyasi—, pero sólo una novicia pensaría que el mundo real puede aplicarse a la lógica. Los ideales deben ser los Primeros Principios, no el mundo material.
Nagora cerró la boca bruscamente, hosca la expresión, como si le hubieran arrancado las palabras de la boca. Norine, ligeramente ruborizada, se apartó de los bancos para acercarse a Egwene. Las otras dos la siguieron con la mirada y ella pareció notarlo porque se ajustó el chal con aire incómodo, primero hacia un lado y luego hacia el otro.
—Pequeña, pareces exhausta. Ve a dormir.
No había nada que Egwene deseara más que acostarse, pero antes tenía que conseguir respuesta a una pregunta. Sólo que debía ir con mucho cuidado. Las tres Blancas parecían estar pendientes de ella ahora.
—Leane, ¿las hermanas que te visitan siguen haciéndote las mismas preguntas?
—He dicho que te vayas a la cama —espetó secamente Norine. Dio una palmada, como si de esa forma a Egwene no le quedara más remedio que obedecer.
—Entiendo a qué os referís —contestó Leane—. Sí, las hacen. Y quizás eso dé cierto grado de confianza.
—Nada significativo, entonces —contestó Egwene.
Norine se puso en jarras. Poca frialdad había en su semblante y en su voz, y ni asomo de vaguedad en su actitud.
—Puesto que te niegas a ir a la cama, pásate a ver a la Maestra de las Novicias y dile que has desobedecido a una hermana.
—Por supuesto —contestó Egwene, que dio media vuelta para marcharse. Ya tenía la respuesta: Beonin no había transmitido el tejido del Viaje y ello significaba que seguramente tampoco había transmitido ninguna otra cosa; quizá sí cabía tener cierto grado de confianza. Además, Nagora y Miyasi se dirigían hacia ella. Sólo le faltaba que la llevaran a rastra al estudio de Silviana, algo que al menos Miyasi era muy capaz de hacer. Tenía los brazos más fuertes incluso que Ferane.
La mañana del noveno día de su regreso a la Torre, antes de que apuntaran las primeras luces del día, Doesine en persona entró al cuartito de Egwene para darle su dosis matinal de Curación. Fuera, la lluvia caía con un apagado fragor. Las dos Rojas que la habían vigilado mientras dormía le administraron la horcaria, miraron con el ceño fruncido a Doesine y se marcharon deprisa. La Asentada Amarilla resopló con desdén cuando la puerta se cerró tras ellas. Usó el antiguo método de Curación que hizo dar un respingo de impresión a Egwene como si la hubieran metido en un estanque helado y la dejó con un apetito voraz para el desayuno. Así como sin dolor en las posaderas. Era una sensación extraña; una se podía adaptar a cualquier cosa con el tiempo, y un trasero magullado ya le parecía algo normal. Pero el uso del antiguo método, que era el que había recibido cada vez que le hacían la Curación desde su llegada a la Torre, ratificaba que Beonin había guardado algunos secretos, aunque cómo lo había conseguido seguía siendo un misterio para ella. La propia Beonin sólo había dicho que la mayoría de las hermanas consideraban meros rumores los comentarios sobre tejidos nuevos.
—No tendrás la jodida intención de rendirte, ¿verdad, pequeña? —dijo la Amarilla mientras Egwene se metía el vestido por la cabeza. Su lenguaje estaba muy reñido con su aspecto elegante, el vestido azul con bordados en hilo de oro y en las orejas y el cabello, zafiros.
—¿Acaso debe rendirse nunca la Sede Amyrlin? —le preguntó Egwene mientras sacaba la cabeza por el cuello del vestido. Echó los brazos hacia atrás para abrocharse los botones de hueso teñido en blanco.
Doesine volvió a resoplar, aunque a Egwene le pareció que esta vez no era con desdén.
—Un valeroso curso de acción, pequeña. Sin embargo, apuesto a que esa Silviana te meterá jodidamente en cintura a no mucho tardar. —Pero se marchó sin llamarle la atención por referirse a sí misma como la Sede Amyrlin.
Egwene tenía otra cita con la Maestra de las Novicias antes de desayunar —no había fallado un solo día hasta ahora— e, inmediatamente después del decidido esfuerzo de Silviana por deshacer el trabajo de Doesine de una tacada, dejó de llorar tan pronto como la correa cesó de descargase sobre ella. Cuando se incorporó del extremo del escritorio donde había una almohadilla de cuero que tenía la superficie desgastada por el roce de quién sabía cuántos cuerpos de mujer —almohadilla puesta allí con el único propósito de tumbarse encima— y la enagua y la falda se deslizaron sobre el sensible y colorado trasero, no sintió ganas de torcer el gesto por el dolor. Aceptaba el calor lacerante, lo recibía de buen grado, se caldeaba con ese fuego igual que pondría las manos a calentar frente a la chimenea una fría mañana invernal. Había una gran semejanza entre su trasero y un flameante hogar en aquel momento. Sin embargo, al mirarse en el espejo vio un semblante sereno. Con las mejillas enrojecidas, pero sereno.
—¿Cómo se pudo degradar a Shemerin a Aceptada? —preguntó mientras se limpiaba las lágrimas con el pañuelo—. He preguntado y no hay disposiciones para tal sanción en la ley de la Torre.
—¿Cuántas veces te han mandado venir a mi presencia por hacer esas preguntas? —inquirió Silviana mientras colgaba la correa de cola dividida en el estrecho armario, junto con la almohadilla de cuero y el látigo flexible—. Habría jurado que te habrías dado por vencida hace mucho tiempo.
—Siento curiosidad. ¿Cómo, si no había disposiciones?
—No hay disposición, pequeña, pero tampoco prohibición —contestó suavemente Silviana, como si hablara realmente con una niña—. Es una laguna legal que… En fin, no entraremos en esa materia. Sólo conseguirías ganarte otra sesión de correazos. —Sacudió la cabeza, tomó asiento detrás del escritorio y apoyó las manos sobre el tablero—. El problema fue que Shemerin lo aceptó. Otras hermanas le dijeron que hiciera caso omiso del edicto, pero, una vez que comprendió que argumentar en su defensa no haría cambiar de idea a la Amyrlin, se mudó al sector de las Aceptadas.
El estómago de Egwene protestó de forma sonora, deseoso de tomar el desayuno, pero ella no había terminado todavía. De hecho, estaba sosteniendo una conversación con Silviana, por extraño que fuera el tema que trataban.
—Pero ¿por qué se fugó? A buen seguro sus amigas tratarían de hacerla entrar en razón.
—Algunas hablaban con sensatez. Otras… —dijo Silviana secamente. Movió las manos como los platillos de una balanza, subiéndolas alternativamente—. Otras trataron de hacerla entrar en razón a la fuerza. Me la mandaron casi tan a menudo como te mandan a ti. Yo trataba esas visitas como penitencias privadas, pero a ella le faltaba tu… —Enmudeció de golpe, se recostó en el sillón y observó a Egwene por encima de los dedos unidos por las puntas—. Vaya, vaya. Has conseguido que charle. No es que esté prohibido, desde luego, pero aun así no es muy apropiado dadas las circunstancias. Ve a desayunar —añadió mientras tomaba la pluma y abría la tapadera plateada del tintero—. Te apuntaré de nuevo para mediodía, ya que sé que no vas a hacer una reverencia. —Había un levísimo dejo de resignación en su voz.