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Tarna mantuvo el gesto impasible no sin esfuerzo. Las amigas de almohada eran corrientes entre novicias y Aceptadas, pero las cosas propias de chicas jóvenes debían dejarse atrás con la mocedad. No todas las hermanas lo entendían así, ciertamente. Galina se había sorprendido mucho cuando Tarna rechazó sus insinuaciones después de obtener el chal. En su caso, encontraba a los hombres más atractivos que las mujeres. Cierto que la mayoría parecía sentirse tremendamente intimidados por una Aes Sedai, sobre todo si se enteraban de que pertenecía al Ajah Rojo, pero con los años había encontrado unos pocos que no.

—Eso parece extraño, madre —dijo mientras soltaba la carpeta de cuero en un lado de la mesa, donde descansaba una dorada bandeja forjada que tenía una jarra de cristal con vino y unas copas—. Parece teneros miedo. —Llenó una copa y olisqueó el vino antes de dar un sorbo. Parecía que los tejidos de Conservación estaban funcionando. De momento. Elaida había convenido finalmente en que al menos ese tejido debía compartirse—. Casi como si supiera que estáis enterada de que es una espía.

—Pues claro que me tiene miedo. —El sarcasmo rebosaba en la voz de Elaida, pero endureció el tono—. Quiero que me lo tenga. Mi intención es pasarla por el exprimidor. Para cuando la mande azotar, ella misma se atará a la estructura de flagelación si se lo ordeno. Si supiera que estoy enterada, Tarna, huiría en lugar de ponerse en mis manos. —Sin quitar la vista del aguacero, Elaida bebió vino—. ¿Tienes noticias de las otras?

—No, madre. Si pudiera informar a las Asentadas del motivo por el que se las ha de vigilar…

—¡No! —espetó Elaida mientras giraba para mirarla cara a cara.

La Amyrlin llevaba un vestido con tal abundancia de rojas espirales bordadas que casi tapaban la seda gris que había debajo. Tarna había sugerido que hacer menos ostentación del que había sido su Ajah —había utilizado palabras más diplomáticas, pero ése era el fondo que quería apuntar— podría ayudar a que los Ajahs volvieran a aunarse, pero el estallido de furia de Elaida había bastado para que no volviera a mencionar el tema desde entonces.

—¿Y si algunas Asentadas trabajan con ellas? —continuó—. No me extrañaría en absoluto. Esas conversaciones ridículas continúan en el puente a despecho de mis órdenes. ¡No, no me extrañaría en absoluto!

Tarna agachó la cabeza sobre la copa y aceptó lo que no estaba en su mano cambiar. Elaida se negaba a ver que si los Ajahs desobedecían su orden de interrumpir las conversaciones no era probable que espiaran a sus propias hermanas porque lo mandara, sin saber el motivo. No obstante, comentarlo sólo serviría para provocar otra diatriba.

Elaida la miró fijamente como si quisiera asegurarse de que no iba a discutir. Parecía más dura que nunca. Y más crispada.

—Lástima que la rebelión en Tarabon fracasara —dijo al cabo—. Pero no hay nada que se pueda hacer al respecto, supongo. —Pero lo mencionaba frecuentemente, en momentos que no venía a cuento, desde que había llegado la noticia de que los seanchan volvían a reafirmar su dominio en ese país. No estaba tan resignada como fingía—. Quiero oír alguna buena noticia, Tarna. ¿Algo nuevo sobre el paradero de los sellos de la prisión del Oscuro? Tenemos que asegurarnos de que no se rompa ninguno más. —¡Como si Tarna no supiera eso!

—Nada que hayan informado los Ajahs, madre, y no creo que retuvieran esa información. —Habría querido tragarse las últimas palabras nada más pronunciarlas.

Elaida gruñó. Los Ajahs sólo transmitían gota a gota lo que sus informadores les contaban, algo por lo que estaba muy molesta. Sus propios ojos y oídos estaban concentrados en Andor.

—¿Cómo van los trabajos en los puertos?

—Despacio, madre. —Con el flujo de comercio refrenado, la ciudad ya empezaba a pasar hambre. A no tardar se desataría una hambruna, a no ser que las bocanas de los puertos se desatascaran. Cortar la porción de cadena del Puerto del Sur que seguía siendo hierro no había sido suficiente para que pudieran pasar bastantes barcos que dieran de comer a Tar Valon. Una vez que Tarna pudo convencerla de la necesidad de hacerlo, Elaida había ordenado desmantelar las torres de las cadenas para que las inmensas piezas de cuendillar se pudieran retirar. Pero, al igual que las murallas de la ciudad, esas torres se habían construido y reforzado con el Poder, y sólo el Poder podía desmontarlas. Distaba mucho de ser algo fácil. Los constructores originales habían hecho un buen trabajo, y aquellas salvaguardias no parecía que se hubieran debilitado un ápice—. Las Rojas están realizando la mayor parte del trabajo por el momento. Hermanas de otros Ajahs van de vez en cuando, pero sólo unas pocas. Espero, sin embargo, que eso cambie pronto. —Estaban enteradas de la falta que hacía ese trabajo, por mucho que les molestara llevarlo a cabo; a ninguna hermana le gustaba trabajar de esa forma y las Rojas que hacían la mayor parte desde luego rezongaban, y no poco. No obstante, la orden provenía de Elaida y, en la actualidad, eso tenía como consecuencia que el trabajo se ralentizara a propósito.

La respiración de Elaida era agitada, y la mujer echó un largo trago de vino. Parecía necesitarlo. Sujetaba la copa con tanta fuerza que se le marcaban los tendones de la mano. Caminó sobre la alfombra de seda con dibujos como si fuera a golpear a Tarna.

—Me han vuelto a desafiar. ¡Otra vez! Haré que se me obedezca, Tarna. ¡Me obedecerán! Escribe la orden que te dictaré ahora, y cuando la haya sellado y firmado, envíala a todos los Ajahs. —Se paró tan cerca de Tarna que casi rozaban nariz con nariz; los oscuros ojos relucían como los de un cuervo—. «Las Asentadas de cualquier Ajah que no envíen el porcentaje correspondiente de hermanas para el trabajo en las torres de las cadenas recibirán diariamente una penitencia de Silviana hasta que tal postura se rectifique». ¡Diariamente! Y las Asentadas de cualquier Ajah que envíen hermanas a esas… «conversaciones» recibirán el mismo trato. ¡Escríbela para que pueda firmarla!

Tarna respiró profundamente. Las penitencias podrían o no podrían funcionar. Eso dependía de lo decididas que estuvieran las Asentadas, así como las cabezas de los Ajahs, aunque no creía que las cosas hubiesen empeorado hasta el punto de que se rehusaran las penitencias; ése sería el fin para Elaida, a buen seguro, y puede que el final de la Torre. Aún así, era un error hacer pública la orden escrita, sin dejar un resquicio a las Asentadas tras el que parapetarse y mantener la dignidad. A decir verdad, bien podría ser el peor disparate que podía cometerse.

—Si se me permite hacer una sugerencia —empezó con toda la delicadeza posible, y eso que la delicadeza nunca había sido uno de sus puntos fuertes.

—No te lo permito —la interrumpió secamente Elaida. Echó otro buen trago, hasta vaciar la copa, y cruzó sobre la alfombra para volver a llenarla. Últimamente bebía demasiado. ¡Incluso la había visto ebria una vez!—. ¿Cómo le van las cosas a Silviana con la chica al’Vere? —le preguntó mientras escanciaba el vino.

—Egwene se pasa casi la mitad del día en el estudio de Silviana, madre. —Puso todo su empeño en hablar en un tono neutro. Era la primera vez que Elaida preguntaba por la joven desde que se la había capturado, hacía nueve días.

—¿Tanto? Quiero que se la someta al dominio de la Torre, no que se la quebrante.

—Yo… dudo que se quebrante, madre. Silviana tendrá cuidado con eso. —Además, había que contar con la propia chica. Sin embargo, eso no debía llegar a oídos de Elaida. Ya se había llevado gritos más que de sobra, y había aprendido a soslayar temas que sólo tenían por resultado diatribas. Consejos y sugerencias que no se daban no eran más inútiles que los consejos y las sugerencias que no se seguían, y Elaida casi nunca seguía ni los unos ni las otras—. Egwene es terca, pero confío en que cambiará de opinión a no tardar. —La chica tenía que hacerlo. Galina, que la había molido a palos a ella, no se había empleado ni una décima parte de lo que lo estaba haciendo Silviana con Egwene. La chica tendría que doblegarse a eso muy pronto.