Выбрать главу

—Excelente —murmuró Elaida—. Excelente. —Miró hacia atrás; el rostro era una máscara de serenidad, pero los ojos todavía le centelleaban—. Apúntala en la lista de nombres de las que me sirven. De hecho, quiero que sea ella la que me atienda esta noche. Puede servirnos la cena a Meidani y a mí.

—Se hará como ordenáis, madre. —Al parecer, otra visita a la Maestra de las Novicias era inevitable, pero a buen seguro que Egwene se las ganaría igualmente aunque no estuviera nunca cerca de Elaida.

—Y ahora, veamos esos informes, Tarna. —Elaida tomó asiento de nuevo y cruzó una pierna sobre la otra.

Tras dejar en la bandeja la copa de vino que apenas había probado, Tarna recogió la carpeta y se sentó en la silla que había ocupado Meidani.

—Las salvaguardias renovadas parece que mantienen a las ratas fuera de la Torre, madre. —Durante cuánto tiempo lo harían era otra cuestión. Revisaba esas salvaguardias personalmente, a diario—. Pero se han visto cornejas y cuervos en los jardines de la Torre, de modo que las salvaguardias de los muros se tienen que…

El sol de mediodía proyectaba rayos sesgados a través de las frondosas ramas de los altos árboles, en su mayoría robles, cedros y tupelos, con una pequeña representación de álamos e inmensos pinos. Al parecer había habido un terrible huracán unos años atrás, ya que se veían árboles caídos, esparcidos aquí y allí, pero todos desplomados en la misma dirección, y que proporcionaban un buen asiento con sólo trabajar un poco con el destral y cortar algunas ramas. El ralo sotobosque facilitaba una vista despejada en todas direcciones, y a no mucha distancia corría un arroyuelo limpio que chapoteaba entre piedras cubiertas de musgo. Habría sido un buen sitio para acampar si Mat no tuviera decidido cubrir la mayor distancia posible cada día, pero también servía para dejar descansar a los caballos y comer. Las montañas Damona se hallaban todavía a trescientas millas al este, como poco, y su propósito era llegar a ellas en una semana. Vanin había dicho que conocía un paso de contrabandistas —sólo por rumores, naturalmente; algo que había oído por casualidad, pero sabía dónde encontrarlo— por el que llegarían a Murandy dos días después de cruzarlo. Era mucho más seguro que aventurarse hacia el norte para entrar en Andor, o al sur, en dirección a Illian. En ambas direcciones la distancia a un lugar seguro sería mucho más extensa, y la posibilidad de toparse con seanchan, mucho mayor.

Mat rebañó el último trocito de carne de una pata de conejo y tiró el hueso al suelo. El calvo Lopin se acercó presuroso mientras se atusaba la barba con aire consternado, lo recogió y lo echó al agujero que Nerim y él habían hecho en el suelo del bosque cubierto de mantillo, aunque el agujero lo volverían a abrir los animales a la media hora de haberse marchado ellos. Mat hizo intención de limpiarse las manos en los pantalones. Tuon, que mordisqueaba la pata de un urogallo al otro lado de la lumbre baja, le asestó una mirada muy directa, con las cejas enarcadas, mientras los dedos de la mano libre le decían algo a Selucia, que se había zampado medio urogallo ella sola. La mujer pechugona no respondió, pero aspiró el aire por la nariz con gesto despectivo. Y muy sonoramente. Sosteniendo la mirada de Tuon, se limpió las manos en los pantalones, despacio, a propósito. Podría haber ido al arroyo, donde las Aes Sedai se las estaban lavando, pero nadie iba a tener un aspecto prístino para cuando llegaran a Murandy, de todos modos. Además, cuando una mujer lo llamaba a uno Juguete todo el tiempo, era natural aprovechar cualquier ocasión para hacerle entender que uno no era el juguete de nadie. Ella sacudió la cabeza y movió los dedos de nuevo. Esta vez Selucia se echó a reír y Mat sintió que la cara se le ponía roja. Se imaginaba dos o tres cosas que Tuon podría haber dicho, ninguna de las cuales le habría gustado oír.

Setalle, sentada a un extremo del mismo tronco que Mat, se aseguró de que oyera algunas, de todos modos. Llegar a un acuerdo con la otrora Aes Sedai no había hecho que su actitud cambiara ni un pelo.

—Podría haber dicho que los hombres son unos cerdos —murmuró sin alzar los ojos del bastidor de bordar— o sólo que vos lo sois. —El traje de montar gris oscuro tenía cuello alto, pero aun así la mujer lucía el ceñido collar de plata del que colgaba el Cuchillo de Esponsales—. Podría haber dicho que sois un patán pueblerino de pies embarrados, con tierra en las orejas y paja en el pelo. O podría haber dicho…

—Creo que entiendo lo que queréis decir —la interrumpió, prietos los dientes. Tuon soltó una risita, aunque al momento su semblante volvía a ser el de un verdugo, frío y severo.

Sacando la pipa engastada en plata de un bolsillo de la chaqueta, llenó la cazoleta, apretó el tabaco con el pulgar y levantó la tapa de la caja de fósforos que tenía a los pies. Le fascinaba la forma en la que el fuego prendía de golpe y soltaba chispas en todas direcciones al principio, cuando rascaba la cabeza grumosa, roja y blanca, de un fósforo contra el lado áspero de la caja. Esperó hasta que la llama consumió la cabeza antes de usarlo para encender la pipa. Aspirar el gusto y el olor del azufre por la boca una vez había sido más que suficiente para él. Tiró el palo aun encendido y lo aplastó firmemente con la bota contra el suelo. El mantillo todavía estaba húmedo de las últimas lluvias caídas allí, pero nunca corría riesgos de que se prendiera fuego en un bosque. En Dos Ríos los hombres acudían de millas a la redonda para combatir el fuego cuando el bosque se quemaba. Aun así, había veces que ardían cientos de marcas.

—No se deben desperdiciar los mixtos —dijo Aludra, que alzó la vista del pequeño tablero de guijas colocado en equilibrio sobre un tronco cercano.

Thom, atusándose el largo y blanco bigote, siguió estudiando el tablero de casillas. Rara vez perdía a las guijas, pero la mujer se las había ingeniado para ganarle dos partidas desde que habían dejado el espectáculo. Dos de doce o más, pero Thom tomaba precauciones con cualquiera que pudiera derrotarlo, aunque sólo hubiera sido una vez. Aludra se echó las trencillas rematadas con cuentas hacia atrás.

—Para poder hacerlas he de estar dos días seguidos en un mismo sitio —prosiguió—. Los hombres siempre encuentran la forma de darles trabajo a las mujeres, ¿no es cierto?

Mat lanzó una bocanada de humo, si no satisfecho, al menos con cierto grado de complacencia. ¡Mujeres! Un deleite contemplarlas y un gozo estar con ellas. Cuando no encontraban la forma de frotar con sal el pellejo de un hombre para curtirlo. Hiciera lo que uno hiciera, daba lo mismo, en serio.

La mayoría del grupo había acabado de comer. La mayor parte de dos urogallos y un conejo era todo lo que quedaba en los espetones encima de la lumbre, pero se envolverían en lino para llevárselos; la caza había sido buena durante la marcha de la mañana, pero no tenían la seguridad de que fuera a ocurrir igual durante la tarde, y tortas de pan ácimo y alubias no eran muy buena comida. Los que habían terminado reposaban o, en el caso de los Brazos Rojos, echaban un vistazo a los caballos de carga maneados, más de sesenta en cuatro reatas. Comprar tantos en Maderin había sido caro, pero Luca había ido corriendo a la ciudad para ocuparse personalmente del trato cuando se enteró de lo de un mercader muerto en plena calle. Casi —sólo casi— había estado dispuesto a darles bestias de carga del espectáculo con tal de librarse de Mat después de aquello. Muchos de los animales iban cargados con la parafernalia y los productos de Aludra. Luca había terminado con la mayor parte del oro de Mat, entre unas cosas y otras. Mat había entregado también una abultada bolsa de monedas a Petro y Clarine, pero eso había sido por amistad, para ayudarlos a comprar la posada un poco antes. Sin embargo, con lo que quedaba en sus alforjas había más que suficiente para llegar sin apuros a Murandy, y lo único que necesitaba para volver a llenarlas era una sala común donde se jugara a los dados.