Leilwin, equipada con una espada curva que colgaba de una ancha correa de cuero cruzada en bandolera sobre el pecho, y Domon, con una espada corta a un lado del cinturón y un garrote reforzado con metal en el otro, charlaban con Juilin y Amathera en otro tronco caído que había cerca. Leilwin —había acabado por aceptar que ése sería el único nombre por el que la mujer respondería— quiso dejar muy claro que no iba a rehuir a Tuon o a Selucia ni a bajar los ojos cuando se encontraran, aunque resultó evidente que tuvo que armarse de valor para llevarlo a cabo. Juilin tenía los puños de la chaqueta negra vueltos, señal de que se sentía entre amigos o, cuando menos, con gente en la que podía confiar. La otrora Panarch de Tarabon aún se aferraba fuertemente al brazo del husmeador, pero sostenía la penetrante mirada de Leilwin sin apenas encogerse. De hecho, con frecuencia parecía que observaba a la otra mujer con algo muy parecido al respeto.
Sentado en el suelo con las piernas cruzadas y sin darse cuenta de la humedad, Noal jugaba a serpientes y zorros con Olver mientras hilaba absurdas historias sobre las tierras que había más allá del Yermo de Aiel, algo sobre una gran urbe costera en la que a los forasteros sólo se les permitía salir por barco y a los habitantes no se les permitía salir de ninguna manera. Mat habría querido que se buscaran otro juego con el que entretenerse. Cada vez que sacaban aquel trozo de paño rojo con su red reticular de líneas negras le recordaban su promesa a Thom, le recordaban que tenía a los jodidos elfinios metidos en la cabeza de algún modo y que tal vez los jodidos alfinios también estaban. Las Aes Sedai llegaron del arroyo y Joline se paró para hablar con Blaeric y Fen; Bethamin y Seta, que la seguían, vacilaron hasta que un gesto de la Verde las hizo dirigirse hacia el tronco donde estaban sentadas Teslyn y Edesina —tan separadas como les era posible y con ramas sin cortar entre ellas— y se pusieron a leer libritos forrados en piel que sacaron de las escarcelas. Tanto Bethamin como Seta se quedaron de pie detrás de Edesina.
La otrora sul’dam rubia había cambiado de opinión de manera espectacular y dolorosa. Dolorosa para ella y para las hermanas. Cuando la noche anterior durante la cena pidió por primera vez, vacilante, que le enseñaran también, ellas se negaron. Sólo estaban enseñando a Bethamin porque ya había encauzado. Seta era demasiado mayor para hacerse novicia, no había encauzado y no había más que hablar. Así que duplicó lo que quiera que hubiera tejido Bethamin e hizo que las tres empezaran a saltar alrededor de la lumbre en medio de chillidos y de chispas y pavesas todo el tiempo que fue capaz de tener asido el Poder. Entonces accedieron a enseñarle. Es decir, accedieron Joline y Edesina, porque Teslyn seguía en sus trece de no querer saber nada de una sul’dam, ni que hubiera dejado de serlo ni que no. No obstante, las tres se turnaron para azotarla, y la seanchan se había pasado la mañana rebullendo sin parar sobre la silla de montar. Todavía parecía asustada —del Poder Único y tal vez de las Aes Sedai— pero, cosa curiosa, su semblante tenía también una expresión que podría calificarse de… satisfacción. A Mat se le escapaba cómo entender algo así.
Él mismo tendría que sentirse contento. Había evitado una acusación de asesinato, había evitado cabalgar de cabeza, ciegamente, a una trampa seanchan que habría acabado con Tuon, y había dejado atrás al gholam, esta vez de manera definitiva. Estaría siguiendo al espectáculo de Luca, y a éste lo había puesto sobre aviso, por si servía de algo. En menos de dos semanas se encontraría al otro lado de las montañas, en Murandy. Ahora no era tarea fácil discurrir cómo llevar a Tuon sana y salva de vuelta a Ebou Dar, sobre todo porque tendría que ir con ojo para que las Aes Sedai no la hicieran desaparecer y eso significaba que habría de seguir viéndola todo ese tiempo. E intentar descifrar qué pasaba tras aquellos enormes y preciosos ojos. Debería estar tan feliz como una cabra ante un pesebre de maíz. Pero distaba mucho de estarlo.
Para empezar, todos los tajos de espada que había recibido en Maderin le dolían. Tenía algunos inflamados, aunque hasta el momento se las había arreglado para que nadie se diera cuenta. Detestaba que se hicieran aspavientos y se preocuparan por él, casi tanto como detestaba que usaran el Poder con él. Lopin y Nerim lo habían cosido lo mejor posible y se había negado a que lo Curaran a pesar del intento de obligarlo con intimidaciones por parte de las tres Aes Sedai. Le había sorprendido que precisamente Joline insistiera, pero lo hizo, y alzó las manos exasperada cuando él no cedió. Otra sorpresa había sido Tuon.
—No seas necio, Juguete —dijo en su tienda, con aquella forma de arrastrar las palabras, de pie a su lado y cruzada de brazos mientras Lopin y Nerim se servían de las agujas y él apretaba los dientes. Su aire de dueña, de mujer que se asegura de que su propiedad quede reparada adecuadamente, habría bastado para hacerle rechinar los dientes, con agujas o sin ellas. ¡O que estuviera vestido sólo con la ropa interior! Ella se había limitado a entrar y se había negado a marcharse como no fuera que se la sacara a la fuerza, y Mat no se sentía en condiciones de sacar a la fuerza a una mujer de la que sospechaba que sería capaz de romperle un brazo—. Eso de la Curación es maravilloso. Mi Mylen lo conoce también, y se lo he enseñado a mis otras damane. Claro que hay mucha gente absurda que no quiere que el Poder los toque. La mitad de mi servidumbre se desmayaría sólo con que se lo sugiriera y no me sorprendería que la mayor parte de la Sangre también, pero de ti nunca lo habría esperado.
Si Tuon tuviera una cuarta parte de la experiencia que tenía él con las Aes Sedai, lo habría entendido.
Habían emprendido camino por la calzada que partía de Maderin como si se dirigieran a Lugard y después se habían metido en el bosque tan pronto como se perdieron de vista las últimas granjas. En cuanto entraron en el bosque, los dados se pusieron a rodar de nuevo dentro de su cabeza. Eso era lo otro que le había agriado el humor, esos jodidos dados retumbando en su cabeza durante dos días. Parecía poco probable que ocurriera algo allí que hiciera que se pararan. ¿Qué suceso trascendental podía tener lugar en un bosque? Con todo, se había guardado mucho de acercarse a las aldeas por las que habían pasado. Antes o después los dados se detendrían y lo único que podía hacer era esperar a que ocurriera.
Tuon y Selucia se dirigieron al arroyo para lavarse mientras hablaban entre ellas con el lenguaje de las manos, moviendo rápidamente los dedos las dos. Hablando de él, seguro. Cuando las mujeres empezaban a juntar las cabezas, se podía dar por seguro que…
Amathera gritó y todas las cabezas giraron bruscamente en su dirección. Mat localizó la causa al mismo tiempo que Juilin: una serpiente de escamas negras, con sus buenos siete pies de longitud, que se alejaba culebreando rápidamente del tronco en el que estaba sentado el husmeador. Leilwin soltó una maldición y se levantó de un salto al tiempo que desenvainaba la espada, pero no con tanta rapidez como Juilin, que sacó la espada corta de la vaina e hizo intención de ir en pos de la serpiente tan bruscamente que el gorro cónico de color rojo se le cayó.