—Déjala ir, Juilin —dijo Mat—. Se aleja de nosotros. Déjala ir.
Seguramente el animal tenía hecho el nido debajo de ese tronco y se había sorprendido al salir y ver a tanta gente. Por suerte, las picanegras eran ofidios solitarios. Juilin vaciló antes de decidir que tranquilizar a la temblorosa Amathera era más importante que perseguir a una serpiente.
—¿De qué clase es, de todos modos? —preguntó mientras rodeaba a la mujer con los brazos. Después de todo era un hombre de ciudad. Mat se lo dijo y, por un instante, dio la impresión de que iba a ir tras ella de nuevo. Con muy buen juicio, decidió no hacerlo. Las picanegras eran veloces como el rayo y con una espada corta el husmeador habría tenido que acercarse. En cualquier caso, Amathera se aferraba a él tan fuerte que no le habría resultado fácil soltarse.
Cogiendo el sombrero colocado sobre el extremo romo de su ashandarei, que estaba clavada de punta en el suelo, Mat se lo puso.
—Estamos desperdiciando luz del día —dijo sin soltar la pipa de entre los dientes—. Es hora de que nos pongamos en marcha. No pierdas mucho tiempo ahí, Tuon. Tienes las manos limpias de sobra. —Había intentado llamarla Tesoro, pero desde su afirmación de victoria sobre él en Maderin la mujer se había negado a darse por aludida cuando se dirigía a ella por ese nombre.
No se apresuró ni poco ni mucho, por supuesto. Para cuando regresó del arroyo secándose las manos menudas en un trozo de tela de toalla que Selucia ató en la perilla de la silla para que se secara, Lopin había tapado el agujero de desperdicios y envuelto el sobrante de comida, que guardó en las alforjas de Nerim, tras lo cual apagó la lumbre con agua traída del arroyo en cubos plegables de cuero. Ashandarei en mano, Mat se dispuso a montar en Puntos.
—Extraño, un hombre que deja que se marche una serpiente venenosa —comentó Tuon—. Por la reacción de ese hombre, supongo que una picanegra lo es, ¿me equivoco?
—Lo es, y mucho —contestó—. Pero las serpientes no pican nada que no puedan comerse a no ser que se sientan amenazadas. —Plantó el pie en el estribo.
—Puedes besarme, Juguete.
Mat dio un respingo. Las palabras, pronunciadas en voz alta, los habían convertido en el blanco de todos los ojos. El semblante de Selucia era una máscara de impasibilidad tan forzada que su desaprobación no podía ser más evidente.
—¿Ahora? —preguntó—. Cuando paremos esta noche, daremos un paseo solos…
—Para cuando llegue la noche podría haber cambiado de idea, Juguete. Llámalo un capricho por un hombre que deja irse a las serpientes venenosas.
¿Estaría viendo uno de sus augurios en eso? Se destocó, volvió a clavar la negra lanza en el suelo, se quitó la pipa de la boca y le plantó un casto beso en los carnosos labios. En el primer beso no había que ser rudo. No quería que ella lo considerara agresivo ni grosero. No era una moza de taberna que gustara de jueguecitos como un pequeño azote o que le hicieran cosquillas. Además, casi sentía esos ojos observándolos. Alguien rió por lo bajines. Selucia puso los ojos en blanco.
Tuon se cruzó de brazos y alzó la vista hacia él, mirándolo entre las largas pestañas.
—¿Te recuerdo a tu hermana? —inquirió en un tono peligroso—. ¿O tal vez a tu madre?
Alguien soltó una carcajada. Más de uno, de hecho. Sombrío el gesto, Mat sacó los residuos de tabaco golpeando la pipa en el tacón de la bota y se la guardó, todavía caliente, en el bolsillo de la chaqueta. Colgó de nuevo el sombrero en la ashandarei. Si quería un beso de verdad… ¿Realmente había pensado que no le llenaría los brazos? Era delgada, desde luego, y menuda, pero se los llenaba estupendamente bien. Inclinó la cabeza sobre la de ella. Distaba mucho de ser la primera mujer a la que besaba. Sabía cómo era aquello. Sorprendentemente —o tal vez no tanto— ella no lo sabía. Pero era una alumna aventajada que aprendía deprisa. Muy deprisa.
Cuando la soltó finalmente, se quedó plantada allí mirándolo e intentando recuperar el resuello. A decir verdad, también él respiraba con cierta dificultad. Metwyn soltó un silbido apreciativo. Mat sonrió. ¿Qué pensaría ella de lo que obviamente era su primer beso de verdad? Sin embargo, trató de no sonreír de oreja a oreja. No quería que pensara que era un gesto de suficiencia. Tuon posó los dedos en su mejilla.
—Lo que imaginaba —dijo con aquel dejo lento y meloso—. Estás febril. Algunas de tus heridas deben de haberse infectado.
Mat parpadeó. Le había dado un beso que tendría que haber hecho que se le encogieran los dedos de los pies ¿y todo cuanto decía era que tenía caliente la cara? Inclinó la cabeza de nuevo —esta vez, iba a tener que pedir ayuda para poder sostenerse de pie, ¡vaya que sí!— pero ella le puso la mano en el pecho, rechazándolo.
—Selucia, trae la caja de ungüentos que me dio maese Luca —ordenó.
Selucia se dirigió presurosa hacia la montura negra y blanca de Tuon.
—Ahora no tenemos tiempo para eso —arguyó Mat—. Ya me untaré algo esta noche. —Para lo que le sirvió, le habría dado lo mismo si no hubiera abierto la boca.
—Descúbrete, Juguete —ordenó en el mismo tono que había usado con su doncella—. El ungüento te escocerá, pero espero que seas valiente.
—¡No voy a…!
—Se acercan jinetes —anunció Harnan, que ya estaba montado en un castrado zaino oscuro de manos blancas y sujetaba la cuerda de una de las reatas de animales de carga—. Uno de ellos es Vanin.
Mat se montó en Puntos para tener mejor vista. Un par de jinetes se acercaba a galope esquivando árboles caídos cuando era necesario. Aparte de reconocer el pardo de Chel Vanin, no cabía error con el propio hombre. Nadie que fuera tan ancho y fuera sentado en la silla como un saco de sebo se habría mantenido en ella a esa velocidad y sin esfuerzo aparente. Ese hombre sería capaz de mantenerse montado en un jabalí salvaje. Entonces Mat reconoció al otro jinete, cuya capa ondeaba al viento a su espalda, y sintió como si le hubiesen asestado un puñetazo en el estómago. No le habría sorprendido en absoluto que los dados se hubiesen parado en ese momento, pero siguieron repiqueteando dentro de su cráneo. En nombre de la Luz, ¿qué puñetas hacía el jodido Talmanes en Altara?
Los dos jinetes refrenaron hasta ponerse al paso a corta distancia de Mat y Vanin tiró de las riendas para que Talmanes se acercara solo. No lo hizo por timidez. Vanin no tenía nada de tímido. El hombre se recostó perezosamente en la alta perilla de la silla y escupió a un lado por una mella de los dientes. No, sabía que Mat no se sentiría complacido en absoluto, y su intención era no ponerse cerca de él.
—Vanin me puso al día, Mat —dijo Talmanes. Bajo y nervudo, con la parte delantera de la cabeza afeitada y empolvada, el cairhienino tenía derecho a llevar franjas de colores en el torso en un número considerable, pero una pequeña mano roja cosida en la pechera de la chaqueta oscura era el único adorno si no se contaba el largo pañuelo rojo atado en el brazo izquierdo. Nunca reía y rara vez sonreía, pero tenía razones para ello—. Lamento lo ocurrido a Nalesean y los otros. Buen hombre, Nalesean. Todos lo eran.
—Sí, en efecto —convino Mat, que controló firmemente el genio—. Deduzco que Egwene no acudió a pedirte ayuda para librarse de esas estúpidas Aes Sedai; pero, por la Luz bendita, ¿qué haces aquí? —Bueno, a lo mejor no controlaba el genio tanto como creía, después de todo—. Al menos dime que no te has traído a toda la puñetera Compañía las jodidas trescientas millas hasta Altara.
—Egwene sigue siendo la Amyrlin —respondió sosegadamente el otro hombre mientras se enderezada la capa. Otra mano roja, ésta más grande, adornaba también la prenda—. Te equivocabas con ella, Mat. Realmente es la Sede Amyrlin y tiene cogidas a esas Aes Sedai por el pescuezo, aunque quizás algunas de ellas todavía no se hayan dado cuenta. Lo último que sé es que todas habían emprendido camino a Tar Valon para poner sitio a la ciudad. Es posible que la tenga sitiada a estas alturas. Saben abrir agujeros en el aire como el que hizo el Dragón Renacido para conducirnos cerca de Salidar. —Los colores giraron en la cabeza de Mat y se resolvieron durante un instante en la figura de Rand hablando con una mujer de cabello gris recogido en un moño alto, una Aes Sedai, le pareció, pero la ira deshizo la imagen como si fuera neblina.