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Ni que decir tiene que toda esa cháchara sobre la Sede Amyrlin y Tar Valon atrajo a las hermanas. Taconearon sus monturas para situarse junto a la de Mat e intentaron tomar el mando. Bueno, Edesina se quedó un poco atrás, como hacía siempre cuando Teslyn o Joline estaban que no había quien las parara, pero las otras dos…

—¿De qué habláis? —demandó Teslyn mientras Joline sólo había abierto la boca—. ¿Egwene? Había una Aceptada llamada Egwene al’Vere, pero era una fugitiva.

—Egwene al’Vere es de quien hablo, Aes Sedai —contestó cortésmente Talmanes, que siempre trataba a las Aes Sedai con cortesía—. Y no es una fugitiva, sino la Sede Amyrlin, os doy mi palabra.

Edesina dejó escapar un sonido que podría haberse descrito como un chirrido de no haberlo hecho una Aes Sedai.

—Eso queda para más tarde —masculló Mat. Joline abrió la boca de nuevo, furiosa—. Más tarde, he dicho. —Aquello no bastaba para frenar a la esbelta Verde, pero Teslyn le puso la mano en el brazo, murmuró algo y ahí quedó la cosa. No obstante, Joline le asestó una mirada que parecía una puñalada y que prometía que después acabaría sacándole todo lo que quería saber—. ¿Y la Compañía, Talmanes?

—Ah. No, sólo traje tres estandartes de caballería y cuatro mil ballesteros montados. Dejé en Murandy tres estandartes de caballería y cinco de infantería, algo cortos de ballesteros, con órdenes de desplazarse hacia el norte, a Andor. Y el Estandarte de Alarifes, por supuesto. Es práctico tener alarifes a mano si se necesita construir un puente o algo por el estilo.

Mat cerró los ojos con fuerza un instante. Seis estandartes de caballería y cinco de infantería. ¡Y un estandarte de alarifes! La Compañía sólo constaba de dos estandartes, contando caballería e infantería, cuando los había dejado en Salidar. Ojalá pudiera recuperar el oro que le había dado a Luca tan generosamente.

—¿Cómo se supone que voy a pagar a tantos hombres? —demandó—. ¡No conseguiría encontrar suficientes partidas de dados en un año!

—Bueno, en cuanto a eso, llegué a un pequeño acuerdo con el rey Roedran. Ha finalizado ya, y justo a tiempo. Creo que estaba a punto de revolverse contra nosotros, pero eso ya te lo explicaré después. Sin embargo, los cofres de la Compañía contienen la paga de un año y más. Aparte, antes o después el Dragón Renacido te otorgará posesiones, y no menudas. Ha ascendido hombres al gobierno de naciones, según he oído, y tú creciste con él.

En esta ocasión no se esforzó para rechazar los colores, que se resolvieron en las figuras de Rand y de la Aes Sedai. Porque era Aes Sedai, eso de seguro. Una mujer dura, al parecer. Si Rand intentaba darle títulos se los metería por la jodida garganta, eso era lo que haría. A Mat Cauthon no le gustaban los nobles —bueno, unos pocos como Talmanes estaban bien, y Tuon; que Tuon no se le olvidara— ¡y desde luego no sentía el menor deseo de convertirse en uno de ellos!

—Es muy posible —fue cuanto dijo, sin embargo.

Selucia carraspeó sonoramente. Ella y Tuon acercaron los caballos al de Mat. Tuon se mantenía tan derecha en la silla, con una mirada tan fría, un porte tan regio, que Mat casi esperaba que Selucia empezara a enumerar sus títulos. Pero la seanchan no hizo nada parecido. Por el contrario rebulló en el caballo pardo y lo miró ceñuda, los ojos como zafiros que irradiaran fuego, y después carraspeó de nuevo. Muy fuerte. Oh, sí.

—Tuon —empezó, permíteme que te presente a lord Talmanes Delovinde, de Cairhien. Pertenece a una familia distinguida y antigua, y él ha sumado honores a su casa. —La menuda mujercita inclinó la cabeza. Quizás, hasta más de un dedo—. Talmanes, ella es Tuon. —Mientras siguiera llamándolo Juguete, de su boca no iba a oír sus títulos. Selucia le asestó una mirada fulminante, los ojos más abrasadores que nunca, por imposible que tal cosa pudiera parecer.

Talmanes parpadeó sorprendido, e hizo una reverencia tan marcada como se lo permitía ir montado a caballo. Vanin tiró del ala combada del sombrero de manera que ocultó casi la mitad de la cara. Seguía evitando mirar directamente a Mat. Vaya. De modo que ese hombre ya le había contado a Talmanes quién era Tuon.

Gruñendo entre dientes, Mat se inclinó sobre la silla para asir bruscamente el sombrero colocado encima de la ashandarei y se lo caló de un manotazo.

—Estamos preparados para reanudar la marcha, Talmanes. Condúcenos donde esperan tus hombres y veremos si seguimos teniendo tan buena suerte para eludir a los seanchan mientras salimos de Altara como habéis tenido cuando entrasteis.

—Vimos muchos seanchan —dijo Talmanes, que hizo girar a su zaino para ponerlo al paso de Puntos—. Aunque la mayoría de los hombres que vimos parecían altaraneses. Tenían campamentos repartidos por doquier, al parecer. Por suerte, no vimos ninguna de esas criaturas voladoras de las que he oído hablar. Pero existe un problema, Mat. Se produjo un desprendimiento de tierras. Perdí mi retaguardia y parte de los animales de carga. El paso está totalmente bloqueado, Mat. Envié a tres hombres para que intentaran salvarlo escalando, con órdenes de mandar a la Compañía a Andor. Uno se rompió el cuello y otro una pierna.

Mat frenó en seco a Puntos.

—¿Estoy en lo cierto al suponer que ése es el mismo paso del que hablaba Vanin?

Talmanes asintió con un cabeceo, y Vanin, que esperaba para quedarse más rezagado, habló finalmente:

—Y tanto que era el mismo. Los jodidos pasos no crecen en los árboles. En montañas como las Damona no. —Lo de respetar el rango no iba con él.

—Entonces tendrás que encontrar otro —le dijo Mat—. Por lo que sé, eres capaz de abrirte camino con los ojos vendados y en plena noche. Será fácil para ti. —El halago nunca venía mal. Además, era eso lo que había oído decir sobre él.

Vanin hizo un ruido como si se hubiese tragado la lengua.

—¿Que encuentre otro paso? —murmuró—. Que encuentre otro paso, dice. Uno no sale a buscar otro paso en montañas nuevas como las Damona. ¿Por qué crees que conocía sólo ése? —Tenía que estar conmocionado para reconocer eso. Hasta el momento se había mostrado firme en que sólo había oído hablar de él.

—¿Qué quieres decir? —demandó Mat, y Vanin se lo explicó. Con mucho detenimiento, para ser él.

—Una Aes Sedai me lo explicó una vez. Verás, están las montañas viejas. Ya estaban ahí antes del Desmembramiento, puede que en el fondo del mar o algo similar. Tienen pasos por todas partes, anchos y suaves. Se puede cabalgar por ellos y, mientras se conserve la cabeza y la dirección y se tengan suficientes provisiones, antes o después se saldrá al otro lado. Y luego están las montañas que se levantaron durante el Desmembramiento. —El hombre gordo giró la cabeza y soltó un buen escupitajo—. Los pasos en ésas son angostos, sinuosos, y a veces no son realmente lo que uno llamaría pasos en absoluto. Se entra en uno de ésos y se puede deambular de aquí para allí hasta que uno se queda sin comida tratando de dar con una salida al otro lado. La pérdida de ese paso va a perjudicar a un montón de gente que lo usa para lo que se podría llamar mercancías libres de impuestos, y morirán hombres antes de que encuentren otro paso nuevo por el que atravesar las montañas. Si nos metemos en las Damona estando obstruido ese paso, seguramente moriremos también. Como ellos por no haber dado media vuelta a tiempo y por no tener cabeza y no haber mirado atrás cuando aún podían.

Mat se volvió a mirar a Tuon, a las Aes Sedai, a Olver. Todos dependían de él para llegar a un lugar seguro, pero la ruta segura que tenía para salir de Altara ya no existía.