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—Generalmente acampamos de día y avanzamos de noche para evitar que los seanchan nos vean —le dijo Talmanes a Juguete—. Sólo porque no hayamos avistado a ninguna de esas bestias voladoras no significa que no puedan estar cerca. La mayoría de los seanchan parecen encontrarse más al norte o más al sur, pero por lo visto tienen un campamento a menos de treinta millas al norte de aquí, y según los rumores tienen una de esas criaturas allí.

—Pareces estar muy bien informado —dijo Juguete mientras observaba a los soldados a medida que pasaba delante de ellos. Asintió de repente, como si hubiese tomado una decisión. Parecía sombrío y… ¿resignado, quizá?

—Lo estoy, Mat. Me traje a la mitad de los exploradores y también alisté algunos altaraneses que luchaban contra los seanchan. Bueno, la mayoría parece que se hayan estado dedicando a robarles caballos más que otra cosa, pero algunos se mostraron dispuestos a renunciar a eso con tal de tener ocasión de combatirlos. Creo que sé dónde está la mayor parte de los campamentos seanchan desde el sur de la Hoz de Malvide hasta aquí.

De repente un hombre empezó a cantar con voz profunda y otros se le sumaron, de manera que la canción se propagó rápidamente.

Para mí es un placer tomar cerveza y vino y disfruto con las chicas de tobillo fino, pero mi mayor deleite es, y siempre ha sido, bailar con la Dama de las Sombras a capricho.

Ahora cantaban todos los hombres del campamento, millares de voces entonando a voz en cuello la canción.

Tiraremos los dados y que caigan como caigan, achucharemos a las chicas ya sean bajas o altas, y luego seguiremos al joven Mat, vaya donde vaya, a bailar con la Dama de las Sombras que nos aguarda.

Acabaron lanzando gritos, riendo y dándose palmadas en el hombro unos a otros. ¿Quién diablos era la Dama de las Sombras?

Sofrenando su montura, Juguete alzó la mano con la que sostenía la extraña lanza. No hizo nada más, pero aun así el silencio se adueñó de los soldados. De modo que no era blando en cuanto a la disciplina. Había unas cuantas razones más para que los soldados apreciaran a sus oficiales, pero las más corrientes no parecían aplicables a Juguete, precisamente.

—No les descubramos que estamos aquí hasta que queramos que lo sepan —dijo Juguete en voz alta. No estaba soltando una perorata, sólo asegurándose de que se lo oyera. Y los hombres escuchaban y luego volvían la cabeza para repetir sus palabras y que pasaran a aquellos hombres a los que no les llegaba su voz—. Estamos lejos del hogar, pero mi intención es que volvamos a él. De modo que estad preparados para moveros, y moveos rápido. La Compañía de la Mano Roja puede moverse más deprisa que nadie y vamos a tener que demostrarlo. —No hubo vítores, sino muchísimos cabeceos de asentimiento. Juguete se volvió hacia Talmanes—. ¿Tienes mapas?

—Los mejores que se podían encontrar —contestó Talmanes—. La Compañía tiene su propio cartógrafo ahora. Maese Roidelle ya tenía buenos mapas de todo lo que se abarca desde el Océano Aricio hasta la Columna Vertebral del Mundo, y como cruzamos las Damona, él y sus ayudantes han estado haciendo mapas nuevos del territorio por el que pasamos. Incluso han creado un mapa del este de Altara con lo que hemos descubierto sobre los seanchan. La mayoría de esos campamentos son temporales, sin embargo. Los soldados se dirigían a alguna otra parte.

Selucia rebulló en la silla y Tuon le transmitió con los dedos «paciencia» en la forma imperativa, una orden. Mantuvo el semblante sereno, pero por dentro estaba furiosa. Saber dónde se encontraban los soldados daba pistas respecto a dónde se dirigían. Tenía que haber algún modo de quemar ese mapa. Eso sería tan importante como echar mano a una de las ballestas de torno.

—Quiero hablar también con maese Roidelle —dijo Juguete.

Acudieron soldados para ocuparse de los caballos, y durante un momento todo pareció desconcierto y deambular de aquí para allí. Un tipo mellado tomó las riendas de Akein y Tuon le dio instrucciones explícitas sobre los cuidados que debía recibir la yegua. Él le dedicó una mirada avinagrada además de hacerle una reverencia. Los plebeyos de estas tierras parecían creerse iguales a cualquiera. Selucia dio el mismo tipo de instrucciones a un joven larguirucho que se ocupó de Pimpollo. Le había parecido muy apropiado ese nombre para la montura de una ayudante de guardarropa. El joven se quedó mirando el busto de Selucia hasta que ésta le atizó un bofetón. Fuerte. Él se limitó a sonreír y condujo al rucio por la rienda mientras se frotaba la mejilla. Tuon suspiró. Eso había estado bien por parte de Selucia, pero para ella abofetear a un plebeyo significaría bajar los ojos durante meses.

Enseguida, sin embargo, se encontraba acomodada en una banqueta plegable, con Selucia a su espalda, mientras el grueso Lopin les ofrecía unas tazas de estaño llenas de oscuro té, y le hizo una reverencia adecuada a Selucia, al igual que a ella. No lo bastante pronunciada, pero el hombre calvo lo intentaba. El té estaba endulzado con miel, en la cantidad perfecta, claro que le había servido las veces suficientes para que supiera cómo le gustaba. A su alrededor había mucha actividad. Talmanes sostuvo una breve reunión con el canoso Nerim, que al parecer le había servido anteriormente y estaba feliz de reunirse con él. Al menos, el hombre delgado, que normalmente tenía un aire fúnebre, de hecho esbozó una fugaz sonrisa. Ese tipo de cosas deberían hacerse en privado. Leilwin y Domon dejaron que maese Charin se llevara a Olver para explorar el campamento, con Juilin y Thera —Thom y Aludra los acompañaron también para estirar las piernas— y después, pausadamente, ocuparon unas banquetas, no muy lejos. Leilwin llegó incluso a mirar fijamente a Tuon a la cara durante unos segundos, sin parpadear. Selucia emitió un quedo sonido muy semejante a un gruñido, pero Tuon hizo caso omiso de la provocación e hizo un gesto a la señora Anan para que acercara su banqueta junto a la suya. Con el tiempo los traidores serían castigados, así como la ladrona; la propiedad se devolvería a sus legítimos dueños y las marath’damane serían atadas a la correa, pero esas cosas tendrían que esperar para dar prioridad a lo que era más importante.

Aparecieron otros tres oficiales, jóvenes nobles con esa mano roja sobre las oscuras chaquetas de seda, y tuvieron una reunión con Juguete, con muchas risas y mucho darse puñetazos en el hombro unos a otros, cosa que al parecer era una señal de afecto. Tuon no tardó en identificarlos. Edorion era el hombre delgado de tez oscura y expresión seria salvo cuando sonreía; Reimon, el tipo de hombros anchos que sonreía mucho; y Carlomin el que era alto y esbelto. Edorion iba completamente afeitado, mientras que Reimon y Carlomin lucían sendas barbas oscuras, recortadas en punta y untadas con aceites. Los tres hicieron muchos aspavientos con las Aes Sedai, a las que dedicaron profundas reverencias. ¡Incluso saludaron con reverencias a Bethamin y a Seta! Tuon sacudió la cabeza.

—Os he dicho muy a menudo que es un mundo diferente de aquel al que estáis acostumbrada —murmuró la señora Anan—, pero todavía no os lo acabáis de creer, ¿verdad?

—Sólo porque una cosa sea de cierta manera no significa que haya de ser así —repuso Tuon—, aun cuando lo haya sido durante mucho tiempo.

—Lo mismo podría decirse de vuestro pueblo, milady.

—Puede que algunos lo dijeran.

Tuon lo dejó así, aunque por lo general disfrutaba de las conversaciones con la mujer. La señora Anan estaba en contra de atar con correa a las marath’damane, como era de esperar, e incluso en contra de tener da’covale, nada menos, pero aun así las conversaciones eran más eso que discusiones, y Tuon había tenido que darle la razón en algunas cosas. Albergaba la esperanza de atraer a su lado a la mujer con el tiempo. Pero no ese día, sin embargo. Quería tener enfocada la atención en Juguete.