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Maese Roidelle apareció; era un hombre canoso, carirredondo, cuyo corpachón dejaba tirante la oscura chaqueta. Lo seguían seis hombres más jóvenes de buena apariencia, cada cual cargado con un estuche alargado y cilíndrico.

—He traído todos los mapas que he hecho de Altara, milord —le dijo a Talmanes con un acento musical mientras inclinaba la cabeza. ¿Es que en estas tierras todo el mundo tenía que hablar como si tuviera prisa en soltar las palabras?—. Algunos cubren todo el país y otros sólo unas cien millas cuadradas. Los mejores son los míos, claro, los que he hecho a lo largo de las últimas semanas.

—Lord Mat te dirá lo que desea ver —indicó Talmanes—. ¿Quieres que te dejemos para que lo mires?

Pero Juguete ya le decía al cartógrafo lo que quería: el mapa que señalaba los campamentos seanchan. En breve lo sacaron de entre el resto guardados en uno de los estuches y se extendió sobre el suelo; Juguete se puso en cuclillas junto al mapa. Maese Roidelle mandó a uno de sus ayudantes a buscarle rápidamente una banqueta. Habrían saltado los botones de la chaqueta si hubiese querido imitar a Juguete, además de que se habrían arrancado de la prenda. Tuon miró el mapa con avidez. ¿Cómo hacerse con él?

Intercambiando miradas y riendo como si hacer un desaire fuera lo más divertido del mundo, Talmanes y los otros tres hombres se acercaron hacia Tuon. Las Aes Sedai se agruparon alrededor del mapa extendido en el suelo hasta que Juguete les dijo que dejaran de fisgar por encima de su hombro. Se apartaron un poco, seguidas por Bethamin y Seta a cierta distancia, y empezaron a cuchichear entre ellas y a echar miradas en dirección a Juguete de vez en cuando. Si Juguete hubiera prestado atención a sus expresiones, sobre todo a la de Joline, seguramente se habría preocupado a despecho del increíble ter’angreal que según la señora Anan llevaba.

—Estamos más o menos aquí ¿verdad? —preguntó Juguete al tiempo que señalaba un punto con el dedo. Maese Roidelle asintió con un murmullo—. De modo que éste es el campamento donde se supone que tienen el raken, ¿no? Me refiero a la bestia voladora. —Otro murmullo de asentimiento—. Bien. ¿Qué tipo de campamento es? ¿Cuántos hombres hay?

—Según los informes se trata de un campamento de abastecimiento, milord. Para reabastecer patrullas. —El joven regresó con otra banqueta plegable, y el hombre grueso se acomodó en ella con un gruñido—. Supuestamente hay unos cien soldados, en su mayoría altaraneses, y alrededor de unos doscientos trabajadores, pero me han dicho que en ocasiones el número de soldados podría aumentar en quinientos más. —Un hombre prudente, maese Roidelle.

Talmanes hizo una de esas reverencias en las que se adelantaba un pie, y los otros tres hombres lo imitaron.

—Milady —dijo Talmanes—, Vanin me habló de vuestras circunstancias y de las promesas hechas por lord Mat. Sólo quería deciros que es un hombre de palabra.

—Lo es, milady —abundó Edorion—. Siempre.

Tuon le hizo un gesto para que se apartara a un lado y así poder seguir observando a Juguete, y Edorion lo hizo no sin antes lanzar una mirada sorprendida a Juguete y otra a ella. Tuon le respondió con otra mirada severa. Sólo le faltaba que esos hombres empezaran a imaginarse cosas. No todo había resultado como debería; aún. Todavía cabía la posibilidad de que se torcieran las cosas.

—Es un lord, ¿verdad? —demandó.

—Perdón, pero ¿podríais repetir eso? —dijo Talmanes—. Mis disculpas, pero debo de tener tierra en las orejas.

Tuon repitió cuidadosamente lo que había dicho, pero aún así les costó un minuto dilucidar lo que les preguntaba.

—Así se me abrase el alma, no —contestó finalmente Reimon con una risa. Se atusó la barba—. Salvo para nosotros, que es un lord más que de sobra.

—La mayoría de los nobles no le gustan —abundó Carlomin—. Considero un honor contarme entre los pocos que no le caen mal.

—Un honor, sí —convino Reimon. Edorion se contentó con inclinar la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Soldados, maese Roidelle —dijo firmemente Juguete—. Mostradme dónde están los soldados. Y más que unos pocos centenares.

—¿Qué hace? —se interesó Tuon, fruncido el entrecejo—. No pretenderá sacar a hurtadillas a tantos hombres de Altara, aun cuando supiera dónde está hasta el último soldado. Siempre hay patrullas y barridos de raken sobrevolando el terreno. —De nuevo tardaron lo suyo en contestar. A lo mejor debería tratar de hablar muy deprisa.

—No hemos visto patrullas en más de trescientas millas y ningún… ¿raken? Eso, ningún raken —respondió Edorion en tono quedo. La estaba estudiando. Demasiado tarde para poner freno a lo que estuvieran imaginando esos hombres.

—O no conozco a Mat —comentó Reimon— o nos está preparando una batalla. La Compañía de la Mano Roja cabalga de nuevo a la batalla. Hacía ya mucho, si queréis saber mi opinión.

Selucia aspiró sonoramente el aire por la nariz, al igual que la señora Anan. Tuon estaba de acuerdo con ellas.

—Una batalla no os ayudará a salir de Altara —repuso secamente.

—Entonces, está planeando una guerra —intervino Talmanes. Los otros tres asintieron con la cabeza para ratificar sus palabras, como si tal cosa fuera lo más natural del mundo. Reimon incluso rió. Parecía creer que todo era divertido.

—¿Tres mil? —dijo Juguete—. ¿Estáis seguro? Bastante seguro, vale, con eso basta. Vanin puede localizarlos si no han llegado muy lejos.

Tuon lo miró, allí en cuclillas delante del mapa mientras movía el dedo sobre la superficie, y de repente lo vio bajo una luz distinta. ¿Un bufón? No. Un puma metido en la cuadra de un caballo a lo mejor parecía cosa de broma, pero un puma en las llanuras altas era una cosa muy diferente. Ahora Juguete andaba suelto por las llanuras altas. Sintió un escalofrío. ¿Con qué clase de hombre se había enredado? Se dio cuenta de que, después de todo ese tiempo, apenas tenía indicios.

Era una noche fría, lo bastante para que Perrin sintiera un escalofrío cada vez que soplaba una racha de aire a pesar de la capa forrada en piel. El halo que rodeaba la hinchada luna creciente anunciaba que habría más lluvia a no mucho tardar. Las nubes que se deslizaban por delante del astro hacían que la pálida luz se amortiguara y se intensificara a intervalos, pero era suficiente para su vista penetrante. Estaba montado en Brioso justo al borde de la línea de árboles y observaba el grupo de cuatro altos molinos de viento de piedra gris situados en un claro en lo alto de la cresta, con las pálidas aspas brillando u oscureciéndose alternativamente a medida que giraban. La maquinaria de los molinos chirriaba con fuerza. No parecía probable que los Shaido supieran siquiera que debían engrasar los mecanismos. El acueducto de piedra era un oscuro trazo que se extendía hacia el este sobre los altos arcos de piedra más allá de granjas abandonadas y de campos vallados —los Shaido habían sembrado, aunque demasiado pronto con tanta lluvia—, hacia lo alto de otro cerro y del lago que había más allá. Malden se encontraba otro cerro más al oeste. Perrin aflojó la traba de seguridad del pesado martillo que llevaba en el cinturón. Malden y Faile. Dentro de pocas horas añadiría el nudo cincuenta y cuatro a la tira de cuero que guardaba en un bolsillo.

Proyectó la mente a distancia. ¿Estáis preparados, Amanecer Nevado? —pensó—. ¿Aún no os encontráis cerca? Los lobos eludían las poblaciones, y, con las partidas de caza Shaido en los bosques circundantes durante el día, se mantenían más apartados de Malden de lo habitual.