—Recordad —le dijo a Seonid—, el mayor peligro será llegar de la cisterna a la fortaleza. Tendréis que usar el adarve de la muralla y puede que haya Shaido en la ciudad incluso a esta hora. —Alyse Sedai no había estado segura sobre eso. El trueno retumbó con un ruido hueco, a lo lejos, y lo siguió otro—. Quizá tengáis lluvia que os ocultará.
—Gracias —dijo fríamente ella. El rostro bañado con luces y sombras de luna era una máscara Aes Sedai de serenidad, pero desprendía un intenso efluvio de indignación—. No habría caído en nada de eso si no me lo hubieses dicho. —Al cabo de unos segundos su expresión se suavizó y le puso la mano en el brazo—. Sé que estás preocupado por ella. Haremos todo lo que se pueda hacer. —No podía decirse que su tono fuera exactamente cálido (nunca lo era), pero no era tan frío como antes y el olor se había suavizado a un efluvio de compasión.
Teryl la aupó al borde del acueducto —el seanchan que vaciaba horcaria en la abertura, un tipo alto con casi tantas cicatrices como Mishima, casi dejó caer el saco— y la Aes Sedai torció ligeramente el gesto antes de girar las piernas hacia adentro y meterse en el agua a la par que soltaba un respingo. Debía de estar fría. Agachó la cabeza y se perdió de vista en dirección a Malden. Furen trepó y se metió a continuación, seguido por Teryl y, finalmente, Rovair. Los hombres tuvieron que doblarse mucho para caber debajo del techo del acueducto.
Elyas palmeó a Perrin en el hombro antes de auparse él al canal.
—Tendría que haberme recortado la barba como tú para no meterla ahí —dijo mientras miraba el agua. Aquella barba grisácea, agitada por la brisa, se le extendía por el pecho. En realidad, el cabello, recogido en la nuca con un cordón de cuero, le llegaba a la cintura. También cargaba un pequeño fardo de comida y un odre de agua—. Con todo, un baño frío ayuda a un hombre a mantener la mente apartada de sus problemas.
—Creía que era para mantenerla apartada de mujeres —dijo Perrin. No estaba de humor para bromas, pero no podía esperar que todo el mundo estuviera tan hosco como él. Elyas se echó a reír.
—¿Y qué más hay que ocasione problemas a un hombre? —Desapareció en el agua y Tallanvor ocupó su lugar.
Perrin lo agarró por la manga de la oscura chaqueta.
—Ojo, nada de heroísmos. —Su dilema había sido si dejaba que el hombre formara parte del grupo o no.
—Nada de heroísmos, milord —ratificó Tallanvor. Por primera vez en mucho tiempo parecía ansioso. Su efluvio vibraba de ansiedad. Pero también había un toque de cautela. Esa cautela era la única razón por la que no estaba de vuelta en el campamento—. No pondré en peligro a Maighdin. Ni a lady Faile. Sólo quiero verla cuanto antes.
Perrin asintió y lo dejó marchar. Eso lo podía entender. Una parte de él quería subirse también a ese acueducto. Ver a Faile cuanto antes. Pero cada parte del trabajo había de hacerse de manera adecuada, y él tenía otros cometidos. Además, si estuviera dentro de Malden no tenía la seguridad de ser capaz de contenerse sin tratar de encontrarla. No percibía su propio olor, naturalmente, pero dudaba que hubiera algún rastro de cautela en él ahora. Las ruedas de las aspas de los molinos volvieron a girar con fuertes chirridos cuando el viento cambió de nuevo. Al menos allí arriba parecía que no dejaba de soplar nunca. Que el agua se detuviera sería desastroso.
Para entonces lo alto del cerro estaba abarrotado de gente. Veinte seguidores de Faile esperaban su turno para entrar en el acueducto; todos los que quedaban salvo los dos que espiaban a Masema. Las mujeres vestían chaquetas y pantalones de hombre y llevaban el cabello cortado a excepción del mechón en la parte posterior, a semejanza de los Aiel, aunque ningún Aiel habría portado una espada, como hacían ellos. Muchos de los hombres tearianos se habían afeitado la barba porque los Aiel no llevaban. Detrás de ellos, cincuenta hombres de Dos Ríos cargaban alabardas y arcos sin tensar, con la cuerda guardada a buen recaudo en la chaqueta, y cada cual con tres aljabas repletas de flechas atadas a la espalda, junto con el paquete de comida. Todos los hombres del campamento se habían ofrecido voluntarios para esta misión y Perrin había tenido que dejarlos que eligieran grupos. Se había planteado duplicar el número de hombres o más. Seguidores de Faile y los de Dos Ríos tenían los paquetes de comida y los odres. El constante flujo de soldados seanchan continuaba transportando sacos llenos cuesta arriba y sacos vacíos cuesta abajo. Eran disciplinados. Cuando alguien resbalaba en el barro y caía, como ocurrió con regularidad, no había maldiciones, ni siquiera rezongos. Simplemente se levantaban y seguían adelante.
Selande Darengil, con una chaqueta oscura y la pechera cruzada con seis franjas horizontales de color, se paró para ofrecerle la mano a Perrin. Le llegaba al pecho, pero Elyas afirmaba que manejaba de manera increíble la espada que llevaba a la cadera. Perrin ya no pensaba que ella y sus compañeros eran unos necios —bueno, no todo el tiempo— a pesar de sus intentos de imitar las costumbres Aiel. Con diferencias, por supuesto. La cola de caballo de oscuro cabello de Selande, recogida en la nuca, iba atada con un trozo de cinta oscura. En su efluvio no había miedo, sólo determinación.
—Gracias por permitirnos tomar parte en esto, milord —dijo con su meticuloso acento cairhienino—. No os defraudaremos. Ni a lady Faile.
—Sé que no lo haréis —contestó mientras le estrechaba la mano. Había habido un tiempo en el que la mujer le había dejado claro que servían a Faile, no a él. Estrechó las manos de todos ellos antes de que se encaramaran al acueducto y se metieran en él. Todos olían a determinación. Al igual que Ban al’Seen, que iba al mando de los hombres de Dos Ríos que se dirigían a Malden.
—Cuando Faile y las demás aparezcan, atrancad las puertas, Ban. —Perrin ya le había dicho eso mismo antes, pero no pudo evitar repetirlo—. Luego mirad si podéis subirlas acueducto arriba.
Esa fortaleza no había conseguido frenar a los Shaido la otra vez y si algo iba mal dudaba que pudiera frenarlos ahora tampoco. No tenía intención de incumplir el acuerdo con los seanchan —los Shaido iban a pagar por lo que le habían hecho a Faile y, además, no podía dejarlos atrás para que siguieran arrasando las tierras—, pero quería apartarla del peligro cuanto antes.
Ban apoyó el arco y la alabarda contra el acueducto y se aupó para meter una mano dentro. Cuando bajó al suelo se limpió la mano mojada en la chaqueta y después se frotó la prominente nariz.
—Debajo del agua la piedra tiene una capa de algo que parece limo de estanque. No va ser nada fácil bajar por ese desnivel sin resbalar todo el trecho, lord Perrin, cuanto menos intentar remontarlo. Creo que lo mejor será esperar dentro de esa fortaleza hasta que lleguéis.
Perrin suspiró. Había pensado en mandarlos con cuerdas, pero habrían necesitado casi dos millas para salvar ese último desnivel, demasiada cuerda para cargar con ella, y si cualquier Shaido descubría la punta en el extremo del acueducto en Malden, entonces registrarían hasta el último rincón de la ciudad. Quizás fuera un pequeño riesgo, pero las consecuencias que podría traer lo hacían enorme.
—Estaré allí lo antes posible, Ban, te lo prometo.
Estrechó también la mano de todos los hombres de Dos Ríos. Tod al’Caar, con su prominente y afilada mandíbula, y Leof Torfinn, éste con una marca blanca dividiéndole el cabello, allí donde se extendía una cicatriz recibida cuando la batalla contra los trollocs. El joven Kenly Maerin, que otra vez empezaba a dejarse un remedo de barba sin mucha fortuna, y Bili Adarra, que era casi tan ancho como él, aunque un palmo más bajo. Bili era un primo lejano y uno de los familiares más cercanos que le quedaban. Había crecido con muchos de estos hombres, aunque algunos eran unos años mayores que él. También los había unos años más jóvenes. A estas alturas conocía a los hombres desde Deven Ride hasta Colina del Vigía, así como los de los alrededores de Campo de Emond. Tenía más razones aparte de Faile para llegar a la fortaleza lo más rápido posible.