—Antes de amanecer envié raken a explorar hasta donde pudieran llegar y de nuevo los mandé nada más anochecer. Uno de los voladores de por la noche regresó antes de lo esperado. Había avistado siete mil Hijos de la Luz en movimiento a menos de cincuenta millas de mi campamento.
—¿Marchan contra vosotros? —Perrin miró su copa, ceñudo, en lugar de beber—. Siete mil parece un número muy redondo para contarlo de noche.
—Parece que esos hombres son desertores —intervino Annoura—. Al menos así lo cree la oficial general. —Con el vestido de seda gris parecía tan impecable como si hubiese pasado una hora arreglándose. La nariz saliente le daba el aspecto de una corneja con trencillas rematadas en cuentas que mirara escrutadoramente a la oficial general como si ésta fuera un interesante trozo de carroña. Sostenía una copa de vino que parecía que no había probado—. He oído rumores de que Pedron Niall murió luchando contra los seanchan, pero al parecer Elmon Valda, que sustituyó a Niall, juró lealtad a la emperatriz seanchan. —Tylee articuló «así viva para siempre» de forma inaudible; excepto para Perrin. Balwer también abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin haber dicho nada. Los Capas Blancas eran su obsesión—. Sin embargo, hará un mes y pico más o menos —prosiguió la hermana Gris—, Galad Damodred mató a Valda y encabezó a siete mil Capas Blancas que abandonaron la causa seanchan. Lástima que se enredara con los Capas Blancas, pero tal vez haya resultado algo bueno de ello. Sea como sea, por lo visto existe una orden permanente de que se mate a estos hombres en cuanto se los vea. He hecho un buen resumen, ¿verdad, oficial general?
Las manos de Tylee se crisparon como si la mujer deseara hacer uno de esos signos contra el mal.
—Buen resumen, sí —dijo. Dirigiéndose a Perrin, no a Annoura. A la seanchan parecía costarle trabajo hablar con una Aes Sedai—. Excepto lo de que salga algo bueno de ello. Quebrantar un juramento y desertar nunca se podrán considerar algo bueno.
—Entiendo que no se dirigen contra vosotros o, de otro modo, lo habríais dicho —manifestó Perrin, que dio un timbre inquisitivo a sus palabras a pesar de que en su mente no cabían dudas al respecto.
—Al norte —respondió Tylee—. Se dirigen al norte.
Balwer abrió a medias la boca otra vez, y luego la cerró con un chasquido de dientes.
—Si tienes algún consejo que dar, hazlo —le dijo Perrin—. Pero no me importa cuántos Capas Blancas han desertado de los seanchan. Faile es lo único que me interesa. Y no creo que la oficial general renuncie a atar a la correa a trescientas o cuatrocientas damane para ir en pos de ellos.
Berelain torció el gesto. El semblante de Annoura se mantuvo impasible, pero echó un buen trago de vino. Ninguna de las Aes Sedai estaba muy satisfecha de sí misma respecto a esa parte del plan. Tampoco ninguna de las Sabias.
—No lo haré —repuso firmemente Tylee—. Creo que voy a tomar un poco de vino, después de todo.
Breane respiró hondo antes de acercarse para servirle y Perrin percibió un atisbo de temor en su olor. Al parecer la alta mujer de tez oscura la intimidaba.
—No negaré que me gustaría tener la oportunidad de descargar un golpe a los Capas Blancas —dijo Balwer con aquella voz seca como el polvo—. Pero, a decir verdad, creo que tengo una deuda de gratitud con ese Galad Damodred. —A lo mejor su inquina era contra Valda personalmente—. Sea como sea, no necesitáis de mi consejo en esto. En Malden se han puesto en marcha las cosas, y aunque no fuera así dudo que aguantaseis un solo día más. Tampoco os habría aconsejado que lo hicieseis, milord. Si se me permite la osadía, aprecio mucho a lady Faile.
—Se te permite —dijo Perrin—. Oficial general, hablasteis de dos noticias.
La seanchan tomó la copa que le ofrecía Breane y lo miró con tanta fijeza que era evidente que evitaba dirigir la vista a los otros que había en la tienda.
—¿Podemos hablar en privado? —preguntó en voz baja.
Berelain cruzó con paso suave la alfombra y posó la mano en el brazo de Perrin a la par que le sonreía.
—Ni a Annoura ni a mí nos importa marcharnos —dijo.
Luz, ¿cómo podía pensar nadie que había algo entre ellos dos? Sí, estaba más bella que nunca; pero, aun así, ese efluvio que le había hecho pensar en un felino al acecho había desaparecido de su olor hacía tanto tiempo que apenas si lo recordaba ya. Ahora, la base de su olor la componían la paciencia y la resolución. Había llegado a aceptar que amaba a Faile y sólo a Faile, y parecía tan decidida a verla libre como él mismo.
—Podéis quedaros —dijo—. Sea lo que sea lo que tengáis que decir, oficial general, podéis hacerlo delante de todos los que están aquí.
Tylee vaciló y echó un vistazo a Annoura.
—Hay dos grandes grupos de Aiel que se dirigen hacia Malden —dijo finalmente, con renuencia—. Uno al sudeste, y el otro al sudoeste. Los morat’raken calculan que podrían llegar allí dentro de tres días.
De repente todo pareció ondular ante los ojos de Perrin. Se sintió ondular a sí mismo. Breane soltó un chillido y dejó caer la jarra. El mundo onduló de nuevo, y Berelain se aferró a su brazo. La mano de Tylee parecía petrificada en aquel extraño gesto, con el pulgar y el índice formando un arco. Todo onduló por tercera vez y Perrin sintió como si estuviera hecho de niebla, como si el propio mundo fuese niebla mientras un fuerte viento se aproximaba. Berelain se estremeció y él le rodeó los hombros con el brazo en un gesto tranquilizador. La mujer se aferró a él, temblorosa. El silencio y el efluvio a miedo saturaban la tienda. Oyó voces que empezaban a alzarse fuera, y también sonaban asustadas.
—¿Qué ha sido eso? —demandó finalmente Tylee.
—No lo sé. —El semblante de Annoura conservaba la serenidad, pero su voz sonaba temblorosa—. Luz, no tengo ni idea.
—Da igual lo que haya sido —les dijo Perrin, que hizo caso omiso de sus miradas intensas—. Dentro de tres días todo habrá acabado. Eso es lo único que importa. —Faile era lo único que importaba.
El sol se aproximaba al cenit, pero Faile ya se sentía agobiada. El agua para el baño matinal de Sevanna —¡se bañaba dos veces al día ahora!— no había estado bastante caliente y a Faile la habían azotado junto con todos los demás, aunque Alliandre y ella sólo se habían ocupado de frotar la espalda a la mujer. En lo que iba del día, más de veinte gai’shain de las tierras húmedas habían suplicado que les permitiera prestarle el juramento de lealtad. Tres habían sugerido rebelarse puesto que había más gai’shain que Shaido en todas esas tiendas. Parecían haber entrado en razón cuando les señaló que casi todos los Aiel sabían cómo utilizar una lanza, mientras que la mayoría de los habitantes de las tierras húmedas eran granjeros o artesanos. Pocos habían empuñado un arma en su vida, y eran menos aún los que todavía la manejaban. Parecía que hacían caso, pero era el primer día que alguien sugería algo así justo después de prestar juramento. Por lo general pasaban varios días dándole vueltas al tema. La presión aumentaba. Hacia una matanza, a menos que ella pudiera prevenirlo. Y ahora esto…
—Sólo es un juego, Faile Bashere —dijo Rolan, altísimo a su lado mientras caminaban por una de las embarradas calles que serpenteaban entre las tiendas Shaido. Parecía divertido y un atisbo mínimo de sonrisa asomaba a sus labios. Un hombre guapísimo, sin duda.
—Un juego de besos, dices. —Cambió de posición las piezas de tela de felpa a rayas que cargaba sobre los brazos para llamar su atención—. Tengo trabajo y no dispongo de tiempo para juegos. Sobre todo juegos de besos.
Veía unos cuantos Aiel, algunos tambaleándose ebrios a pesar de lo temprano que era, pero la mayoría de los que se movían por la calle eran habitantes de las tierras húmedas con las ropas de gai’shain o niños que chapoteaban alegremente en los charcos de barro que había dejado la intensa lluvia de por la noche. La calle estaba abarrotada de hombres y mujeres de blanco manchado de barro que cargaban cestos o cubos u ollas. De hecho algunos se ocupaban de tareas. Había tantos gai’shain en el campamento que realmente no tenían trabajo suficiente para todos. Eso no era óbice para que un Shaido mandara alguna tarea a cualquiera que, según su punto de vista, estuviese ocioso si esa persona iba de blanco, aunque fueran faenas inútiles. Para no tener que excavar agujeros que no servían para nada en los campos embarrados o restregar ollas que ya estaban limpias, muchos gai’shain habían cogido por costumbre cargar con algo para que diera la impresión de que se ocupaban de algún quehacer. Eso no evitaba el verdadero trabajo a nadie, pero sí ayudaba a eludir tareas absurdas. Faile no tenía que preocuparse de eso con la mayoría de los Shaido, siempre y cuando luciera aquellas gruesas cadenas de oro alrededor de la cintura y del cuello, pero el collar y el cinturón no servían de nada con las Sabias. Había restregado ollas para algunas de ellas. Y a veces había recibido castigos por no estar disponible cuando Sevanna requería sus servicios. De ahí las toallas.