«Ante un necio. —La risa demente de Lews Therin resonó en su cabeza—. Un necio que se encamina hacia una trampa». Rand hizo caso omiso del loco. Puede que fuera una trampa, pero estaba preparado para hacerla saltar si lo era. Merecía la pena el riesgo. Necesitaba la tregua. Podría aplastar a los seanchan, pero ¿a costa de cuánta sangre y de cuánto tiempo del que no disponía? Volvió a mirar hacia el norte. El cielo sobre Andor estaba despejado salvo los blancos jirones de unas pocas nubes muy altas. La Última Batalla se aproximaba. Tenía que correr el riesgo.
Min, cerca de él, jugueteaba con las riendas de su yegua gris; se sentía satisfecha de sí misma, y eso lo irritaba. Lo había engatusado para arrancarle una promesa en un momento de debilidad y se negaba a exonerarlo de ella. Podía romperla, y se acabó. Debería romperla. Como si hubiese captado sus pensamientos, Min lo miró. Su rostro, enmarcado por los bucles largos hasta los hombros, estaba sosegado, pero el vínculo le transmitió de repente desconfianza y atisbos de rabia. Parecía estar intentando disimular ambos sentimientos, pero aun así se ajustó los puños de la roja chaqueta bordada del modo que lo hacía cuando comprobaba sus cuchillos. No usaría uno de sus cuchillos contra él, desde luego. Pues claro que no.
«El amor de una mujer puede ser violento —murmuró Lews Therin—. A veces hieren a un hombre más de lo que creen que han hecho, más de lo que era su intención. A veces hasta lo lamentan después». Por un instante pareció cuerdo, pero Rand rechazó la voz.
—Deberías dejarnos escoltarte un trecho más, Rand al’Thor —dijo Nandera. Ella y las dos docenas de Doncellas que se encontraban en la cima del cerro apenas arbolada se habían cubierto el rostro con el negro velo. Algunas empuñaban el arco, con la flecha preparada para dispararla. El resto de las Doncellas se hallaba entre los árboles, a bastante distancia del cerro, vigilando para que no hubiera sorpresas desagradables—. El terreno está despejado todo el tramo hasta la casa solariega, pero esto me huele a trampa. —Había habido un tiempo en el que las palabras «casa» y «solariega» habían sonado raras en su boca, pero ya llevaba largo tiempo en las tierras húmedas.
—Nandera tiene razón —bisbiseó malhumoradamente Alivia, que taconeó a su castrado ruano para acercarse más. Por lo visto la mujer de pelo rubio todavía estaba ofendida por no poder ir con él, pero su reacción en Tear al oír su acento nativo hacía imposible tal cosa. Ella había admitido que la había impactado, pero aseguraba que había sido por la sorpresa al no esperárselo. No obstante, Rand no podía correr ese riesgo—. No se puede confiar en nadie de la Alta Sangre, sobre todo en una hija de la emperatriz, así viva… —Cerró la boca de golpe y se alisó la falda azul oscuro sin necesidad al tiempo que torcía el gesto por lo que había estado a punto de decir. Rand confiaba en ella hasta el punto de poner la vida en sus manos, literalmente, pero la mujer tenía muchas reacciones impulsivas enraizadas a fondo como para arriesgarse a ponerla cara a cara con la mujer con la que iba a reunirse. El vínculo transmitía cólera sin esfuerzo alguno para contenerla ahora. A Min le desagradaba ver a Alivia cerca de él.
—A mí me huele a trampa —manifestó Bashere mientras aflojaba la espada de sinuosa hoja curva en la vaina. Iba vestido sencillamente, con el yelmo y el peto bruñidos, aunque la chaqueta de seda gris por sí sola lo destacaba de los ochenta y un lanceros saldaeninos situados en formación alrededor de la cumbre del cerro. El bigote espeso, con las puntas hacia abajo, casi estaba erizado tras las barras de la visera del yelmo—. Daría diez mil coronas por saber cuántos soldados tiene ella ahí fuera. Y cuántas damane. Esa Hija de las Nueve Lunas es la heredera del trono, hombre. —Se había quedado estupefacto cuando Alivia le había aclarado ese punto. Nadie en Ebou Dar se lo había mencionado, como si no tuviese importancia—. Dirán que su control del territorio termina muy al sur de aquí, pero podéis apostar que cuenta al menos con un pequeño ejército que vela por su seguridad.
—Y si nuestros exploradores encuentran a ese ejército, ¿tenemos la certeza de que no los descubrirán? —repuso calmosamente Rand. Nandera hizo un sonido desdeñoso—. Más vale dar por hecho que uno mismo no es el único que tiene ojos en la cara —le dijo a la Doncella—. Si creen que planeamos atacarlos o raptar a la mujer todo se vendrá abajo. —Tal vez ésa fuera la razón de que hubiesen mantenido su secreto. La heredera imperial sería un objetivo de rapto mucho más tentador que si se tratara de una simple noble de alto rango—. Mantened la vigilancia para aseguraros de que no nos pillan por sorpresa a nosotros. Si las cosas salen mal, Bashere, ya sabes lo que hay que hacer. Además, puede que ella tenga un ejército, pero yo también lo tengo, y no tan pequeño.
Bashere sólo podía asentir a eso último. Aparte de los saldaeninos y de las Doncellas, la cima del cerro se hallaba abarrotada de Asha’man, Aes Sedai y Guardianes, más de veinticinco en total, un grupo tan formidable como cualquier pequeño ejército. Se entremezclaban con sorprendente despreocupación y eran pocos los que daban señales de tensión. Bueno, Toveine, una Roja de piel cobriza y de talla baja, miraba ceñuda a Logain, pero Gabrelle, una Marrón con un tono de tez muy moreno y ojos verdes, hablaba con él de forma muy afable, puede que hasta con coquetería. Tal vez ésa fuera la razón del ceño de Toveine, si bien la desaprobación parecía más factible que los celos. Adrielle y Kurin se rodeaban la cintura con el brazo, aunque ella era más alta que el Asha’man domani, y hermosa, mientras que él era poco agraciado y tenía el cabello gris en las sienes. Además de haber sido él quien había vinculado a la Gris en contra sus deseos. Beldeine, lo bastante nueva con el chal para aparentar que era una joven saldaenina normal y corriente, de ojos marrones ligeramente rasgados, alargaba la mano de vez en cuando para tocar a Manfor, y éste le sonreía cada vez que lo hacía. Que lo hubiera vinculado había sido más que chocante, pero aparentemente el hombre rubio lo había aceptado de muy buen grado. Ninguno le había pedido opinión a Rand antes de establecer el vínculo.
Quizá la relación más rara era entre Jenare, pálida y robusta en un traje de montar de color gris con bordados rojos en la falda pantalón, y Kajima, un tipo con aspecto de escribiente y de mediana edad que llevaba el pelo como Narishma, en dos trenzas con campanillas de plata en las puntas. Ella rió algo que Kajima había dicho y murmuró algo que lo hizo reír a él a su vez. ¡Una Roja bromeando con un hombre capaz de encauzar! A lo mejor Taim había provocado un cambio para mejor aunque no fuera tal su intención. Y tal vez él vivía en un sueño, claro. Las Aes Sedai tenían fama de saber fingir muy bien, pero ¿podría una Roja llevar hasta ese extremo el fingimiento?