No todo el mundo estaba de un humor afable ese día. Los ojos de Ayako parecían casi negros mientras asestaba una mirada fulminante a Rand; claro que, considerando lo que le ocurría a un Guardián cuando su Aes Sedai moría, la diminuta Blanca de tez oscura tenía razones para temer que Sandomere fuera hacia un posible peligro. El vínculo del Asha’man difería en ciertos aspectos, pero en otros era idéntico, y todavía nadie sabía los efectos que la muerte de un Asha’man podría tener en la mujer a la que había vinculado. Elza también miraba ceñuda a Rand; tenía una mano sobre el hombro de su alto y delgado Guardián, Fearil, como si sujetara a un perro guardián por el collar y estuviera pensando en soltarlo. No contra Rand, desde luego, pero éste temía por cualquiera que Elza pensara que podría estar amenazándolo. Le había dado órdenes al respecto y el juramento de la mujer debería obligarla a que las obedeciera, pero una Aes Sedai era capaz de hallar escapatorias para eludir casi cualquier cosa.
Merise hablaba firmemente con Narishma; sus otros dos Guardianes esperaban montados a cierta distancia. No cabía error en la forma en que la mujer de severo rostro gesticulaba a la par que hablaba y se inclinaba hacia él para poder hacerlo en voz baja. Le estaba impartiendo instrucciones sobre algo. A Rand le desagradaba eso dadas las circunstancias, pero poco podía él hacer al respecto. Merise no había prestado ningún juramento y no le haría caso en lo relacionado con sus Guardianes. Ni relacionado con casi nada más, dicho fuera de paso.
También Cadsuane lo estaba observando. Ella y Nynaeve llevaban puestas todas sus joyas ter’angreal. Nynaeve estaba haciendo una buena demostración de calma Aes Sedai. Parecía practicar mucho eso desde que había enviado a Lan a dondequiera que lo hubiese mandado. La mitad de la cima del cerro separaba a su gorda yegua marrón del zaino de Cadsuane, naturalmente. La antigua Zahorí jamás lo admitiría, pero la otra mujer la intimidaba.
Logain se adelantó en el negro castrado que hacía cabriolas para situarse entre Rand y Bashere. El caballo era casi del mismo tono que la chaqueta y la capa de su jinete.
—El sol está casi en el cenit —dijo—. ¿Hora de que bajemos? —En sus palabras sólo había un leve dejo de pregunta. Al hombre le irritaba recibir órdenes. No esperó a recibir respuesta—. ¡Sandomere! —llamó en voz alta—. ¡Narishma!
Merise retuvo a Narishma por la manga un momento más para acabar de darle instrucciones antes de dejarlo que se alejara a caballo, lo que hizo que Logain pusiera ceño. Narishma, bronceado por el sol, con las largas y oscuras trenzas adornadas con campanillas en la punta, parecía años más joven que Rand aunque en realidad tenía unos cuantos más que él. A lomos de su rucio, recto como la hoja de una espada, saludó a Logain con una leve inclinación de cabeza, como a un igual, con lo que se ganó otro gesto ceñudo. Sandomere le dijo algo en voz baja a Ayako antes de montar en su rodado y ella le tocó el muslo una vez que hubo subido a la silla. Con arrugas, la línea del cabello canoso retrocediendo en la frente y una barba surcada de hebras grises y recortada en punta y untada con aceites, hacía que la mujer pareciera joven en lugar de tener un rostro intemporal. Él lucía ya el dragón rojo y dorado en el alto cuello de la chaqueta negra, además del alfiler en forma de espada plateada. Todos los Asha’man que había en el cerro los llevaban, incluso Manfor. Había ascendido a Dedicado recientemente, pero había sido uno de los primeros en llegar a la Torre Negra antes de que hubiera una Torre Negra. La mayoría de los hombres que habían empezado con él habían muerto. Ni siquiera Logain había negado que mereciera ese ascenso.
Logain tuvo el suficiente sentido común de no llamar a Cadsuane ni a Nynaeve, pero ambas se acercaron para reunirse con Rand de todos modos y se situaron a uno y otro lado de él; las dos lo miraron brevemente, el semblante tan impasible que podrían haber estado pensando cualquier cosa. Sus ojos se encontraron y Nynaeve los apartó rápidamente. Cadsuane soltó un suave resoplido. También Min se aproximó. Era su «una más» para equilibrar los séquitos de honor. Un hombre jamás debería hacer promesas en la cama. Abrió la boca y ella enarcó una ceja mientras lo miraba directamente. El vínculo rebosaba… algo peligroso.
—Quédate detrás de mí cuando lleguemos allí —le dijo, que no era en absoluto lo que tenía intención de decir.
El peligro se diluyó en lo que había aprendido a reconocer como amor. Por alguna razón, también había regocijo irónico en el vínculo.
—Lo haré si quiero, pastor cabeza hueca —repuso con más que un poco de aspereza, como si el vínculo no le revelara sus verdaderos sentimientos. Por difícil que resultara descifrarlos.
—Si vamos a hacer esta tontería, hagámosla y acabemos de una vez —manifestó firmemente Cadsuane, que taconeó a su zaino ladera abajo.
A corta distancia del cerro, las granjas empezaron a aparecer a lo largo de una sinuosa calzada de tierra que atravesaba el bosque, el suelo endurecido por los largos años de uso pero aún resbaladizo por el barro formado con las últimas lluvias. Por las chimeneas de las casas de piedra con techo de bálago salía el humo de cocinar la comida de mediodía. A veces, muchachas y mujeres estaban sentadas fuera, al sol, y trabajaban con la rueca. Hombres con toscas chaquetas entraban en los campos vallados con piedra para comprobar cómo retoñaban sus cosechas, en tanto que los chicos arrancaban malas hierbas con azadones. En los pastos pacían cabezas de ganado marrón y blanco u ovejas de cola negra, por lo general vigiladas por uno o dos chicos equipados con arcos u hondas. En esos bosques había lobos y leopardos, así como otras criaturas a las que les gustaba el sabor de la carne de vaca y de cordero. Algunas personas se resguardaban los ojos con la mano para observar a los transeúntes, sin duda preguntándose quiénes serían esas gentes tan bien vestidas que iban a visitar a lady Deirdru. Tenía que ser ésa la razón de su presencia allí, encaminándose hacia la casa solariega y en un lugar tan lejano de cualquier sitio importante. No obstante, nadie parecía agitado ni asustado, y todos seguían ocupándose de sus tareas diarias. Los rumores de un ejército en la región los habrían trastornado, sin duda, y los rumores de esa clase se propagaban como un fuego incontrolado. Qué extraño. Los seanchan no podían Viajar sin que la noticia de su presencia se difundiera por todas partes. Muy extraño.
Sintió que Logain y los otros dos hombres asían el saidin y se llenaban de él. Logain era capaz de absorber casi tanto como él, en tanto que la capacidad de Narishma y Sandomere era algo menor. Eran los más fuertes entre los otros Asha’man, sin embargo, y los dos habían estado en los pozos de Dumai. Logain había demostrado que sabía manejarse bien en otros sitios, en otras batallas. Si esto era una trampa, estarían preparados y la otra parte no lo sabría hasta que fuera demasiado tarde. Rand no se abrió a la Fuente. Percibía a Lews Therin al acecho dentro de su cabeza. No era el momento de dar al loco la ocasión de asir el Poder.
—Cadsuane, Nynaeve, será mejor que abracéis la Fuente ya —dijo—. Nos estamos acercando.
—Estoy abrazando el saidar desde hace tiempo, en la colina —le contestó Nynaeve. Cadsuane resopló con desdén y le dirigió una mirada con la que lo llamaba idiota.
Rand reprimió una mueca antes de que se plasmara en su semblante. No había sentido cosquilleo ni la piel de gallina. Habían encubierto su habilidad y, de ese modo, lo habían imposibilitado de percibir el Poder en ellas. Los hombres habían tenido pocas ventajas sobre las mujeres en cuanto a encauzar, pero ahora habían perdido esas pocas mientras que ellas conservaban todas las suyas. Algunos Asha’man estaban tratando de hallar la forma de duplicar lo que Nacelle había creado, de encontrar un tejido que permitiera a los hombres detectar los tejidos de las mujeres, pero sin éxito hasta ahora. Bien, otro tendría que encargarse de ello, porque él tenía ocupaciones de sobra en este momento.