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Las granjas continuaron apareciendo, algunas solas en un claro, otras agrupadas en tres, cuatro o cinco juntas. Si siguieran calzada adelante llegarían al pueblo de Cruce del Rey dentro de unas pocas millas, donde un puente de madera salvaba un río angosto llamado el Reshalle, pero bastante antes de eso la calzada pasaba junto a un amplio claro señalado por un par de altos postes de piedra, aunque no había portón ni valla. Un centenar de pasos o más detrás de esos postes, al final de un camino de arcilla resbaladizo por el barro, se alzaba la casa solariega de lady Deirdru, un edificio de dos plantas, en piedra gris y con techo de bálago, que no parecía una granja debido a los postes y a las altas puertas dobles de la fachada principal. Los establos y dependencias tenían el mismo aspecto práctico, recio y carente de ornamentos. No se veía a nadie, ni mozo de cuadra, ni criada de camino a recoger huevos, ni hombres en los campos que flanqueaban la vereda. No salía humo por las altas chimeneas de la casona. Realmente olía a trampa. Pero la campiña estaba silenciosa y los granjeros, tranquilos. Sólo había un modo de salir de dudas.

Rand hizo girar a Tai’daishar y pasaron entre los postes; los demás los siguieron. Min no hizo caso de su advertencia; hizo que su montura se abriera hueco entre Tai’daishar y la yegua de Nynaeve y le sonrió. ¡El vínculo transmitía nerviosismo, pero ella sonreía!

Cuando estaban a mitad de camino de la casa, las puertas se abrieron y dos mujeres salieron, una con ropa de color gris oscuro, la otra de azul con paños rojos sobre el pecho y en la falda que le llegaba al tobillo. El sol arrancó destellos en la correa plateada que las unía. Aparecieron dos más, y otras dos, hasta que hubo tres pares en fila a cada lado de las puertas. Cuando Rand llegaba a los dos tercios de la vereda, otra mujer cruzó el umbral. Era de tez muy oscura y de constitución muy menuda; vestía ropas blancas plisadas y se cubría la cabeza con un pañuelo transparente que le caía sobre la cara. La Hija de las Nueve Lunas. A Bashere se la habían descrito de los pies a la rapada cabeza. La tensión de los hombros —de la que no había sido consciente hasta ese momento— se aflojó. Que estuviera realmente allí anulaba la posibilidad de una trampa. Los seanchan no expondrían a su heredera del trono en una maniobra tan peligrosa. Sofrenó al semental y desmontó.

—Una de ellas está encauzando —dijo Nynaeve en un tono sólo lo bastante alto para que él la oyera mientras bajaba de la yegua—. No veo nada, de manera que está ocultando su habilidad e invirtiendo el tejido, ¡y me pregunto cómo ha aprendido eso la seanchan! Pero está encauzando. Sólo una; no es suficiente para que sean dos. —Su ter’angreal no diferenciaba si era saidin o saidar lo que se estaba encauzando, pero no parecía probable que fuera un hombre.

«Te advertí que era una trampa —gimió Lews Therin—. ¡Te lo dije!»

Rand fingió que comprobaba la cincha de la silla.

—¿Sabéis cuál de ellas es? —preguntó quedamente. Seguía sin asir el saidin. A saber lo que sería capaz de hacer Lews Therin en esas circunstancias si conseguía hacerse con el control otra vez. Logain también toqueteaba la cincha de su montura y Narishma observaba a Sandomere, que inspeccionaba uno de los cascos del rodado. Lo habían oído. La diminuta mujer esperaba en el umbral, totalmente inmóvil pero sin duda impaciente y probablemente ofendida por su aparente interés en los caballos.

—No —respondió sombríamente Cadsuane—. Pero puedo hacer algo al respecto. Cuando estemos más cerca. —Los adornos dorados del cabello se mecieron cuando la mujer se echó hacia atrás la capa, como si dejara al aire una espada.

—Quédate detrás de mí —le dijo a Min y, para su alivio, ella asintió con la cabeza. Tenía el entrecejo ligeramente fruncido y el vínculo transmitía preocupación; pero miedo no. Sabía que la protegería.

Dejando a los caballos allí, echó a andar hacia las sul’dam y las damane, con Cadsuane y Nynaeve un poco más atrás, flanqueándolo. Logain, posada la mano en la empuñadura de la espada como si ésa fuera su verdadera arma, caminaba junto a Cadsuane mientras que Narishma y Sandomere iban detrás de Nynaeve. La diminuta mujer de oscura tez echó a andar lentamente hacia ellos, recogiéndose la falda plisada para que no tocara el suelo mojado.

De pronto, a unos diez pasos de distancia, la mujer… fluctuó. Durante un instante fue más alta que la mayoría de los hombres, vestida toda de negro, el gesto sorprendido y, aunque seguía con el velo echado sobre la cara, un pelo corto, ondulado y negro le cubría la cabeza. Sólo un instante antes de que la mujer menuda reapareciera, dio un traspié al dejar caer la falda blanca, pero hubo otra fluctuación y la alta mujer de tez oscura se mostró de nuevo, el semblante crispado por la ira tras el velo. Rand reconoció aquella cara aunque jamás la había visto hasta ese momento. Lews Therin, sí, y eso fue suficiente.

—Semirhage —dijo, estupefacto, antes de poder refrenar la lengua, y de repente todo pareció pasar al mismo tiempo.

Intentó asir la Fuente y encontró a Lews Therin dando zarpazos para aferrarla también, ambos empujándose el uno al otro para hacerse con ella. Semirhage movió la mano y una pequeña bola de fuego salió disparada de las yemas de sus dedos hacia él. Quizá gritó algo, una orden. Rand no podía apartarse a un lado; tenía a Min justo detrás. Mientras intentaba frenéticamente asir el saidin levantó la mano con la que sostenía el Cetro del Dragón, desesperado. El mundo pareció estallar en fuego.

Notó la mejilla pegada contra el suelo mojado. Unos puntos negros rielaban ante sus ojos y todo parecía algo borroso, como si lo viera a través del agua. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? Tenía la cabeza embotada. Algo se le clavaba en las costillas. La empuñadura de la espada. Las viejas heridas eran un tenso nudo de dolor justo por encima del pomo. Despacio, comprendió que estaba mirando el Cetro del Dragón o lo que quedaba de él. La punta de lanza y unas pulgadas del mango chamuscado yacían a tres pasos de distancia. Unas llamas pequeñas lamían y consumían el largo borlón. La Corona de Espadas estaba caída más allá.

De pronto se dio cuenta de que sentía encauzar saidin. Tenía la piel de gallina debido al saidar que se manejaba. La casa solariega. ¡Semirhage! Intentó ponerse de pie y se desplomó con un áspero grito. Despacio, alzó el brazo izquierdo, que parecía arder de dolor, para mirarse la mano. Donde había estado la mano. Sólo quedaba un maltrecho despojo, ennegrecido y desgarrado. Por el puño asomaba un muñón del que salían serpentinas de humo. Pero el Poder seguían encauzándose a su alrededor. Los suyos combatían a vida o muerte. Podían estar muriendo. ¡Min! Bregó para levantarse y volvió a caer.

Como si pensar en ella la hubiera invocado, Min se agachó junto a él. Comprendió que lo hacía para escudarlo con su cuerpo. El vínculo rebosaba lástima y dolor. Dolor físico no. Lo habría notado si ella tuviera la más pequeña herida. Estaba dolida por él.

—Quédate tumbado —dijo—. Has… Has recibido una herida.

—Lo sé —dijo roncamente. De nuevo trató de asir el saidin y, maravilla de maravillas, esta vez Lews Therin no intentó entrometerse. El Poder lo inundó y eso le dio la fuerza necesaria para ponerse de pie mientras preparaba unos tejidos realmente peligrosos y desagradables. Sin hacer caso de su chaqueta embarrada, Min lo aferró del brazo sano como si tratara de mantenerlo de pie. Pero la lucha había acabado.

Semirhage estaba de pie, tiesa, con los brazos pegados contra los costados y la falda apretada contra las piernas, sin duda atrapada con flujos de Aire. La empuñadura de uno de los cuchillos de Min sobresalía de su hombro, y también debía de estar escudada, pero el oscuro y bello rostro denotaba menosprecio. Ya había estado cautiva con anterioridad, brevemente, durante la Guerra de la Sombra. Había escapado de un arresto mayor al aterrorizar a sus carceleros hasta el punto de que la condujeron clandestinamente a la libertad.