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Otros habían recibido heridas más graves. Una sul’dam baja y de tez oscura y una damane alta y de cabello claro, unidas por un a’dam, yacían despatarradas en el suelo, los ojos fijos en el sol, vidriosos ya, y otras dos estaban de rodillas y abrazadas, la sangre corriéndoles por la cara y apelmazando su cabello. Las otras parejas estaban tan rígidas como Semirhage y Rand vio los escudos de tres de las damane, que parecían aturdidas. Una de las sul’dam, una mujer joven, esbelta, de cabello oscuro, sollozaba quedamente. Narishma también tenía la cara ensangrentada, y la chaqueta parecía chamuscada. Lo mismo ocurría con la de Sandomere, y por la manga izquierda asomaba un hueso blanco con manchas rojizas, hasta que Nynaeve le enderezó firmemente el brazo y colocó el hueso en su sitio. El hombre soltó un gemido gutural a la par que hacía un gesto de dolor. A continuación Nynaeve puso las manos huecas alrededor del brazo, por encima de la fractura, y al cabo de unos segundos Sandomere flexionaba el brazo y movía los dedos mientras le daba las gracias en un susurro. Logain parecía estar indemne, al igual que Nynaeve y Cadsuane, que observaba a Semirhage del mismo modo que una Marrón estudiaría a un animal exótico que viera por primera vez.

De pronto empezaron a abrirse accesos todo en derredor de la casa solariega por los que salían en tromba Asha’man y Aes Sedai con Guardianes montados a caballo, Doncellas veladas y Bashere cabalgando a la cabeza de sus jinetes. Un Asha’man y una Aes Sedai en un círculo de dos podían crear un acceso considerablemente más grande que los que Rand conseguía hacer él solo. Así que alguien había conseguido dar la señal, un destello de luz roja en el cielo. Todos los Asha’man rebosaban saidin, y Rand supuso que las Aes Sedai estaban henchidas de saidar. Las Doncellas se desperdigaron entre los árboles.

—¡Aghan, Hamad, registrad la casa! —gritó Bashere—. ¡Matoun, que formen los lanceros! ¡Se nos echarán encima tan pronto como puedan! —Dos soldados clavaron las lanzas en el suelo, desmontaron de un salto y corrieron hacia el interior del edificio al tiempo que desenvainaban la espada, en tanto que otros empezaban a formar en dos hileras.

Ayako se bajó precipitadamente de su montura y corrió hacia Sandomere sin molestarse siquiera en remangarse la falda para no mancharla de barro. Merise cabalgó hasta donde se encontraba Narishma antes de desmontar justo delante de él para tomarle la cabeza entre las manos sin decir palabra. Él sufrió una sacudida, la espalda se arqueó y casi se soltó la cabeza mientras ella lo Curaba. Merise tenía poca habilidad con el método de Curación de Nynaeve.

Haciendo caso omiso del tumulto, Nynaeve se recogió la falda con las manos ensangrentadas y se dirigió presurosa hacia Rand.

—Oh, Rand —musitó al verle el brazo—. Lo siento, yo… Haré cuanto pueda, pero me es imposible arreglarlo estando como está. —Los ojos le rebosaban angustia.

Sin decir palabra, él alzó el brazo izquierdo. Las palpitaciones eran dolorosísimas. Cosa curiosa, todavía sentía la mano. Tenía la impresión de ser capaz de apretar un puño que ya no tenía. La piel de gallina se le extendió por todo el cuerpo cuando Nynaeve absorbió saidar, los hilillos de humo desaparecieron del puño de la chaqueta, y a continuación la antigua Zahorí le asió el brazo por encima de la muñeca. El brazo entero empezó a cosquillearle y el dolor se disipó. Lentamente, la carne ennegrecida fue reemplazada por otra tersa que dio la impresión de escurrir hacia abajo hasta cubrir la pequeña masa informe que había sido la base de su mano. Era como un milagro. El dragón escamoso, escarlata y dorado, creció también hasta donde pudo, y acabó en un fragmento pequeño de crin dorada. Todavía sentía la mano.

—Lo siento —repitió Nynaeve—. Deja que te Ahonde por si tienes más heridas. —Se lo pidió, pero no esperó a que le diera permiso, claro está. Alzó las manos para asirle la cabeza entre ellas y un escalofrío lo recorrió de arriba abajo—. Algo está mal en los ojos —dijo, fruncido el entrecejo—. Me da miedo intentar curarlo sin examinarlo a fondo antes. El más mínimo error podría dejarte ciego. ¿Qué tal ves? ¿Cuántos dedos tengo levantados?

—Dos. Veo bien —mintió. Los puntos negros habían desaparecido, pero todavía lo veía todo como a través de agua y habría querido entornar los ojos para protegerlos del brillo del sol, que parecía diez veces más intenso que antes. Las viejas heridas del costado eran un nudo agarrotado de dolor.

Bashere desmontó de su compacto zaino delante de él y miró ceñudo el muñón del brazo izquierdo. Se desabrochó el yelmo, se lo quitó y lo sujetó debajo del brazo.

—Al menos seguís vivo —dijo con voz ronca—. He visto hombres más malheridos.

—Yo también —contestó Rand—. Tendré que volver a aprender esgrima desde el principio, sin embargo. —Bashere asintió. La mayor parte de las poses requería el uso de ambas manos. Rand se agachó para recoger la corona de Illian, pero Min le soltó el brazo y la recogió con presteza para dársela. Rand se la puso en la cabeza—. Voy a tener que desarrollar nuevas formas de hacerlo todo.

—Debes de tener una conmoción —dijo lentamente Nynaeve—. Acabas de sufrir una lesión grave, Rand. Quizá sería mejor que te tumbaras. Lord Davram, mandad a uno de vuestros hombres que traiga una silla de montar para que ponga los pies en alto.

—No tiene conmoción —explicó tristemente Min. El vínculo rebosaba tristeza. Lo había asido del brazo como si fuera a ayudarlo a incorporarse otra vez—. Ha perdido una mano, pero es algo que no tiene solución, de modo que ya lo ha dejado atrás.

—Necio cabeza hueca —murmuró Nynaeve. La mano que aún tenía manchada con la sangre de Sandomere subió hacia la gruesa trenza que le caía sobre el hombro, pero la bajó bruscamente—. Has sufrido una herida terrible. Es normal que lo lamentes. Es normal que te sientas aturdido. ¡Es normal!

—No tengo tiempo —contestó él. La tristeza de Min amenazaba con desbordar el vínculo. ¡Luz, se encontraba bien! ¿Por qué estaba tan triste Min?

Nynaeve masculló entre dientes «cabeza hueca» y «necio» y «terco» pero aún no había acabado.

—Esas viejas heridas del costado se han abierto —dijo, casi gruñendo—. No sangras demasiado, pero estás sangrando. Tal vez consiga hacer algo finalmente con ellas.

Pero, por mucho que lo intentó —y lo intentó tres veces—, nada cambió. Rand todavía notaba el hilillo de sangre resbalándole por las costillas. Las heridas seguían siendo un palpitante nudo de dolor. Al cabo, retiró suavemente la mano de la mujer de su costado.

—Has hecho cuanto has podido, Nynaeve. Déjalo.

—Necio. —Esta vez sí que gruñó—. ¿Cómo va a ser suficiente si sigues sangrando?

—¿Quién es la mujer alta? —preguntó Bashere. Por fin entendía. Uno no perdía tiempo en lo que no tenía remedio—. No intentarían hacerla pasar por la Hija de las Nueve Lunas ¿verdad? No después de decirme que era menudita.

—Pues lo hicieron —contestó Rand, que resumió lo ocurrido.

—¿Semirhage? —masculló Bashere con incredulidad—. ¿Cómo podéis estar seguro de eso?

—Es Anath Dorje, no… No lo que la habéis llamado —alegó en voz alta una sul’dam de tez cobriza, en un gangoso arrastrar de palabras. Tenía los ojos oscuros y rasgados, y el cabello surcado de hebras grises. Parecía la mayor de las sul’dam y la menos asustada. No es que no pareciera atemorizada, pero lo controlaba bien—. Es la Palabra de la Verdad de la Augusta Señora.