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—Cállate, Falendre —ordenó fríamente Semirhage, que giró la cabeza hacia atrás. Su mirada era una promesa de dolor. A la Señora del Dolor se le daba muy bien cumplir ese tipo de promesas. Se sabía de prisioneros que se habían matado al enterarse de que era ella quien los tenía retenidos, hombres y mujeres que se las arreglaron para abrirse las venas con los dientes o las uñas.

Sin embargo, Falendre no pareció darse cuenta de eso.

—Tú no me das órdenes —replicó con desdén—. Ni siquiera eres so’jhin.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —demandó Cadsuane. Las lunas y las estrellas, las aves y los peces dorados se mecieron cuando desvió la penetrante mirada de Rand a Semirhage y viceversa. La Renegada le ahorró inventarse una mentira.

—Está loco —dijo con frialdad. Rígida como una estatua, con la empuñadura del cuchillo de Min asomando todavía junto a la clavícula y la pechera del negro vestido brillante por la sangre, podría haber sido una reina en su trono—. Graendal podría explicarlo mejor que yo. La demencia es su especialidad. Aún así, lo intentaré. ¿Habéis oído hablar de personas que oyen voces en su cabeza? A veces, en muy raras ocasiones, las voces que oyen son voces de vidas pasadas. Lanfear afirmaba que él sabía cosas de nuestra era, cosas que sólo Lews Therin Telamon podía saber. Obviamente oye la voz de Lews Therin. El hecho de que la voz sea real no cambia nada. De hecho, empeora la situación. Incluso Graendal solía fracasar en la reintegración de alguien que oía una voz real. Según tengo entendido el declive a la locura terminal puede ser… repentino. —Una sonrisa le curvó los labios, pero no se le reflejó en los oscuros ojos.

¿Lo miraban de forma diferente? El semblante de Logain era una máscara tallada, indescifrable. La expresión de Bashere era como si todavía no pudiera creerlo. Nynaeve estaba boquiabierta y tenía desorbitados los ojos. El vínculo… Durante unos largos instantes el vínculo rebosó de… insensibilidad. Si Min le daba la espalda sería lo mejor que le podría ocurrir. Pero el entumecimiento quedó reemplazado por una compasión y una determinación firmes como montañas, y un amor tan intenso y cálido que habría podido calentarse las manos en él. Lo asió del brazo con más fuerza y Rand hizo intención de poner la mano sobre las de ella. Demasiado tarde recordó lo ocurrido y apartó bruscamente el muñón, pero para entonces ya la había tocado. En el vínculo no hubo nada que se alterara lo más mínimo.

Cadsuane se acercó a la mujer alta y alzó la vista hacia ella. Encarar a una de las Renegadas pareció desconcertarla tan poco como lo hacía encararse con el Dragón Renacido.

—Te muestras muy tranquila para estar prisionera. En lugar de negar el cargo, ofreces pruebas contra ti misma.

Semirhage trasladó la fría sonrisa de Rand a Cadsuane.

—¿Y por qué iba a negarme a mí misma? —Cada palabra destilaba orgullo—. Soy Semirhage. —Alguien dio un respingo y varias sul’dam y damane empezaron a temblar y a sollozar. Una sul’dam, una mujer bonita de cabello rubio, vomitó de repente, y otra, ésta rechoncha y oscura, parecía que estaba a punto de hacerlo. Cadsuane se limitó a asentir con la cabeza.

—Soy Cadsuane Melaidhrin. Tengo ganas de mantener largas charlas contigo.

Semirhage hizo un ruido desdeñoso. Jamás le había faltado coraje.

—Creíamos que era la Augusta Señora —se apresuró a aclarar Falendre, aunque hablando a trompicones. Parecía a punto de ponerse a dar diente con diente, pero se obligó a articular las palabras—. Creíamos que se nos hacía un honor. Nos condujo a una habitación del palacio de Tarasin donde había un… agujero en el aire, y pasamos a este sitio. ¡Lo juro por mis ojos! Creíamos que era la Augusta Señora.

—De modo que ningún ejército se nos viene encima —dijo Logain. Por su tono no habría sido posible discernir si sentía alivio o estaba desilusionado. Tiró de la empuñadura de la espada de forma que desnudó un par de dedos de la hoja y volvió a meterla en la vaina con brusquedad—. ¿Qué hacemos con ellas? —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a las sul’dam y las damane—. ¿Enviarlas a Caemlyn como las otras?

—Las mandamos de vuelta a Ebou Dar —dijo Rand. Cadsuane se volvió para mirarlo intensamente. El rostro era una máscara perfecta de serenidad Aes Sedai, pero él dudaba que por dentro estuviera serena ni de lejos. El atar con correa a las damane era una abominación que las Aes Sedai se tomaban como algo personal. El estado de ánimo de Nynaeve era cualquier cosa menos sereno. Los ojos iracundos, asida fuertemente la trenza con los dedos pringados de sangre, abrió la boca, pero Rand se le adelantó—. Necesito esta tregua, Nynaeve, y tomar prisioneras a estas mujeres no es el mejor modo de conseguirla. No discutas. Así sería como lo interpretarían, incluidas las damane, y lo sabes tan bien como yo. Pueden transmitir mi intención de querer reunirme con la Hija de las Nueve Lunas. La heredera al trono es la única que puede hacer que una tregua se mantenga vigente.

—Sigue sin gustarme —repuso con firmeza la mujer—. Podríamos liberar a las damane. Con las otras sería suficiente para llevar el mensaje. —Las damane que no lloraban antes prorrumpieron en sollozos entonces. Algunas les gritaban a las sul’dam que las salvaran. El semblante de Nynaeve adquirió un matiz enfermizo, pero alzó las manos y desistió de discutir más.

Los dos soldados que Bashere había enviado dentro de la casa salieron; eran hombres jóvenes que caminaban con un movimiento de vaivén, más acostumbrados a las sillas de montar que a sus propios pies. Hamad lucía una frondosa barba negra que le asomaba por debajo del borde del yelmo y tenía una cicatriz que le surcaba la cara. Aghan llevaba un poblado bigote, como el de Bashere, y cargaba debajo del brazo una sencilla caja de madera, sin tapa. Hicieron una reverencia a Bashere mientras apartaban a un lado la espada con la mano libre.

—La casa está vacía, milord —anunció Aghan—, pero hay sangre seca en las alfombras de varias habitaciones. Parece el escenario de una masacre, milord. Creo que quienquiera que viviera aquí ha muerto. Esto se encontraba junto a la puerta principal. No parecía ser su sitio, así que lo trajimos.

Sostuvo la caja en vilo para que la inspeccionaran. Dentro había enroscados a’dam y varios aros hechos con segmentos de metal negro, algunos grandes y otros pequeños. Rand hizo intención de alargar la mano izquierda antes de acordarse de su falta. Min se percató y le soltó el brazo derecho para que pudiera recoger un puñado de las negras piezas metálicas. Nynaeve dio un respingo.

—¿Sabes qué son? —preguntó Rand.

—Son a’dam para hombres —respondió, iracunda—. ¡Egeanin dijo que arrojaría esa cosa al océano! ¡Confiamos en ella y ella se lo entregó a alguien que ha hecho copias!

Rand dejó caer los artilugios negros dentro de la caja. Había seis aros grandes y cinco de las correas plateadas. Semirhage había ido preparada para hacer frente a quienquiera que él llevara.

—Realmente creyó que podría capturarnos a todos. —Esa idea tendría que haberlo hecho temblar. Creyó sentir temblar a Lews Therin. Nadie quería caer en manos de Semirhage.

—Les gritó que nos escudaran —dijo Nynaeve—, pero les fue imposible porque ya asíamos el Poder. De no haberlo hecho, si Cadsuane y yo no hubiésemos llevado nuestros ter’angreal, no sé qué habría ocurrido. —A ella sí que la sacudió un escalofrío.

Rand miró a la alta Renegada y ella le sostuvo la mirada con absoluta calma. Con absoluta frialdad. Su fama como torturadora cobraba tanta importancia que era fácil olvidar cuán peligrosa era además.