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Mat cabalgaba junto a Mandevwin, con Tuon y las otras mujeres a la zaga, y de vez en cuando echaba un vistazo atrás. No era para asegurarse de que ella siguiera allí —por extraño que pudiera parecer, no dudaba que la mujer cumpliría su promesa de no escapar, ni siquiera entonces— y tampoco para asegurarse de que mantenía el paso. La cuchilla tenía un tranco cómodo y ella cabalgaba bien. Puntos no conseguiría dejar atrás a Akein aunque lo intentara. No, era sólo que le gustaba mirarla, incluso a la luz de la luna. Tal vez a la luz de la luna sobre todo. Había intentado besarla de nuevo la noche anterior y Tuon le había atizado un puñetazo tan fuerte en el costado que al principio pensó que le había roto una costilla falsa. Pero lo había besado justo antes de ponerse en camino esa noche. Sólo una vez, y le dijo que no fuera ansioso cuando intentó darle otro. Ella se derritió en sus brazos mientras la besaba y se volvió de hielo en el momento en que se apartó de él. ¿Qué pensar de esta mujer? Un búho enorme pasó sobre ellos. ¿Vería ella algún augurio en eso? Posiblemente.

No debería pasar tanto tiempo pensando en ella; no esta noche. A decir verdad, dependía de la suerte hasta cierto punto. Los tres mil lanceros que Vanin había encontrado, en su mayoría altaraneses con unos pocos seanchan, podían ser o no los que maese Roidelle había señalado en el mapa, aunque no se encontraban tan lejos de donde el cartógrafo los había situado, pero era imposible saber con certeza en qué dirección se habían desplazado desde entonces. Al nordeste, casi con toda seguridad, en dirección a la Hoz de Malvide y a la Brecha de Molvaine, más allá. Al parecer, salvo el último tramo, los seanchan habían optado por evitar la calzada de Lugard para desplazar a las tropas, sin duda para ocultar el número de soldados y los destinos en las calzadas comarcales. Sin embargo, la certeza no era absoluta. Si no se habían desplazado mucho trecho, ésta sería la calzada que utilizarían para llegar al campamento de abastecimiento. Pero si habían avanzado más de lo que él calculaba, podrían usar otra vía. Ahí no había peligro; sólo se habría perdido una noche. También podía ocurrir que el comandante de las tropas decidiera cortar a través de las colinas. Entonces las cosas podían ponerse feas si decidía regresar a esta calzada en el punto equivocado.

Alrededor de una legua más allá del pueblo llegaron a un lugar en el que dos colinas de suaves declives flanqueaban la calzada, y Mat mandó hacer un alto. Los mapas de maese Roidelle eran buenos, pero los que había conseguido de otros cartógrafos también eran un trabajo de maestros. Roidelle sólo adquiría lo mejor. Mat reconoció aquel punto como si lo hubiese visto antes. Mandevwin hizo girar a su caballo.

—Admar, Eyndel, llevad a vuestros hombres ladera norte arriba. Madwin, Dongal, a la ladera sur. Un hombre de cada cuatro para ocuparse de los caballos.

—Ponedles maneas a los caballos —dijo Mat—, y colocadles los morrales para que no relinchen. —Se enfrentaban a lanceros. Si las cosas iban mal e intentaban correr, esos lanceros los derribarían como quien caza cerdos salvajes. Una ballesta no era buen arma a lomos de un caballo, sobre todo si se intentaba huir. Tenían que vencer allí.

El cairhienino lo miró fijamente, aunque las barras de la visera del yelmo ocultaba su expresión; con todo, no vaciló.

—Manead los caballos y ponedles los morrales —ordenó—. Todos los hombres de la fila.

—Manda algunos para que vigilen el norte y el sur —le indicó Mat—. La suerte de la batalla puede ponerse en nuestra contra con tanta facilidad como a nuestro favor.

Mandevwin asintió con la cabeza e impartió la orden.

Los ballesteros se dividieron y ascendieron por las laderas ralas de árboles; las chaquetas oscuras y las armaduras de color verde apagado se desdibujaron en las sombras. Una armadura bruñida estaba muy bien para los desfiles, pero podía reflejar la luz de la luna tanto como la del sol. Según Talmanes, la parte dura había sido convencer a los lanceros que renunciaran a los brillantes petos y los nobles a sus plateados y dorados. La infantería había entendido al momento lo sensato de la medida. Durante un tiempo sonó el murmullo de hombres y caballos moviéndose sobre la capa de mantillo y a través de los arbustos, pero finalmente se hizo el silencio. Desde la calzada Mat no habría notado si había alguien en una u otra ladera. Ahora sólo quedaba esperar.

Tuon y Selucia continuaron con él, al igual que Teslyn. Se había levantado un aire racheado del oeste que agitaba las capas pero, naturalmente, una Aes Sedai podía pasar por alto esas cosas; no obstante, Teslyn mantuvo cerrada la suya. Curiosamente, Selucia dejó que las ráfagas de viento sacudieran su capa a placer, pero Tuon prefirió sujetar la suya con una mano para tenerla cerrada.

—Estarías más cómoda entre los árboles —le dijo Mat—. Cortan el viento.

Por un instante, una risa silenciosa sacudió a la mujer.

—Disfruto observando cómo te sientes a tus anchas en la cumbre —le respondió, arrastrando las palabras.

Mat parpadeó. ¿Cumbre? Estaba a lomos de Puntos en medio de una jodida calzada, con las puñeteras ráfagas de viento traspasándole la chaqueta como sí el invierno fuera a volver. ¿De qué maldita cumbre le estaba hablando?

—Ten cuidado con Joline —comentó repentina e inesperadamente Teslyn—. Es… infantil en ciertos aspectos, y la fascinas como un juguete nuevo y reluciente fascinaría a un niño. Te vinculará si consigue discernir la forma de convencerte para que aceptes. Quizás incluso sin que te des cuenta de que estás aceptando.

Mat abrió la boca para decir que no había la más mínima puñetera posibilidad de que ocurriera tal cosa, pero Tuon se le adelantó.

—No puede tenerlo —dijo secamente. Inhaló y después prosiguió en un tono divertido—. Juguete me pertenece. Hasta que me canse de jugar con él. Pero ni siquiera entonces se lo cederé a una marath’damane. ¿Me has entendido, Tessi? Dile eso a Rosi. Ése es el nombre que tengo intención de ponerle. Eso también se lo puedes decir.

Puede que las cortantes ráfagas no hubieran afectado a Teslyn, pero la mujer se estremeció al oír su nombre de damane. La serenidad Aes Sedai se desvaneció y dejó paso a la ira, que le crispó el semblante.

—¡Lo que sí sé…!

—¡Basta! —intervino Mat—. Las dos. No estoy de humor para oíros cómo intentáis aguijonearos una a la otra con alfileres.

Teslyn lo miró de hito en hito; su indignación era patente incluso a la luz de la luna.

—Vaya, Juguete —contestó alegremente Tuon—, vuelves a mostrarte autoritario. —Se inclinó hacia Selucia y le susurró algo que hizo que la mujer pechugona prorrumpiera en una carcajada.

Encorvando los hombros y arrebujándose en la capa, Mat se apoyó en la alta perilla de la silla y vigiló en la noche, alerta a la llegada de Vanin. ¡Mujeres! Daría toda su suerte —bueno, la mitad— a cambio de entenderlas.

—¿Qué esperas conseguir con incursiones y emboscadas? —inquirió Teslyn, de nuevo y no por primera vez—. Los seanchan mandarán soldados suficientes para darte caza.

Joline y ella no habían parado de intentar meter la nariz en sus planes —al igual que Edesina, aunque ésta en menor grado— hasta que les dijo que lo dejaran en paz. Las Aes Sedai creían que lo sabían todo, y aunque Joline tenía ciertos conocimientos sobre el arte de la guerra, él no necesitaba de su consejo. Que una Aes Sedai lo aconsejara a uno se parecía muchísimo a que le dijera lo que tenía que hacer. Esta vez, decidió responderle.