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—Cuento con que envíen más soldados, Teslyn —explicó, sin dejar de vigilar por si aparecía Vanin—. De hecho, todo el ejército que tienen en la Brecha de Molvaine. O al menos una parte muy importante de él. Hay más probabilidades de que usen ése que otro. Todos los rumores y comentarios recogidos por Thom y Juilin indican que la gran ofensiva va dirigida a Illian. Me parece que el ejército en la Brecha tiene por misión proteger la retaguardia contra cualquier enemigo que les llegue desde Murandy o Andor. Pero es el tapón en la jarra para nosotros, y mi intención es sacar ese tapón para que podamos pasar por allí.

Tras varios minutos de silencio, echó un vistazo hacia atrás. Las tres mujeres se limitaban a observarlo desde sus monturas. Habría querido que hubiese suficiente luz para ver sus expresiones. ¿Por qué puñetas lo miraban tan fijamente? Volvió a centrarse en vigilar a la espera de Vanin, pero aun así le parecía sentir los ojos de las mujeres clavados en la espalda.

Pasaron alrededor de un par de horas, a juzgar por el trecho recorrido por la hinchada luna creciente; el viento soplaba cada vez más fuerte. Lo suficiente para que la noche en lugar de ser fresca se hubiera vuelto fría. De vez en cuando intentaba de nuevo convencer a las mujeres para que se resguardaran entre los árboles, pero ellas insistían obstinadamente en su idea. Él no tenía más remedio que quedarse para interceptar a Vanin sin tener que gritar —los lanceros se encontrarían a corta distancia del hombre; puede que muy cerca si su comandante era un necio—, pero no hacía falta que ellas se quedaran. Sospechaba que Teslyn lo hacía sólo porque Tuon y Selucia no querían irse. Cosa que no tenía sentido, pero así era. En cuanto al motivo por el que Tuon se negaba a marcharse, no se le ocurría nada salvo que le gustara oírlo discutir hasta quedarse ronco.

Finalmente el viento llevó el sonido de un caballo a galope, y Mat se enderezó en la silla. El pardo de Vanin apareció en la noche a trote vivo, y el hombre gordo ofrecía una estampa tan increíble como siempre. Vanin tiró de las riendas y escupió por la mella de los dientes.

—Me siguen a una milla más o menos de distancia, pero probablemente son mil más de los que había esta mañana. Quienquiera que esté al mando sabe lo que se trae entre manos. Marchan deprisa, pero sin forzar sus caballos en exceso.

—Si te superan en dos a uno, quizá deberías reconsiderar… —empezó Teslyn.

—Mi propósito no es sostener un combate violento con ellos —la interrumpió Mat—. Y no me puedo permitir el lujo de dejar a cuatro mil lanceros sueltos que me planteen problemas. Reunámonos con Mandevwin.

Los ballesteros agazapados en la ladera de la colina septentrional no hicieron ruido alguno cuando Mat pasó a caballo a través de su línea, con las mujeres y Vanin, sino que simplemente se apartaron para abrirles un hueco. Habría preferido que hubiera dos líneas, pero hacía falta cubrir un frente ancho. Los escasos árboles cortaban el viento, pero tampoco mucho, y la mayoría de los hombres estaban encorvados bajo las capas. Con todo, todas las ballestas que veía estaban listas para disparar y con un virote cargado. Mandevwin había avistado a Vanin al llegar éste y sabía lo que significaba.

El cairhienino paseaba justo detrás de la línea hasta que Mat apareció y se bajó de Puntos de un salto. Mandevwin sintió alivio al oír que ya no hacía falta vigilar la retaguardia. Se limitó a asentir pensativamente con la cabeza al enterarse de que había mil lanceros más de los que esperaban y mandó a un hombre corriendo a buscar a los vigilantes en la cima para que bajaran a ocupar sus puestos en la línea. Si Mat Cauthon se lo tomaba con calma, lo mismo hacía él. Mat había olvidado que los hombres de la Compañía confiaban plenamente en él. Hubo un tiempo en el que eso casi lo había hecho salir a escape, pero esa noche se alegraba de que fuera así.

Un búho ululó dos veces en algún sitio, tras él, y Tuon suspiró.

—¿Hay algún augurio en eso? —le preguntó sólo por decir algo.

—Me alegra que finalmente te intereses en esas cosas, Juguete. A lo mejor todavía hay posibilidades de que te pueda educar. —Sus ojos eran límpidos a la luz de la luna—. Que un búho ulule dos veces significa que alguien morirá pronto.

Bueno, aquello puso un brusco final a la puñetera conversación. A poco, los seanchan aparecieron en columna de a cuatro, lanza en mano y llevando al trote los caballos. Vanin había tenido razón en cuanto a que su comandante sabía lo que se hacía. A medio galope durante un tiempo y luego al trote, y así los caballos cubrían mucho terreno con rapidez. Los necios intentaban galopar largas distancias y acababan con caballos reventados o cojos. Sólo los primeros cuarenta aproximadamente llevaban la armadura segmentada y el extraño yelmo seanchan. Lástima. No sabía cómo encajarían los seanchan las muertes de sus aliados altaraneses. Las bajas propias atraerían la atención, sin embargo.

Cuando la mitad de la columna se encontraba a su altura, una voz profunda gritó de repente en la calzada:

—¡Estandarte, alto! —Las dos palabras denotaban el familiar estilo despacioso seanchan. Los hombres con la armadura segmentada se detuvieron en seco. Los otros reaccionaron con lentitud.

Mat respiró hondo. Vaya, eso tenía que ser obra del influjo ta’veren. No habrían estado mejor colocados si hubiese sido él quien hubiera dado la orden. Posó la mano en el hombro de Teslyn. La mujer se encogió un poco, pero necesitaba captar su atención en silencio.

—¡Estandarte! —gritó la voz profunda—. ¡Monten! —Abajo, los soldados se movieron para obedecer.

—Ahora —dijo Mat en voz queda.

La cabeza de zorro se puso fría contra su pecho y de repente una bola de luz roja apareció flotando sobre la calzada y bañó a los soldados seanchan con un fulgor sobrenatural. Sólo dispusieron de un instante para mirar atónitos. A lo largo de la línea que Mat tenía más abajo, un millar de cuerdas de ballesta emitieron lo que sonó como un único chasquido muy fuerte y un millar de virotes volaron hacia la formación. Traspasaron petos a tan corta distancia, derribaron hombres e hicieron encabritar y relinchar a caballos a la par que otro millar se descargaba desde el lado opuesto. No todos los virotes dieron de lleno en el blanco, pero eso poco importaba con una ballesta pesada. Cayeron hombres con piernas rotas o medio arrancadas. Otros se aferraban los muñones de brazos destrozados en un intento de contener la hemorragia. Algunos chillaban tan fuerte como los caballos.

Mat observó a un ballestero próximo mientras el tipo se inclinaba para sujetar a la cuerda de la ballesta el par de ganchos del voluminoso mecanismo del torno, semejante a una caja y colgado de una correa en la parte delantera del cinturón. Mientras el hombre se enderezaba, el cordón salió del torno; pero, una vez que se irguió, colocó éste en la culata de la ballesta, puesta boca abajo contra el suelo, y movió una pequeña palanca situada a un costado de la caja. A continuación empezó a girar los mangos de la cigüeña. Tres rápidas vueltas acompañadas de una especie de zumbido y la cuerda quedó sujeta al pestillo.

—¡A los árboles! —gritó la voz profunda—. ¡Aproximaros a ellos antes de que vuelvan a cargar! ¡Moveos!

Algunos intentaron montar, cabalgar a la carga, y otros soltaron riendas y lanzas para desenvainar espadas. Ninguno logró llegar a los árboles. Dos mil virotes más se descargaron sobre ellos, abatieron hombres, los atravesaron y alcanzaron a los que iban detrás, tumbaron caballos. En la ladera, los hombres empezaron a manejar los tornos con frenesí, pero no era necesario. En la calzada, algún caballo pateaba débilmente aquí y allí. Los únicos hombres que se movían lo hacían para usar cualquier cosa como un torniquete en un frenético intento de no morir desangrados. El viento llevó el sonido de caballos a galope. Quizás algunos llevaran jinete. No se oían más gritos de la voz profunda.