—¿Qué hacéis aquí? —demandó.
—Queríamos veros antes de que os fueseis, milady —respondió Theril con su cerrado acento que tanto le costaba entender—. Tuvimos cuidado de venir de uno en uno o de dos en dos.
Lusara asintió alegremente con la cabeza, y no fue la única.
—Bien, pues podemos despedirnos ahora —manifestó firmemente Faile. No era menester decirles lo cerca que habían estado de echarlo todo a perder—. Hasta que regrese a buscaros. —Si su padre no le cedía ningún ejército entonces lo haría Perrin. Su amistad con Rand al’Thor lo haría posible. Luz, ¿dónde estaría Perrin? ¡No! Tenía que alegrarse de que no la hubiera alcanzado todavía, de que no hubiera provocado que lo mataran por infiltrarse en el campamento para rescatarla. Tenía que alegrarse y no pensar en lo que lo habría retrasado—. Ahora idos antes de que alguien os vea y corra a contar chismes. No habléis con nadie sobre esto. —Sus seguidores eran de fiar o de otro modo ya estaría cargada de cadenas, pero había demasiados como Dairaine entre los gai’shain, y no sólo entre los cairhieninos retenidos desde hacía tanto tiempo. Había gente predispuesta a lamer manos y ser rastrera, estuviera donde estuviera.
Los reunidos inclinaron la cabeza o hicieron una reverencia o se llevaron los nudillos a la frente, como si no hubiera nadie que pudiera asomar la cabeza y verlos, y después se dispersaron en todas direcciones con gesto apesadumbrado. ¡Realmente esperaban verla partir! No tenía tiempo que malgastar en exasperarse. Se dirigió presurosa hacia Bain y Chiad y les explicó rápidamente la situación dentro de la tienda.
Las dos intercambiaron una mirada cuando Faile terminó y soltaron los cestos a fin de tener los dedos libres para el lenguaje de las Doncellas. Evitó mirarles las manos ya que era evidente que querían hacerlo en privado. De todos modos tampoco habría entendido mucho. Movían las manos muy deprisa. La pelirroja Bain, con sus ojos de color azul oscuro, era casi medio palmo más alta que ella, y Chiad, de ojos grises, sólo le sacaba un dedo. Eran sus amigas íntimas, pero se habían adoptado como hermanas primeras y eso creaba vínculos más próximos que cualquier amistad.
—Nosotras nos ocuparemos de Dairaine Saighan —dijo finalmente Chiad—. Pero ello significa que tendréis que ir solas a la ciudad.
Faile suspiró pesarosa, pero no había más remedio. Quizá Rolan ya estaba despierto. Podría estar observándola justo en ese momento. Parecía que aparecía siempre que lo necesitaba. Seguro que no le pondría obstáculos a su huida; no cuando había prometido llevarla con él cuando se marchara. Con todo, Rolan seguiría teniendo esperanza mientras ella llevara el blanco. ¡Él y sus juegos de besos! Muy bien podría querer que siguiera de gai’shain un poco más de tiempo. Cuando los hombres querían ayudar siempre pensaban que su forma era la única.
Bain y Chiad se metieron en la pequeña tienda y Alliandre y Maighdin salieron. Realmente no había espacio para cinco dentro. Maighdin rodeó la tienda por un lado y regresó con un cesto igual al que las otras dos mujeres habían cargado. Túnicas sucias de gai’shain se amontonaban en cada uno de ellos a guisa de ropa de colada, pero debajo había vestidos que eran bastante acordes a sus tallas, así como una hachuela, una honda, cordel para hacer trampas, pedernal y acero, paquetes de harina, carne, judías secas, sal y levadura, unas pocas monedas que habían conseguido encontrar; todo lo que necesitarían para dirigirse hacia el oeste al encuentro de Perrin. Galina las sacaría del campamento, pero imposible saber en qué dirección la llevarían después sus «asuntos de Aes Sedai». Tenían que ser autosuficientes desde el principio. A Faile no la pillaría de sorpresa si la Aes Sedai las abandonaba tan pronto como pudiera.
Maighdin estaba plantada junto a su cesto con gesto de determinación, firme la mandíbula y una mirada decidida en los ojos, pero el semblante de Alliandre era una sucesión de sonrisas.
—Procura no parecer tan feliz —le advirtió Faile. Los gai’shain de las tierras húmedas rara vez sonreían, y nunca tan gozosamente.
Alliandre intentó moderar la expresión, pero cada vez que deshacía una sonrisa otra ocupaba su lugar al momento.
—Nos escapamos hoy —dijo—. Cuesta mucho no sonreír.
—Dejarás de hacerlo si alguna Sabia te ve y decide descubrir por qué estás tan contenta.
—Será muy difícil que nos encontremos con una Sabia en las tiendas de gai’shain o en Malden —respondió la mujer, sonriente. Con determinación o sin ella, Maighdin manifestó su conformidad con un asentimiento de cabeza.
Faile se dio por vencida. A decir verdad, también ella se sentía como si flotara, a despecho de Dairaine. Escapaban ese mismo día.
Bain salió de la tienda y sujetó el faldón para Chiad, que cargaba a la espalda un bulto envuelto en una manta, lo bastante grande para que fuera una mujer menuda doblada. Chiad era fuerte, pero tenía que inclinarse hacia adelante un poco para aguantar el peso.
—¿Por qué está tan callada y tan quieta? —preguntó Faile. No temía que hubieran matado a Dairaine. Seguían a rajatabla las reglas de los gai’shain, y tenían prohibida la violencia, pero la manta podría contener leña a juzgar por la inmovilidad.
—Le acaricié el pelo y le dije que me contrariaría mucho tener que hacerle daño. —Bain hablaba en susurros, con un brillo divertido en los ojos—. Y es la pura verdad, considerando cuánto toh me costaría el mero hecho de abofetearla. —Chiad soltó una risita—. Me parece que Dairaine Saighan creyó que estábamos amenazándola. Presiento que va a estar muy quieta y muy callada hasta que la dejemos marchar. —Se sacudió con una risa silenciosa.
El humor Aiel seguía siendo un misterio para Faile. Sabía que serían severamente castigadas por esto, sin embargo. Ayudar en una intentona de huida se penalizaba tan duramente como el propio intento de escapar.
—Tenéis toda mi gratitud —dijo—, tú y Chiad, ahora y para siempre. Tengo un gran toh. —Besó ligeramente a Bain en la mejilla, con lo que consiguió que la mujer se pusiera tan roja como su cabello, naturalmente. Los Aiel se mostraban casi melindrosos con ese tipo de demostraciones en público.
Bain miró a Chiad y un atisbo de sonrisa asomó a sus labios.
—Cuando veas a Gaul, dile que Chiad es gai’shain de un hombre de manos fuertes, un hombre cuyo corazón es fuego. Él lo entenderá. He de ayudarla a cargar el bulto hasta un lugar seguro. Que siempre encuentres agua y sombra, Faile Bashere. —Tocó levemente la mejilla de Faile con las yemas de los dedos—. Algún día volveremos a encontrarnos.
Se acercó a Chiad, asió un extremo de la manta, y se alejaron a buen paso con el bulto entre las dos. Gaul lo entendería, pero Faile no. Al menos lo del corazón de fuego, y dudaba que las manos de Manderic le interesaran a Chiad ni mucho ni poco. A ese hombre le apestaba el aliento y empezaba a emborracharse en cuanto se despertaba a no ser que tomara parte en una incursión o una partida de caza. Pero apartó de su mente a Gaul y a Manderic y se cargó al hombro el cesto. Ya habían perdido demasiado tiempo.
El cielo empezaba a clarear y los gai’shain rebullían entre las tiendas del campamento próximas a las murallas de Malden y se encaminaban presurosos a realizar alguna tarea o al menos cargaban algo para dar la impresión de que trabajaban, pero ninguno prestó atención alguna a las tres mujeres de blanco cargadas con cestos de colada que se dirigían hacia las puertas de la ciudad. Siempre había ropa que lavar, incluso para las gai’shain de Sevanna. Había demasiados gai’shain de las tierras húmedas para que Faile los conociera a todos, y no vio a nadie conocido hasta encontrarse con Arrela y Lacile, que rebullían cambiando el peso ora en un pie ora en otro y con cestos cargados al hombro. Más alta que la mayoría de las mujeres Aiel, Arrela conservaba corto el pelo negro, tan corto como cualquier Doncella, y caminaba con zancadas semejantes a las de un hombre. Lacile era baja, de tez pálida y delgada, y llevaba cintas rojas atadas al cabello, que no era mucho más largo que el de su compañera. Caminaba con donosura vestida con la túnica, pero cuando había llevado pantalones esos andares habían resultado escandalosos. Sin embargo, los suspiros de alivio fueron casi idénticos.