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—No —contestó Alliandre mientras se tocaba el cuero cabelludo con precaución—. Es un rasguño, nada más. —Las otras tampoco tenían heridas, aunque Arrela parecía mover el brazo derecho con cuidado. Sin duda todas habían sufrido contusiones, y Faile creía que el hombro izquierdo se le iba a poner negro y azul a no tardar, pero no podía considerarse una herida en realidad.

Entonces vio la escalera y le entraron ganas de llorar. Los escombros de arriba llenaban el hueco donde había estado la escalera. Tal vez pudieran salir con dificultad por alguna de las brechas de encima. Faile creía que alcanzaría el techo si se encaramaba a los hombros de Arrela, pero dudaba que fuera capaz de auparse teniendo mal un brazo. O que Arrela pudiera auparla. Y, aun en el caso de que cualquiera de las dos tuviera fuerza para conseguirlo, se encontraría en medio de una ruina carbonizada que posiblemente provocara que se viniera abajo.

—¡No! —gimió Alliandre—. ¡Ahora no! ¡Cuando estábamos tan cerca de conseguirlo no! —Se incorporó y corrió hacia el tapón de escombros; allí se acercó todo lo que pudo, casi apretándose contra los derribos, y empezó a gritar—. ¡Galina! ¡Ayúdanos! ¡Estamos atrapadas! ¡Encauza y levanta los tablones! ¡Abre un paso para que podamos salir! ¡Galina! ¡Galina! ¡Galina! —Había empezado a llorar—. Galina, ayúdanos.

—Se ha ido —dijo amargamente Faile. La mujer habría contestado si todavía estuviera arriba o hubiera tenido intención de ayudarlas—. Habiendo quedado atrapadas aquí abajo, o incluso muertas, tiene la excusa perfecta para dejarnos atrás. De todos modos, no sé si una Aes Sedai podría mover todos esos maderos aunque lo intentara. —No quería mencionar la posibilidad de que Galina hubiera preparado esa excusa personalmente. Luz, no tendría que haber abofeteado a esa mujer. Sin embargo, ya era muy tarde para hacerse recriminaciones.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Arrela.

—Abrirnos paso al exterior —contestaron a la par Faile y Maighdin. Faile miró a la otra mujer, sorprendida. La cara sucia de su doncella denotaba la decisión de una reina.

—Sí —dijo Alliandre mientras se ponía erguida. Dio media vuelta y aunque tenía churretes negros en las mejillas ya no derramaba lágrimas. Ella era realmente una reina, y no podía gustarle sentirse avergonzada por el coraje de la doncella de una noble—. Nos abriremos paso y saldremos. Y si fracasamos… ¡Si fracasamos, no moriré llevando esto! —Se desabrochó el cinturón de oro y lo arrojó con desprecio a un rincón del sótano. Lo siguió el collar de oro.

—Nos harán falta para cruzar el campamento Shaido —dijo Faile con suavidad—. Galina no nos sacará, aunque mi intención es marcharme hoy. —Dairaine lo hacía ineludible. Bain y Chiad no podrían ocultarla mucho tiempo—. Bueno, o tan pronto como consigamos salir de aquí. Fingiremos que nos han mandado a recoger bayas. —Sin embargo no quería pisotear el gesto osado de su vasalla—. No obstante, ahora no hace falta que los llevemos. —Se quitó el cinturón y el collar, levantó el cesto caído y los echó encima de las sucias ropas gai’shain. Las otras la imitaron. Alliandre recogió su cinturón y su collar con una risa pesarosa. Al menos era capaz de reír de nuevo. Faile habría querido poder hacerlo.

La maraña de maderos carbonizados y tablones chamuscados que taponaba el hueco de escalera le recordaba uno de aquellos rompecabezas de herrero que tanto le gustaban a Perrin. Casi todo parecía estar apoyado en otra cosa. Peor aún, los maderos más pesados quizá no fueran capaces de moverlos entre todas. Pero si conseguían despejar un hueco suficiente para arrastrarse a través de él, retorciéndose entre las vigas gruesas… Sería peligroso arrastrarse de ese modo. Aun así, cuando la única ruta a la salvación era un camino peligroso, había que tomarlo.

Unas cuantas vigas salieron con facilidad y las apilaron al fondo del sótano, pero después de eso hubo que elegir con todo cuidado, examinar para ver si se caería algo si eso otro se quitaba, tantear hasta donde les alcanzaban las manos, buscar a tientas clavos que podrían hincarse, procurar no pensar que todo el montón se desplazara y atrapara un brazo, aplastándolo. Sólo entonces empezaban a tirar, a veces entre dos, más y más fuerte, hasta que la pieza cedía de repente. El trabajo avanzaba despacio, la gran pila de escombros crujía de vez en cuando o se desplazaba ligeramente. Entonces todas reculaban deprisa y contenían el aliento cuando tal cosa ocurría. Ninguna se volvía a mover hasta que estaban seguras de que los amenazadores tablones no iban a desmoronarse. El trabajo pasó a ser el centro de su mundo, el punto donde enfocar toda su atención. Una vez, Faile creyó oír aullidos de lobos. Los lobos la hacían pensar en Perrin por lo general, pero no esta vez. El trabajo lo era todo.

Entonces Alliandre sacó un tablero carbonizado y, con un gran estruendo la masa de escombros empezó a deslizarse. Hacia ellas. Todas corrieron al fondo del sótano mientras el montón se desplomaba con un terrible retumbo y arrojaba más nubes de polvo.

Cuando dejaron de toser y volvieron a ver, borrosamente, con el polvo aún flotando en el aire, había una cuarta parte del sótano llena de escombros. Todo el trabajo desbaratado y, lo que era peor, el revoltijo se inclinaba hacia ellas con precariedad. Entre crujidos, se tambaleó un poco más hacia las mujeres y se detuvo. Todo apuntaba a que con el primer tablón que quitaran provocarían que todo se les desplomara sobre la cabeza. Arrela empezó a llorar quedamente. Rendijas tentadoras dejaban pasar luz del sol y les permitían atisbar la calle, el cielo, pero ninguna por la que cualquiera de ellas pudiera colarse aunque fuera con trabajo, ni siquiera Lacine. Faile reparó en el pañuelo rojo que Galina había utilizado para señalar el edificio. La brisa lo agitó un momento.

Con la mirada prendida en él, Faile asió el hombro de Maighdin.

—Quiero que intentes hacer que ese pañuelo realice algo que el viento no haría.

—¿Quieres llamar la atención? —inquirió Alliandre con voz enronquecida—. Es más probable que lo vea cualquier Shaido antes que otros.

—Mejor eso que morir aquí abajo de sed —replicó Faile con más brusquedad de lo que habría querido. Entonces no volvería a ver a Perrin. Si Sevanna la encadenaba, al menos seguiría viva para que él la rescatara. Porque la rescataría; lo sabía. Ahora su deber era mantener con vida a las mujeres que la seguían. Y si eso significaba la cautividad, que así fuera—. Maighdin…

—Me puedo pasar todo el día intentando abrazar la Fuente sin éxito —dijo la mujer de cabello dorado en tono apagado. Miraba al vacío, llena de desaliento. La expresión de su semblante sugería que estaba contemplando un abismo a sus pies—. Y si la abrazo, casi nunca soy capaz de tejer nada.

Faile aflojó los dedos del hombro de Maighdin y empezó a acariciarle el cabello.

—Sé que es difícil —le dijo con tono tranquilizador—. Bueno, en realidad, no lo sé. Jamás lo he hecho. Pero tú sí. Y puedes hacerlo otra vez. Nuestras vidas dependen de ti, Maighdin. Sé la fortaleza que posees, la he visto manifestarse una y otra vez. Tú no eres de las que se rinden. Sé que puedes hacerlo, y tú también.

Lentamente, Maighdin irguió la espalda y la expresión desesperada se borró en su rostro. Puede que aún viera un abismo, pero si caía, caería sin arredrarse.

—Lo intentaré —manifestó.

Durante largo rato estuvo mirando fijamente el pañuelo rojo y después sacudió la cabeza, descorazonada.

—La Fuente está ahí, como el sol justo al borde del campo visual —susurró—, pero cada vez que trato de abrazarla es como intentar asir humo con los dedos.

Faile se apresuró a sacar las ropas gai’shain de su cesto, así como las de otro, sin importarle que los cinturones y los collares de oro cayeran al suelo.