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—Siéntate —dijo mientras colocaba las ropas en un montón—. Ponte cómoda. Sé que puedes hacerlo, Maighdin. —Empujó hacia abajo a la mujer, dobló las piernas y se sentó a su lado.

—Puedes hacerlo —susurró Alliandre, que se sentó al otro lado de Maighdin.

—Sí, tú puedes —musitó Lacile, uniéndose a las otras.

—Sé que puedes —abundó Arrela mientras se sentaba en el suelo.

Pasó el tiempo, y Maighdin mantuvo fija la mirada en el pañuelo. Faile susurraba palabras de ánimo y se aferraba a la esperanza con todas sus fuerzas. De repente el pañuelo rojo se puso rígido, como si algo tirara de él. Una sonrisa maravillada apareció en el rostro de Maighdin cuando el pañuelo empezó a mecerse atrás y adelante, como un péndulo. Seis, siete, ocho veces se balanceó. Después ondeó en el aire y colgó fláccido.

—Eso ha sido maravilloso —dijo Faile.

—Maravilloso —corroboró Alliandre—. Vas a salvarnos, Maighdin.

—Sí —musitó Arrela—, nos vas a salvar, Maighdin.

Había muchos tipos de batallas. Sentadas en el suelo, susurrando palabras de ánimo mientras Maighdin se esforzaba por hallar lo que rara vez hallaba, lucharon por salvar la vida mientras el pañuelo rojo se balanceaba, luego colgaba a merced de la brisa, se balanceaba y colgaba. Pero no dejaron de luchar.

Galina mantuvo gacha la cabeza y procuró no apresurarse mientras desandaba el camino para salir de Malden y dejaba atrás el tropel de hombres y mujeres de blanco cargados con cubos vacíos que entraba en la ciudad y el tropel que salía con cubos llenos. No quería llamar la atención, no sin el maldito cinturón y el maldito collar. Se los había puesto cuando se había vestido, aún de noche, mientras Therava dormía, pero había sido un placer tal quitárselos y esconderlos con las ropas y otras cosas que había escondido para la huida que no se pudo resistir. Además, Therava se encolerizaría al despertar y ver que no estaba. Ésta habría ordenado que se buscara a su «pequeña Lina» y todo el mundo la identificaba por esas joyas. Bien, ahora servirían para pagarle la vuelta a la Torre, su regreso al lugar que le correspondía. Esa arrogante Faile y las otras necias estaban muertas o como si lo estuvieran, y ella estaba libre. Acarició la vara, oculta en la manga, y se estremeció de gozo. ¡Libre!

Detestaba dejar viva a Therava, pero si alguien hubiera entrado en la tienda de la mujer y la hubiera encontrado con un cuchillo clavado en el corazón, ella sería la principal sospechosa. Además… Unas imágenes acudieron a su mente, ella inclinada cautelosamente sobre la dormida Therava, en la mano el cuchillo de la propia mujer, los ojos de Therava, abiertos de repente, se encontraban con los suyos en la oscuridad, ella gritaba, la mano se abría, inerte, y dejaba caer el cuchillo, sus súplicas, Therava que… No. ¡No! No habría ocurrido así. ¡Pues claro que no! Había dejado viva a Therava por necesidad, no porque le tuviera… Por ninguna otra razón.

De repente aullaron lobos, lobos en todas direcciones, una docena o más. Sus pies se frenaron por voluntad propia. Una colección de tiendas abigarradas la rodeaba, tiendas rectas, de pico, bajas de los Aiel. Había atravesado la zona del campamento gai’shain sin ser consciente de ello. Alzó la vista hacia los cerros al oeste de Malden y dio un respingo. Una espesa niebla se enroscaba a todo lo ancho de las crestas y ocultaba los árboles hasta donde le alcanzaba la vista en una y otra dirección. Las murallas de la ciudad tapaban los cerros del este, pero estaba segura de que allí también habría niebla. ¡Ese hombre había venido! El Gran Señor la valiera, lo había hecho justo a tiempo. Bueno, pues no encontraría a su estúpida esposa aunque se las arreglara para sobrevivir a lo que quiera que estuviese a punto de intentar, y tampoco encontraría a Galina Casban.

Agradeciéndole al Gran Señor que Therava no le hubiera prohibido cabalgar —la mujer había preferido tentarla con la posibilidad de que se lo permitiría si se arrastraba lo suficiente ante ella—, Galina se dirigió presurosa hacia su lugar secreto de almacenaje. Que murieran los necios que quisieran morir allí. Ella era libre. ¡Libre!

29

El último nudo

Perrin se encontraba justo debajo de las cumbres de los cerros, cerca de donde empezaba la niebla, y observaba el campamento y la ciudad amurallada que había debajo. Doscientos pasos de desnivel bastante pronunciado y escasamente salpicado por maleza baja a ras del suelo, quizás otros setecientos de terreno despejado hasta llegar a las primeras tiendas, y a continuación más de una milla hasta la ciudad. ¡Daba la impresión de estar tan cerca ahora! No utilizó su visor de lentes. Un destello de la lente debido al sol que empezaba a asomar por el horizonte, poco más que una fina hoz de color dorado rojizo, podía echarlo todo a perder. La bruma gris giraba a su alrededor, pero no se movía con la brisa, ni siquiera cuando una ráfaga más fuerte hizo ondear su capa. La densa niebla posada en el cerro más lejano, que ocultaba el molino de viento que había ahí, también parecía demasiado inmóvil si se la observaba durante unos instantes. ¿Cuánto tiempo faltaba para que alguien en aquellas tiendas se diera cuenta? Pero no se podía hacer nada para evitarlo. La niebla era como cualquier otra, húmeda y un poco fría, pero de alguna manera Neald había fijado aquellas nieblas en su sitio antes de seguir con sus otras tareas. El sol no las disiparía ni siquiera a mediodía, o eso decía el Asha’man. Todo habría acabado al mediodía, en uno u otro sentido, pero Perrin esperaba que el hombre tuviera razón. El cielo estaba despejado y el día era bastante cálido considerando que la primavera había empezado recientemente.

Por el campamento sólo se veían unos pocos Shaido, relativamente hablando, pero miles de figuras vestidas de blanco andaban ajetreadas entre las tiendas. Decenas de miles. Perrin anhelaba localizar a Faile entre ellas, ansiaba vislumbrarla, pero conseguirlo era tan improbable como encontrar una aguja en un pajar. En lugar de eso, miró fijamente las puertas de la ciudad, abiertas de par en par como cada vez que las había contemplado. Tentadoramente abiertas. Lo llamaban, incitadoras. Dentro de poco Faile y sus compañeras sabrían que había llegado el momento de ir hacia esas puertas y hacia la fortaleza de torreones que se levantaba imponente en el lado norte de la ciudad. Si las Doncellas tenían razón y se trataba a los prisioneros como gai’shain, seguramente Faile estaría realizando sus tareas, pero sabría cómo escabullirse e ir a la fortaleza. Ella y sus amigas, y probablemente también Alyse. Fueran cuales fueran sus planes respecto a los Shaido, la Aes Sedai no querría permanecer en el campo de batalla. Una segunda hermana en la fortaleza podría venirles bien. Quisiera la Luz que las cosas no llegaran a ese extremo.

Perrin había planeado con detalle cualquier contingencia que pudiera suceder, incluso el desastre total; aun así, esto no era un rompecabezas de herrero por mucho que lo deseara. Las piezas retorcidas de hierro de los rompecabezas sólo se movían en un número limitado de variantes, y si se hacía del modo correcto el rompecabezas quedaba resuelto. En cambio, las personas podían moverse de mil maneras distintas, algunas totalmente inesperadas hasta que sucedían. ¿Resistirían sus planes cuando los Shaido hicieran algo inesperado? Porque, casi con toda seguridad, lo harían y a él sólo le quedaba esperar que eso no condujera al desastre. Con una última y anhelante mirada a las puertas de Malden, se dio media vuelta y regresó ladera arriba.

A pesar de no ver a más de diez pasos de distancia dentro de la niebla no tardó en encontrar a Dannil Lewin entre los árboles de la cumbre. Extremadamente flaco, con una nariz prominente y bigote espeso al estilo tarabonés, Dannil sobresalía incluso cuando no se le veía bien la cara. Detrás de él, otros hombres de Dos Ríos no eran más que formas borrosas que se desdibujaban en la distancia. Muchos estaban en cuclillas o sentados en el suelo para descansar, ahora que tenían la oportunidad. Jori Congar intentaba engatusar a algunos para que jugaran a los dados, pero como lo hacía en voz baja Perrin lo dejó pasar. De cualquier modo, nadie aceptaba su propuesta. Jori tenía una suerte poco común con los dados.