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—Milord —murmuró Dannil acercándose a Perrin. El hombre había pasado demasiado tiempo con la gente de Faile. Lo llamaba pulirse, fuera lo que fuera lo que eso quisiera decir. Un hombre no era una pieza de latón.

—Asegúrate de que nadie cometa una estupidez tan grande como la que yo acabo de hacer, Dannil. Alguien con buena vista desde ahí abajo podría observar movimiento cerca del límite de la niebla y enviar un grupo a investigar.

Dannil se llevó la mano a la boca y tosió discretamente. ¡Luz! Se estaba volviendo tan insoportable como cualquiera de esos cairhieninos o tearianos.

—Como ordenéis, milord. Haré que todo el mundo se quede atrás.

—¿Milord? —dijo con voz seca Balwer, que apareció entre la niebla—. Ah, ahí estáis, milord. —El acartonado y ceremonioso hombrecillo apareció seguido de otras dos figuras más grandes, aunque una de ellas no era mucho más alta. Se detuvieron a un gesto de Perrin, reducidas a formas imprecisas en medio de esa niebla, y Balwer se acercó solo—. Masema se ha presentado ahí abajo, milord —dijo en voz queda al tiempo que cruzaba las manos—. Pensé que lo mejor sería evitar que viera a Haviar y a Nerion; o que los vieran sus hombres, dadas las circunstancias. No creo que sospeche de ellos porque me parece que manda matar a cualquiera del que sospecha. Pero, ojos que no ven, corazón que no siente. Es lo mejor.

Perrin tensó la mandíbula. Se suponía que Masema tenía que estar más allá de la colina oriental junto a su ejército, si se lo podía llamar así. Había contado aquellos hombres —y unas cuantas mujeres— mientras pasaban, intranquilos, a través de los accesos abiertos por los dos Asha’man. Si no había unos veinte mil no había ninguno. Masema siempre se había mostrado impreciso en cuanto al número de sus hombres y Perrin tampoco los había contado con precisión hasta la noche anterior. Harapientos y sucios, eran pocos los que llevaban casco y aún menos los que vestían coraza, pero todas las manos asían un arma, ya fuera espada, lanza, hacha, alabarda o ballesta, incluidas las mujeres. Ellas eran, con diferencia, peores incluso que los seguidores varones de Masema, que ya era decir. La mayor parte del grupo sólo servía para aterrorizar a la gente y hacer que juraran lealtad al Dragón Renacido —el remolino de colores que giró en su cabeza saltó en pedazos por la ira que lo embargaba—; únicamente para eso y para asesinar a quienes se negaban. Pero este día servirían a un propósito mejor.

—Tal vez sea hora de que Haviar y Nerion se alejen de la gente de Masema de una vez por todas —dijo.

—Como deseéis, milord, pero, a mi entender, están tan seguros como lo estaría cualquiera que se hallara en su situación. Y quieren hacerlo. —Balwer ladeó la cabeza; recordaba un gorrión curioso posado en una rama—. No se han corrompido, milord, si es eso lo que teméis. Siempre existe ese peligro cuando se envía a un hombre para que finja ser lo que no es, pero tengo buen olfato para captar los síntomas.

—Que no regresen allí, Balwer —repitió Perrin. Después de este día, con suerte, no quedaría gran cosa que espiar del ejército de Masema, en cualquier caso. Puede que ni siquiera quedara un Masema del que preocuparse.

Perrin bajó apresuradamente por la vertiente contraria, entre matojos y arbustos, más allá de donde esperaban los lanceros de Mayene y de Ghealdan junto a sus caballos en medio de la espesa niebla, con las lanzas adornadas con cintas apoyadas en el hombro o clavadas las puntas de acero en el suelo. Con las corazas y los yelmos pintados en rojo, no habría sido muy arriesgado que la Guardia Alada de Mayene estuviera en la cumbre del cerro, pero las armaduras bruñidas de los ghealdanos sí eran motivo de alarma, y puesto que Gallene y Arganda se enfadaban si creían que se daba un trato de preferencia al otro, los dos esperaban ahí. La niebla se extendía un buen trecho —Neald había dicho que había sido intencionado, pero el hombre olió a sorpresa y satisfacción al darse cuenta de lo que había hecho— por lo que Perrin aún andaba envuelto en la bruma al llegar al pie de los cerros, donde todos los carros de ruedas altas permanecían en línea, con los caballos enganchados. Las vagas figuras de los carreteros cairhieninos se movían entre ellos para comprobar los arneses y tensar más las cuerdas que sujetaban las lonas que cubrían los carros.

Masema estaba esperando y lo que más deseaba Perrin era echarle una buena bronca al hombre, pero reconoció la robusta silueta de Basel Gill junto a uno de los carros y se dirigió hacia allí. Lini estaba a su lado, arrebujada bajo una capa oscura, y Breane tenía el brazo alrededor de la cintura de Lamgwin, el colosal sirviente de Perrin. Maese Gill se quitó el sombrero de ala y dejó a la vista el cabello escaso y canoso peinado hacia atrás sobre una calva que no conseguía cubrir. Lini aspiró ruidosamente por la nariz y evitó mirar a Perrin de forma intencionada mientras fingía que se ajustaba la capucha. Olía a ira y a miedo. Maese Gill sólo olía a miedo.

—Llegó el momento de partir hacia el norte, maese Gill —le dijo Perrin—. Al llegar a las montañas, seguidlas hasta que encontréis la calzada de Jehannah. Con suerte, os alcanzaremos antes de que lleguéis a las montañas; pero en caso contrario, envía a los sirvientes de Alliandre hacia Jehannah y luego dirígete al este a través del paso y después hacia el norte de nuevo. Os seguiremos tan de cerca como podamos. —Siempre que su plan no se torciera demasiado. Luz, él era un herrero, no un soldado, pero incluso Tylee había terminado por admitir que era un buen plan.

—No me moveré de aquí hasta que sepa que Maighdin se encuentra a salvo —dijo Lini, fija la vista en la niebla. La fina voz sonó dura como el acero—. Y también lady Faile, por supuesto.

—Milord, Lamgwin y yo pensamos que podríamos ayudar —dijo maese Gill mientras se pasaba una mano por la cabeza—. Lady Faile es muy importante para nosotros y Maighdin… Maighdin es como de la familia. Tanto Lamgwin como yo sabemos diferenciar un extremo de la espada del otro. —Gill llevaba una espada envainada colgada al cinto que le ceñía el prominente estómago, aunque si había blandido una espada en los últimos veinte años, Perrin se comería ese cinturón cuan largo era. Breane ciñó con más fuerza la cintura de Lamgwin, pero el hombretón le palmeó el hombro a la par que posaba la otra mano en la empuñadura de su espada corta. La niebla le ocultaba la cara llena de cicatrices y los nudillos hundidos. Era un pendenciero de taberna y un buen hombre a pesar de ello, pero nunca un espadachín.

—Eres mi shambayan, maese Gill —dijo con firmeza Perrin—, y tu deber es encargarte de que tanto carreteros, como mozos y sirvientes lleguen a un lugar seguro. Tuyo y de Lamgwin. Así que poneos en camino y cumplid con él.

El robusto hombre asintió con la cabeza de mala gana. Breane dejó escapar un pequeño suspiro de alivio cuando Lamgwin se llevó el puño a la frente en aquiescencia. Perrin dudó que el hombre hubiera oído el suspiro, a pesar de que Lamgwin la rodeó con el brazo y le murmuró palabras reconfortantes.

Lini no fue tan anuente. Con la espalda recta como un palo, volvió a hablarle a la niebla:

—No me moveré de este sitio hasta que sepa…

Perrin dio una sonora palmada que la sobresaltó e hizo que lo mirase, sorprendida.

—Aquí lo único que harías sería coger unas fiebres debido a la humedad. Eso y morir, si los Shaido consiguen atravesar nuestras líneas. Liberaré a Faile. Y a Maighdin y a las otras. —Lo haría o moriría en el intento, pero no había necesidad de decir eso, y sí razones para no hacerlo. Tenían que confiar plenamente en que iría tras ellos con Faile y las demás—. Y tú, Lini, te dirigirás al norte. Faile se enfadaría conmigo si permito que te ocurra cualquier cosa. Maese Gill, asegúrate de que vaya contigo, aunque tengas que atarla y subirla en la parte trasera del carro.