Maese Gill se sobresaltó y arrugó el sombrero que tenía entre las manos. De repente olía a alerta, y Lini, a pura indignación. El regocijo colmaba el efluvio de Lamgwin, quien se frotó la nariz para esconder una sonrisa y, por extraño que pudiera parecer, Breane también estaba indignada. Bien, él nunca había afirmado que entendía a las mujeres. Además, si no podía entender a la mujer con la que se había casado, lo que sucedía la mitad de las veces, entonces era poco probable que pudiera llegar a entender a las demás mujeres.
Al final, Lini se sentó junto al conductor de un carro por voluntad propia aunque apartó la mano de maese Gill con un cachete cuando intentó ayudarla, y la caravana de carros echó a rodar lentamente a través de la niebla en dirección norte. Detrás de uno de ellos, cargado con las tiendas y posesiones de las Sabias, marchaba un grupo de gai’shain vestidos de blanco, hombres y mujeres con las capuchas echadas y los ojos gachos, sumisos incluso ahora. Eran Shaido capturados en Cairhien y en pocos meses abandonarían el blanco para regresar a su clan. Perrin había hecho que los vigilaran discretamente por mucho que las Sabias le aseguraran que seguirían el ji’e’toh en ese aspecto a pesar de haber abandonado otras costumbres. No obstante, por lo visto las Sabias tenían razón. Aún eran diecisiete; ninguno había intentado escapar y avisar a los Shaido del otro lado de la colina. Los ejes de las ruedas de los carros se habían engrasado generosamente, pero para sus agudos oídos las ruedas seguían chirriando y crujiendo. Con suerte, Faile y él los alcanzarían antes de que llegasen a las montañas.
Mientras comenzaban a pasar junto a él las reatas de caballos de refresco conducidas por mozos montados, una Doncella apareció entre la niebla caminando en sentido contrario a la marcha de los carros. Poco a poco se concretó en la forma de Sulin. Llevaba el shoufa alrededor del cuello, lo que dejaba al descubierto su pelo blanco y corto; el velo negro le colgaba sobre el pecho. Un corte reciente en la mejilla izquierda le añadiría otra cicatriz en la cara, a no ser que aceptase la Curación de una de las hermanas. Seguramente no lo haría. Las Doncellas parecían tener un extraño comportamiento con las aprendizas de las Sabias, o tal vez era porque esas aprendizas eran Aes Sedai. Incluso veían a Annoura como una aprendiza a pesar de que no lo era.
—Los centinelas Shaido del norte están muertos, Perrin Aybara —dijo Sulin—. Y también los hombres que iban a remplazarlos. Danzaron bien para ser Shaido.
—¿Alguna baja? —preguntó Perrin en voz baja.
—Elienda y Briain despertaron del sueño. —Parecía hablar del tiempo en lugar de estar haciéndolo de dos mujeres muertas que conocía—. Todos tenemos que despertar algún día. Tuvimos que traer a cuestas a Aviellin las dos últimas millas. Necesitará la Curación. —Así que la aceptaría.
—Haré que te acompañe una Aes Sedai —dijo Perrin mientras miraba a su alrededor. La niebla lo envolvía todo y aparte de la fila de caballos que pasaban junto a él no alcanzaba a ver nada más—. Tan pronto como dé con una.
No bien acababa de pronunciar esas palabras cuando Annoura y Masuri salieron de la niebla guiando sus caballos junto a Berelain y Masema, cuya cabeza afeitada brillaba, fruto de la humedad. Incluso en la niebla, no había posibilidad de confundir la arrugada chaqueta marrón que llevaba ni el tosco zurcido en una hombrera. Nunca se quedaba con parte del oro que saqueaban sus seguidores. Lo entregaba todo a los pobres. Eso era lo único bueno que se podía decir de Masema. Claro que la pobreza de un buen puñado de esos menesterosos a los que se les entregaba el dinero era fruto del robo de sus bienes y de los incendios de tiendas y granjas que habían llevado a cabo los hombres de Masema. Por alguna razón, Berelain lucía la diadema de Principal de Mayene esa mañana, con el halcón dorado en vuelo sobre la frente, a pesar de que el traje de montar y la capa eran de un discreto color gris oscuro. Por debajo del suave perfume de flores, su efluvio era de paciencia e inquietud, una de las combinaciones más extrañas que Perrin había olido nunca. Las seis Sabias los acompañaban, con el chal oscuro por encima de los hombros y un pañuelo ceñido a las sienes para sujetar el largo cabello. Con todos los collares y brazaletes de oro y marfil que llevaban hacían que, por una vez, Berelain pareciera ir vestida con sencillez. También Aram se encontraba entre ellos; el pomo en forma de cabeza de lobo de su espada le asomaba por encima del hombro, y la niebla no encubría la ausencia de su gesto iracundo habitual. El hombre se había ido sintiendo atraído hacia Masema y parecía que creyera a pies juntillas todo lo que éste decía. Perrin se preguntó si no tendría que haber enviado a Aram con los carros. Pero, si lo hubiera hecho, estaba convencido de que Aram se habría escabullido para regresar tan pronto como hubiera estado fuera del alcance de su vista.
Perrin les explicó a las dos Aes Sedai la necesidad que Aviellin tenía de sus servicios, pero, para su sorpresa, cuando Masuri dijo que iría, la rubia Edarra alzó la mano y frenó a la delgada Marrón. Annoura rebulló, incómoda. No era una aprendiza y la relación entre Seonid y Masuri con las Sabias la desasosegaba. A veces intentaban incluirla en esa relación, y en ocasiones lo lograban.
—Janina la atenderá —dijo Edarra—. Ella es más hábil que tú, Masuri Sokawa.
Masuri apretó los labios, pero guardó silencio. Las Sabias eran muy capaces de azotar a una aprendiza por hablar cuando no debía hacerlo, incluso si la aprendiza era Aes Sedai. Sulin guió a través de la niebla a Janina, una mujer de pelo rubio rojizo que parecía no alterarse por nada y que a pesar de la voluminosa falda seguía las zancadas de Sulin con igual rapidez. Así que las Sabias habían aprendido la Curación. Eso sería de utilidad al final del día. Quisiera la Luz que no se necesitara demasiado.
Masema gruñó mientras seguía con la vista a las dos mujeres hasta que desaparecieron en la niebla; ésta era tan espesa que mitigaba la abrasadora intensidad siempre latente en los ojos del hombre y borraba la cicatriz triangular de la mejilla, pero Perrin captaba plenamente su olor, duro y penetrante como una cuchilla recién afilada con cuero, y a la vez, agitado, frenético. A veces pensaba que respirar ese olor a locura le haría sangrar la nariz.
—Ya es bastante malo que utilices a esas mujeres blasfemas que hacen lo que sólo el lord Dragón, alabado sea su nombre, puede hacer… —dijo Masema con la voz rebosante del ardor que la niebla encubría en sus ojos.
Los colores se arremolinaron en la cabeza de Perrin hasta formar una breve imagen de Rand y Min junto a un hombre alto vestido con una chaqueta negra, un Asha’man, y de pronto la visión lo sacudió de los pies a la cabeza. ¡Rand había perdido la mano izquierda! Daba igual. Lo que quiera que hubiera pasado, pasado estaba. Ese día su mente tenía que concentrarse en otros asuntos.
—… pero si saben Curar —continuó Masema—, tanto más difícil será matar a los salvajes. Lástima que no dejes que los seanchan les pongan la correa a todas.
La mirada de soslayo que dedicó a Annoura y Masuri les daba a entender que también las incluía a ellas en su comentario, a pesar de que ambas mujeres lo habían visitado en secreto varias veces. Ellas le sostuvieron la mirada con la característica calma Aes Sedai, aunque las finas manos de Masuri se movieron como si quisieran alisar su falda marrón. Masuri había dicho que había cambiado de opinión y que el hombre debía morir, así pues, ¿por qué se había reunido con él? ¿Por qué lo hacía Annoura? ¿Por qué lo permitía Masema si odiaba de todo corazón a las Aes Sedai? Tal vez podría encontrar respuestas ahora que Haviar y Nerion ya no necesitaban protección.