—Todas estamos vivas —logró decir finalmente con voz ronca—. ¿Cómo, en nombre de la Luz, nos habéis encontrado?
—Fue Theril, milady —respondió Aravine—. El muy granuja os siguió a pesar de vuestras órdenes, y demos gracias a la Luz por ello. Vio a Galina marcharse y entonces se derrumbó el edificio. Pensó que habíais muerto. Se sentó y se puso a llorar. —Una voz con un fuerte acento amadiciense protestó y Aravine volvió la cabeza un instante—. Se nota cuando alguien ha estado llorando, chico. Da gracias de que te pararas a llorar. Cuando vio que se movía el pañuelo, milady, vino corriendo a pedir ayuda.
—Dile que llorar no es algo de lo que avergonzarse —dijo Faile—. Dile que he visto a mi esposo llorar cuando el momento lo pedía.
—Milady —dijo dubitativamente Aravine—, el chico dice que vio que Galina tiraba de un madero al salir. Según él, estaba colocado como una especie de palanca. Dice que fue ella la responsable de que se derrumbara el edificio.
—Y ¿por qué iba a hacer eso? —preguntó Alliandre. Había ayudado a Maighdin a levantarse y ahora la sujetaba para llegar las dos junto a Faile. Lacile y Arrela se unieron a ellas, sin saber si reír o llorar. La cara de Alliandre tenía una expresión tormentosa.
Faile torció el gesto en una mueca. ¿Cuántas veces en las últimas horas había deseado no haberle devuelto ese bofetón? ¡Pero Galina lo había jurado! ¿Es que acaso pertenecía al Ajah Negro?
—Eso no tiene importancia ahora —respondió Faile—. De una manera u otra, me encargaré de que reciba su merecido. —Cómo conseguirlo ya era otro cantar. Después de todo, Galina era una Aes Sedai—. Aravine —continuó Faile—, ¿a cuánta gente has traído? ¿Puedes…?
Dos manos enormes cogieron a Aravine de los hombros y la apartaron a un lado.
—Basta de cháchara. —A través del hueco apareció la cara de Rolan, con el shoufa alrededor del cuello y el velo colgado sobre el pecho. ¡Rolan!—. No podemos retirar nada si estáis en medio, Faile Bashere. Esto podría desplomarse nada más empezar. Id hacia el fondo y acurrucaos contra la pared.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Faile. El hombre soltó una risita ahogada. ¡Se estaba riendo!
—Aún vas vestida de blanco, mujer. Haz lo que se te ordena o cuando te saque de aquí tendré que azotarte en el trasero. Y tal vez luego aliviaremos tus lágrimas con un juego de besos.
Faile le enseñó los dientes y esperó que el Aiel no pensara que era una sonrisa. No obstante, tenía razón en que era necesario que se retiraran, así que hizo que sus compañeras la siguieran a través del suelo de piedra sembrado de maderos hacia el fondo del sótano, donde se pusieron agachadas contra la pared. Oía las voces apagadas que hablaban fuera, seguramente discutiendo la forma de ir despejando un camino sin provocar que el resto del edificio se desplomara sobre sus cabezas.
—Todo esto para nada —comentó Alliandre con acritud—. ¿Cuántos Shaido crees que debe de haber ahí arriba?
Sonó el chirrido de madera contra madera y, con un crujido, el montón de escombros inclinado se ladeó un poco más hacia ellas. Las voces empezaron a hablar otra vez.
—No tengo ni idea —le contestó Faile—. Pero todos deben de ser Mera’din, no Shaido. —Los Shaido no se mezclaban con los Sin Hermanos—. Puede que aún quede alguna esperanza. —Seguro que Rolan la dejaría marchar cuando se enterara de lo de Dairaine. Pues claro que sí. Y si seguía porfiando… En ese caso haría lo que fuera preciso para convencerlo. Perrin no tendría que enterarse nunca.
La madera chirrió otra vez y de nuevo el montón de tablones y maderos quemados se inclinó un poco más hacia adentro.
La niebla ocultaba el sol, pero Perrin calculó que debía de ser cerca de mediodía. Grady llegaría enseguida. De hecho ya tendría que estar allí. Si el Asha’man se había cansado tanto que era incapaz de abrir otro acceso… No. Grady llegaría. Enseguida. Pero se notaba los hombros tan tensos como si hubiese trabajado en la forja todo un día y más.
—Os digo que esto no me gusta ni pizca —rezongó Gallenne. En la espesa niebla el parche colorado del ojo sólo era una sombra más. Su zaino de pecho ancho le dio en la espalda con el hocico, impaciente por ponerse en marcha, y el hombre le palmeó el cuello con aire absorto—. Si Masema quiere realmente matar a la Principal, yo digo que acabemos con él ahora mismo. Lo superamos en número, podemos aplastar a su cuerpo de guardia en cuestión de minutos.
—Necio —gruñó Arganda, que echó un fugaz vistazo a su izquierda como si pudiera ver a Masema y a sus hombres a través de las volutas agrisadas. A diferencia del mayeniense se había puesto el casco plateado con las tres grandes plumas blancas. Y el peto, trabajado en oro y plata, brillaba con la condensación. A pesar de la niebla, esa coraza casi resplandecía—. ¿Pensáis que podemos matar a doscientos hombres sin hacer ruido? Los gritos se oirían al otro lado de la cresta. Tenéis a vuestra gobernante donde podéis rodearla de novecientos hombres y tal vez sacarla de aquí, pero Alliandre sigue en esa jodida ciudad y rodeada de Shaido.
Gallenne se encrespó y la mano se le fue hacia la empuñadura de la espada, como si se dispusiera a practicar con Arganda antes de pasar con Masema.
—Hoy no se va a matar a nadie excepto Shaido —manifestó Perrin con firmeza. Gallenne gruñó, pero no hizo intención de discutir. Apestaba a descontento, sin embargo. Proteger a Berelain dejaría al margen de la lucha a la Guardia Alada.
A la izquierda apareció un destello azulado que la espesa niebla atenuó y Perrin sintió aflojarse la tensión de los hombros. Grady apareció entre la niebla, buscándolo con la mirada. Lo acompañaba otro hombre que conducía un caballo oscuro de gran alzada. Perrin sonrió por primera vez desde hacía mucho tiempo.
—Me alegro de verte, Tam —saludó.
—Yo también me alegro de veros, milord. —Tam al’Thor seguía siendo un hombre corpulento que daba la impresión de estar preparado para trabajar desde el alba hasta el ocaso sin aflojar el ritmo, pero el cabello le había encanecido por completo desde la última vez que Perrin lo había visto, además de tener más arrugas en el rostro franco. Estudió a Gallenne y Arganda con una mirada firme y se hizo una composición de lugar en un visto y no visto. Las armaduras llamativas lo traían sin cuidado, no lo impresionaban.
—¿Cómo vas, Grady? —se interesó Perrin.
—Aguantando, milord. —La voz del baqueteado Asha’man denotaba un profundo agotamiento. A pesar de que la niebla desdibujaba su figura, el rostro parecía el de un hombre mayor que Tam.
—Bien, tan pronto como hayas acabado aquí reúnete con Mishima. Quiero que haya alguien que no lo pierda de vista. Alguien que lo pone lo bastante nervioso para que no se le ocurra cambiar lo que hemos acordado. —Le habría gustado decirle a Grady que atara el acceso; sería un atajo para llevar a Faile de vuelta a Dos Ríos. Pero si las cosas salían mal esa mañana, también sería un atajo para los Shaido.
—No sé si sería capaz de poner nervioso a un gato ahora mismo, milord, pero haré cuanto esté en mi mano.
Fruncido el entrecejo, Tam siguió con la mirada a Grady hasta que el Asha’man se perdió en la lóbrega grisura.
—Habría querido tener otro medio de llegar aquí —dijo—. Tipos como él visitaron Dos Ríos hace un tiempo. Uno que se hacía llamar Mazrim Taim, un nombre del que todos habíamos oído hablar. Un falso Dragón. Sólo que ahora lleva chaqueta negra con bordados extravagantes y dice ser el M’Hael. Hablaron en todas partes sobre enseñar a los hombres a encauzar y sobre esa Torre Negra. —Sus palabras estaban cargadas de acritud—. Los Consejos del Pueblo intentaron impedírselo, y también los Círculos de Mujeres, pero al final acabaron llevándose a cuarenta hombres y muchachos con ellos. Gracias a la Luz que algunos entraron en razón, porque si no, se habrían llevado diez veces más esa cifra. —La mirada del hombre se desvió hacia Perrin—. Taim dijo que Rand lo envió. Dijo que Rand es el Dragón Renacido. —Había un dejo interrogante en sus palabras, tal vez esperanza de recibir una negativa, quizás una exigencia de saber por qué Perrin no había dicho nada.