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Perrin dejó fuera el sonido, hizo caso omiso de él en tanto que enfocaba la mirada más allá de la avalancha de figuras veladas lanzadas a la carga, hacia las puertas de Malden. Virutas de hierro atraídas por un imán. Tuvo la impresión de que las figuras allá abajo hubieran frenado un poco el paso, aunque sabía que no era así. Todo parecía ralentizarse ante él en momentos como aquél. ¿Cuánto faltaba para que llegaran, furiosos? Habían cubierto poco más de la mitad de la distancia que los separaba de los cerros.

—¡Arcos largos, tensad! ¡A mi señal! —gritó Tam—. ¡Arcos largos, tensad! ¡A mi señal!

Perrin sacudió la cabeza. Era demasiado pronto. Miles de cuerdas de arco chasquearon detrás de él. Las flechas volaron en arco sobre él. El cielo pareció oscurecerse con ellas. Segundos después siguió otra andanada, y luego una tercera. Bolas de fuego hacían barridos a través de las flechas cual guadaña segando hierba, pero aun así seguían siendo miles las que cayeron como una lluvia mortífera sobre los Shaido. Por supuesto. Había olvidado el factor de la posición elevada de los arqueros. Eso les daba un poco más de alcance. No era algo que se le hubiera escapado a Tam. Ni que decir tiene que no todas las flechas acertaron a dar a un hombre; muchas se clavaron en tierra. Quizá la mitad acertaron en los algai’d’siswai y atravesaron brazos o piernas y se hincaron en cuerpos. Los Shaido heridos apenas aflojaron el paso, ni siquiera cuando tuvieron que levantarse trabajosamente del suelo. No obstante, atrás dejaron centenares tendidos inmóviles en el suelo, y la segunda andanada derribó a cientos más, al igual que la tercera, en tanto que la cuarta y la quinta ya estaban en camino. Los Shaido siguieron acercándose, echados hacia adelante como si corrieran contra un aguacero, mientras las bolas de fuego y los rayos de las Sabias estallaban en lo alto. Ya no cantaban. Algunos alzaron los arcos y dispararon. Una flecha rozó ligeramente a Perrin en el brazo izquierdo, pero las demás se quedaron cortas. Aunque no por mucho, sin embargo. Otros veinte pasos y…

El repentino sonido agudo de los cuernos seanchan atrajo su mirada hacia el norte y hacia el sur justo a tiempo de ver cómo el suelo estallaba en surtidores de fuego entre los grupos de los flancos. Lanzas de rayos cayeron sobre ellos. A las damane las habían mantenido entre los árboles de momento, pero llevaban a cabo su mortífero trabajo. Una y otra vez explosiones de fuego o de descargas eléctricas arrojaban hombres al aire como ramitas. Aquellos algai’d’siswai no tenían ni idea de dónde les llegaban los ataques. Echaron a correr hacia los árboles, hacia quienes los estaban diezmando. Algunas bolas de fuego procedentes del campamento empezaron a volar hacia la floresta donde se encontraban las damane y rayos salieron igualmente lanzados hacia allí, pero con tan escaso resultado como lo habían tenido contra el cerro. Tylee afirmaba que las damane se utilizaban para todo tipo de tareas, pero la realidad es que eran armas de guerra y ellas y las sul’dam eran muy buenas en ello.

—Ahora —dijo Edarra y las bolas de fuego empezaron a llover sobre los Shaido. Las Sabias y las Aes Sedai realizaban gestos de lanzamiento con los dos brazos tan rápidos como era posible y cada vez una bola de fuego parecía brotar de las puntas de los dedos de las mujeres. Muchas de ellas explotaban demasiado pronto, claro. Las Sabias Shaido se esforzaban por proteger a los suyos. Pero los algai’d’siswai se hallaban mucho más cerca de los cerros, así que tenían menos tiempo para reaccionar. Las bolas de fuego explotaban entre los Shaido y arrojaban al aire hombres o brazos y piernas cercenados. Descargas azul plateadas caían en zigzag y la mayoría también daban en el blanco. El vello en los brazos de Perrin se erizó; el pelo intentaba ponérsele de punta en la cabeza. El aire parecía crepitar con las descargas de los rayos.

Incluso mientras lanzaban muerte a los hombres de abajo, Edarra y las otras paraban los ataques de las Sabias Shaido y durante todo el tiempo los hombres de Dos Ríos hicieron funcionar sus arcos lo más rápido posible. Un hombre entrenado era capaz de disparar doce flechas en un minuto y, además, ahora los blancos estaban a menos distancia. A los Shaido sólo les faltaban doscientos pasos para llegar al pie del cerro. Sus flechas aún se quedaban cortas, pero las de Dos Ríos acertaban de lleno todas las veces a tan corto alcance. Cada arquero elegía su blanco, por supuesto, de modo que Perrin veía caer algai’d’siswai atravesados por dos, tres e incluso cuatro saetas.

El aguante de un ser humano tiene su límite. Los Shaido empezaron a retroceder. No era una derrota aplastante, no huían en desbandada. Muchos disparaban flechas hacia el cerro aunque no albergaran esperanza de que llegaran. Pero se volvieron como si obedecieran una orden y corrieron en un intento de salir del radio de alcance de las flechas de Dos Ríos y de la lluvia de fuego y rayos que los perseguía. Los grupos de los flancos retrocedieron también al tiempo que aparecía la formación de lanceros en tres líneas de mil caballos de anchura en un lento avance mientras que fuego y relámpagos hostigaban a los Shaido.

—¡Por líneas, tres pasos adelante y disparad! —gritó Tam.

—¡Adelante al paso! —bramó Arganda.

—¡Conmigo! —gritó Masema.

Se suponía que Perrin tenía que ajustarse a ese avance lento con los demás, pero echó a andar ladera abajo más y más deprisa. Las puertas lo atraían. La sangre se tornaba fuego líquido. Elyas afirmaba que era una sensación normal cuando la propia vida corría peligro, pero él no lo sentía así. Una vez casi se había ahogado en el Bosque de las Aguas y no había notado nada igual a esta emoción, ese estremecimiento que ahora lo inundaba en una oleada vertiginosa. Alguien gritó su nombre detrás de él, pero siguió al trote, cada vez más deprisa. Soltó el mango del martillo de la traba del cinturón y sacó el cuchillo con la mano izquierda. Se dio cuenta de que Aram corría a su lado, pero ante todo su mente estaba centrada en las puertas, en los Shaido que aún se interponían entre Faile y él. Fuego, rayos y flechas caían sobre ellos como granizo y ya no se volvían para disparar sus propios arcos, si bien echaban ojeadas hacia atrás con frecuencia. Muchos sostenían a compañeros heridos, hombres que arrastraban una pierna y se apretaban un costado donde asomaba el astil de una flecha de Dos Ríos, y él les iba ganando terreno.

De repente, media docena de hombres velados se dieron media vuelta con las lanzas aferradas y echaron a correr hacia Aram y él. Que no usaran los arcos significaba que se habían quedado sin flechas. Había oído contar historias sobre paladines, hombres que decidían el futuro entre dos ejércitos en un combate singular cuyo desenlace se respetaba. Los Aiel no tenían ese tipo de relatos. No obstante, Perrin no frenó. Su sangre era fuego. Él era fuego.

Una flecha de Dos Ríos acertó a un Shaido en medio del pecho, y no había acabado de desplomarse cuando otros tres fueron acribillados con al menos una docena de saetas cada uno. Pero ahora Aram y él se hallaban demasiado cerca de los dos restantes. A excepción de los tiradores más expertos nadie correría el riesgo de darle a él o a Aram si disparaba. Aram se dirigió hacia uno de los Aiel como si danzara, la espada como un borrón destellante, pero Perrin no tuvo tiempo para observar la lucha de otros aunque hubiese querido hacerlo. Un hombre velado que era una cabeza más alto que él arremetió con una lanza corta que sostenía casi por el extremo romo. Paró la lanza con el cuchillo y atacó con el martillo. El Shaido intentó pararlo con la adarga, pero Perrin cambió ligeramente la trayectoria del golpe y oyó crujir los huesos del antebrazo del Aiel con el impacto de diez libras de acero impulsado por el brazo de un herrero. Había dejado atrás la punta de la lanza y, sin detenerse, lanzó un tajo horizontal al cuello del hombre con el cuchillo. La sangre salió a borbotones y Perrin corría de nuevo cuando el hombre todavía se desplomaba. Tenía que llegar hasta Faile. Fuego en la sangre, fuego en el corazón. Fuego en la cabeza. Nada ni nadie le impediría llegar hasta Faile.