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Aram arremetió velozmente con un tajo de arriba abajo. De pronto se quedó paralizado, se le desorbitaron los ojos, y la espada resbaló de sus dedos. Cayó de bruces y quedó tendido boca abajo, con dos flechas clavadas en la espalda. A treinta pasos de distancia, un par de Aiel velados ya colocaba otra flecha en la cuerda y tensaba el arco. Perrin saltó hacia un lado, detrás de una tienda verde, de pico; rodó sobre sí mismo y se incorporó velozmente. Una flecha atravesó la esquina de la tienda y se cimbreó en la lona. Agazapado, se apartó de la tienda verde, se deslizó por detrás de otra azul desvaído y llegó a una tienda baja de un tono marrón descolorido, con el martillo en una mano y el cuchillo en la otra. No era la primera vez que jugaba a ese juego en ese día. Con cautela, se asomó por el borde de la tienda marrón. A los dos Shaido no se los veía por ningún sitio. Quizá lo estaban acechando a su vez o tal vez habían ido a dar caza a cualquier otro. El juego había tenido ambas alternativas con anterioridad. Desde su posición veía a Aram tendido donde había caído. Un ligero golpe de viento agitó los oscuros penachos de las flechas que le sobresalían de la espalda. Elyas tenía razón. Jamás habría debido permitir que Aram empuñara esa espada. Tendría que haberlo mandado volver a los carros o hacerlo regresar con los gitanos. Tantas cosas eran las que debería haber hecho. Ahora ya era demasiado tarde.

Las puertas lo llamaban. Echó un vistazo hacia atrás. Tan cerca ahora. Todavía agazapado echó a correr de nuevo a lo largo de aquellas calles sinuosas, alerta a esos dos Shaido o a cualesquiera otros que pudieran estar al acecho. El fragor de la batalla, al norte y al sur, lo había dejado atrás, pero eso no significaba que no hubiera rezagados.

Giró en una esquina, a sólo unos pocos pasos de las puertas abiertas de par en par, y las encontró abarrotadas de gente. La mayoría vestía sucias túnicas blancas, pero tres eran algai’d’siswai velados, uno de ellos un tipo gigantesco que habría hecho parecer pequeño a Lamgwin. Ése ceñía un brazo de Faile con la manaza. Ella tenía el aspecto de haber rodado por el barro.

Con un rugido, Perrin corrió hacia ellos al tiempo que enarbolaba el martillo, y el hombretón echó a Faile hacia atrás y corrió a su vez hacia él a la par que blandía la lanza y descolgaba la adarga del cinturón.

—¡Perrin! —gritó Faile.

El enorme Shaido titubeó durante un instante y Perrin aprovechó esa vacilación. El martillo golpeó la cabeza del hombre por un lado con tanta fuerza que los pies del Aiel dejaron de tocar el suelo mientras se desplomaba. Otro venía inmediatamente detrás, sin embargo, presta la lanza para ensartarlo con ella. De pronto el hombre soltó un gruñido; una expresión sorprendida asomó a sus ojos verdes por encima del velo al girar la cabeza hacia atrás mientras caía de rodillas para mirar a Faile, que se encontraba cerca, a su espalda. Se desplomó de bruces lentamente y entonces dejó a la vista la empuñadura de acero con relieves que le sobresalía en la espalda. Perrin buscó rápidamente al tercero y se encontró con que ése también yacía boca abajo, con dos mangos de madera sobresaliendo en su espalda. Lacile se apoyaba en Arrela, sollozando. Seguro que el hecho de matar a alguien no le había resultado tan fácil como había imaginado.

Alliandre también estaba delante de la multitud y Maighdin se encontraba justo detrás, en brazos de un joven alto vestido de blanco, pero Perrin sólo tenía ojos para Faile. Dejando caer martillo y cuchillo pasó por encima de los hombres muertos y la estrechó en sus brazos. Su olor le inundó las fosas nasales. Le inundó la cabeza. Tenía un intenso olor a madera quemada, nada menos, pero aun así podía oler su aroma.

—Cuánto tiempo llevo soñando con este momento —susurró.

—Yo también —dijo ella, apoyada contra su pecho, estrechándolo con fuerza. Su efluvio rebosaba gozo, pero estaba temblando.

—¿Te hicieron daño? —preguntó suavemente.

—No. Ellos… No, Perrin, no me hicieron daño. —Sin embargo había otros olores mezclados con la alegría, entretejidos indisolublemente. El sordo, afligido olor a tristeza y el aroma untuoso a culpabilidad. Vergüenza, como aguijonazos de miles de agujas finas como cabellos. Bueno, el hombre había muerto y una mujer tenía derecho a guardar sus secretos si así lo deseaba.

—Lo único que importa es que estás viva y que volvemos a estar juntos —le dijo—. Es lo único importante en el mundo.

—Lo único que importa —repitió ella mientras lo abrazaba con más fuerza. Tanto que de hecho gruñó por el esfuerzo. Pero al cabo de un instante se había retirado y examinaba las heridas que tenía él, tanteaba los desgarros de la chaqueta para mirar debajo—. Éstas no parecen nada graves —dijo enérgicamente, aunque todas esas emociones seguían enredadas con la alegría. Alzó las manos para apartarle el pelo y tiró hasta hacerle inclinar la cabeza para examinarle el corte en el cuero cabelludo—. Te hará falta la Curación, claro. ¿Cuántas Aes Sedai has traído? ¿Cómo te…? No, eso da igual ahora. Hay suficientes para derrotar a los Shaido y es lo que importa.

—Este montón de Shaido —dijo él, que se irguió para mirarla. Luz, ¡con barro o sin barro era tan hermosa!—. Habrá otras seis o siete mil lanzas más aquí dentro de… —Alzó la vista hacia el sol; había creído que estaría más alto—. En menos de dos horas, quizá. Tenemos que acabar aquí y ponernos en marcha antes de ese momento, si podemos. ¿Qué le ocurre a Maighdin? —La mujer yacía desmadejada contra el pecho del joven que cargaba con ella. Parpadeaba sin llegar a abrir los ojos del todo.

—Se agotó al salvarnos la vida —contestó Faile, que dejó de prestar atención a las heridas y se giró hacia las otras personas de blanco—. Aravine, todos vosotros, empezad a reunir a los gai’shain. No sólo a los que me han jurado lealtad, sino a todos los que van de blanco. No vamos a dejar a nadie que podamos llevar con nosotros. Perrin, ¿en qué dirección es más seguro ir?

—Al norte —le contestó—. Al norte es seguro.

—Que se pongan en camino hacia el norte —prosiguió Faile—. Reunid carros, carretas, animales de carga, y cargadlos con lo que quiera que creáis que necesitaremos. ¡Aprisa! —La gente se puso en movimiento. Corrió—. No, tú quédate, Aldin. Habrá que llevar en brazos a Maighdin. Tú quédate también, Alliandre. Y Arrela. Lacile va a necesitar un hombro amigo en el que llorar un rato.

Perrin esbozó una sonrisa. Si su esposa se encontrase en medio de una casa en llamas se pondría a organizar tranquilamente la extinción del fuego. Y ella también ayudaría a apagarlo. Se agachó y limpió la hoja del cuchillo en la chaqueta del hombre de ojos verdes antes de enfundarlo. El martillo también necesitaba una buena limpieza. Procuró no pensar qué era lo que estaba dejando pringado en la chaqueta del hombre. El fuego se apagaba en su sangre. Ya no quedaba emoción, sólo cansancio, y las heridas empezaban a dolerle.

—¿Querrás mandar a alguien a la fortaleza para que Ban y Seonid sepan que ya pueden salir? —pidió mientras deslizaba el mango del martillo por la trabilla del cinturón.

Faile lo miró fijamente, asombrada.

—¿Que están en la fortaleza? ¿Cómo? ¿Por qué?

—¿Alyse no te lo dijo? —Nunca había tenido un genio pronto, le había costado enfadarse hasta que raptaron a Faile. Ahora sintió que la rabia bullía en su interior como burbujas de hierro al rojo blanco—. Dijo que os llevaría con ella cuando se marchara, pero prometió decirte que fueseis a la fortaleza cuando divisarais niebla en las cumbres de los cerros y oyeseis aullar de día a los lobos. Juraría que lo prometió sin rodeos. Maldición, no se puede confiar un ápice en las Aes Sedai.

Faile echó una ojeada a los montes de poniente, donde la espesa niebla seguía agarrada, e hizo una mueca.