—Una extraordinaria arma esos arcos vuestros —dijo arrastrando las palabras mientras miraba a los hombres de Dos Ríos—. Ojalá tuviésemos unos arcos iguales. Kirklin me dijo dónde encontraros, milord. Han empezado a rendirse. Los hombres de Masema resistieron hasta el borde del suicidio. Casi todos están muertos o moribundos, creo. Y las damane convirtieron las crestas de esas elevaciones en una trampa mortal en la que sólo un demente se habría metido. Lo mejor es que las sul’dam ya han puesto el a’dam a más de doscientas mujeres. Esa «infusión fría» vuestra bastó para que la mayoría fuera incapaz siquiera de ponerse de pie sin ayuda. Tendré que mandar que envíen to’raken para sacarlas de aquí por aire.
Seonid hizo un ruido gutural. Mantenía el semblante sosegado, pero su efluvio era de una ira afilada como una daga. Miraba a Tylee como si quisiera abrir un agujero a través de la oficial. La seanchan no le prestó la menor atención excepto para sacudir ligeramente la cabeza.
—Después de que mi gente y yo nos hayamos marchado —dijo Perrin, El acuerdo lo había hecho con ella. No quería correr el riesgo de ponerlo a prueba con cualquier otra persona—. ¿Qué más bajas ha habido aparte de los hombres de Masema?
—Escasas —contestó Tylee—. Entre vuestros arqueros y las damane realmente no lograron acercarse a nosotros. Jamás había visto que los planes de una batalla salieran tan a pedir de boca, sin contratiempos. Si hemos sufrido un centenar de bajas entre los dos, me sorprendería.
Perrin se encogió. Suponía que ése era un número de bajas insignificante dadas las circunstancias, pero algunos de esos muertos serían hombres de Dos Ríos. Tanto si los conocía como si no, eran su responsabilidad.
—¿Sabéis dónde está Masema?
—Con lo que queda de sus tropas. De cobarde no tiene nada, eso hay que admitirlo. Él y sus doscientos… Bueno, ahora serán unos cien. Se abrieron camino a través de los Shaido hasta los cerros.
Perrin rechinó los dientes. Ese hombre se encontraba de nuevo rodeado de su chusma. Ahora sería su palabra contra la de Masema respecto al motivo por el que Aram había intentado matarlo y, en cualquier caso, no parecía probable que sus seguidores lo entregaran para que se lo sometiera a juicio.
—Debemos irnos de aquí antes de que los otros lleguen. Si los Shaido se enteran de que hay posibilidades de rescate con los refuerzos que se acercan tal vez decidan olvidar que se han rendido. ¿Quién es vuestra prisionera?
—Sevanna. —Fue Faile quien respondió con voz fría. Su efluvio a odio era casi tan intenso como cuando había hablado de Galina.
La mujer de cabello dorado se incorporó hacia atrás un poco y sacudió la cabeza para apartarse el pelo de la cara, y en el proceso se le cayeron más collares. Los ojos, que asestaban una mirada llena de odio a Faile, eran como fuego verde por encima del trapo que se había utilizado para amordazarla. Apestaba a ira.
—Sevanna de los Jumai Shaido. —La voz de Tylee rebosaba satisfacción—. Me lo dijo con gran orgullo. Tampoco ella es cobarde. Cuando la encontramos sólo llevaba encima una túnica de seda y las joyas, pero se las arregló para lancear a dos de mis altaraneses antes de que le quitara la lanza.
Sevanna gruñó debajo de la mordaza y se debatió como si quisiera arrojarse del caballo. Hasta que Tylee le azotó el trasero, mejor dicho. Después de eso se contentó con lanzar miradas feroces a cuantos tenía a la vista. Estaba bien proporcionada, aunque Perrin se dijo que no debería reparar en esos detalles estando allí su esposa. Sólo que Elyas le había dicho que ella esperaría que se diera cuenta de esas cosas, de modo que se obligó a observarla abiertamente.
—Reclamo el contenido de su tienda —anunció Faile, que le asestó una mirada penetrante. A lo mejor es que no debía hacerlo tan abiertamente—. Tiene un gran baúl de joyas allí y lo quiero. No me mires como un idiota, Perrin. Tenemos a cien mil personas a las que alimentar, vestir y ayudar a regresar a sus hogares. Cien mil como mínimo.
—Quiero ir con vos, milady, si me aceptáis —intervino el tipo joven que había sostenido en brazos a Maighdin—. Y no seré el único, si nos aceptáis.
—Vuestra esposa, supongo, milord —dijo Tylee, que miraba a Faile.
—Así es. Faile, permíteme presentarte a la oficial general Tylee Khirgan, al servicio de la emperatriz de Seanchan. —A lo mejor hasta él empezaba a pulirse un poco—. Oficial general, mi esposa, lady Faile ni Bashere t’Aybara. —Tylee inclinó la cabeza y Faile hizo una leve reverencia, inclinando aún menos la cabeza. Con cara sucia o sin ella su apariencia era regia. Un pensamiento que lo llevó a recordar la Corona Rota. La discusión respecto a ese asunto tendría que dejarse para más adelante. Sin duda sería una larga discusión. Creía que esta vez no iba a resultarle tan difícil alzar la voz, como aparentemente quería ella—. Y ella es Alliandre Maritha Kigarin, por la Gracia de la Luz reina de Ghealdan y Defensora del Muro de Garen. Y mi vasalla. Ghealdan se halla bajo mi protección. —Una estupidez decir tal cosa, pero no tenía más remedio que hacerlo.
—Nuestro acuerdo no abarcaba eso, milord —respondió Tylee con cautela—. Yo no decido dónde va el Ejército Invencible.
—Ahora lo sabéis, oficial general. Y decidles a quienes estén por encima de vos que no pueden tener Ghealdan. —Alliandre le sonrió de oreja a oreja, con tanto agradecimiento que le entraron ganas de reír. Luz, Faile también le sonreía. Con orgullo. Se frotó un lado de la nariz—. Realmente hemos de ponernos en marcha antes de que esos otros Shaido lleguen. No quiero encontrarme con ellos delante y con todos esos prisioneros detrás pensando en empuñar de nuevo una lanza.
Tylee soltó una risita divertida.
—Tengo algo más de experiencia con este pueblo que vos, milord. Una vez que se han rendido no volverán a combatir ni intentarán escapar durante tres días. Además, tengo a mis altaraneses haciendo grandes hogueras con sus lanzas y arcos, para mayor seguridad. Disponemos de tiempo para preparar nuestro despliegue. Milord, espero no tener que enfrentarme a vos en un campo de batalla —dijo mientras se quitaba el guantelete con el envés de acero de la mano derecha—. Me sentiré honrada si me llamáis Tylee. —Se inclinó y le tendió la mano.
Perrin sólo fue capaz de mirarla fijamente durante unos segundos. Qué mundo tan raro. Había acudido a ella pensando que iba a hacer un trato con el Oscuro, y la Luz sabía que algunas cosas que los seanchan hacían eran más que repulsivas, pero esa mujer era leal y fiel a su palabra.
—Yo soy Perrin, Tylee —dijo al tiempo que le estrechaba la mano. Un mundo realmente raro.
Despojándose de la ropa interior, Galina la echó encima de la túnica de seda y se agachó para coger el traje de montar que había sacado de las alforjas de Rauda. Era una prenda hecha para alguien ligeramente más grande que ella, pero bastaría hasta que pudiera vender una de las gotas de fuego.
—Quédate como estás, Lina —sonó la voz de Therava, y de repente Galina no habría sido capaz de erguirse aunque el bosque que la rodeaba estuviese en llamas. Pero sí podía chillar—. Y guarda silencio. —Se atragantó al tragarse el grito con un movimiento convulso de la garganta. Aun así todavía podía llorar, en silencio, y las lágrimas empezaron a caer en el mantillo del suelo del bosque. De repente recibió una fuerte bofetada—. De algún modo has conseguido la vara —dijo Therava—. En caso contrario no estarías aquí. Dámela, Lina.
Sería imposible ofrecer resistencia. Poniéndose derecha, Galina sacó la vara de las alforjas y se la tendió a la mujer de ojos de halcón mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.