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—Deja de lloriquear, Lina. Y ponte el collar y el cinturón. Tendré que castigarte por habértelos quitado.

Galina se encogió. Ni siquiera la orden de Therava hizo que cesara el flujo de lágrimas, y sabía que también se la castigaría por eso. El collar y el cinturón de oro salieron de las alforjas y le ciñeron cuello y talle. Se quedó de pie, vestida únicamente con las pálidas medias de lana y las flexibles botas blancas acordonadas; el peso del collar y del cinturón tachonados de gotas de fuego pareció suficiente para postrarla en el suelo. Los ojos se le quedaron prendidos en la vara que sostenían las manos de Therava.

—Tu montura servirá como animal de carga, Lina. En cuanto a ti, tienes prohibido volver a montar nunca más.

Tenía que haber un modo de conseguir de nuevo esa vara. ¡Tenía que haberlo! Therava no dejaba de darle vuelta y más vueltas entre las manos, tentándola.

—Deja de jugar con tu mascota, Therava. ¿Qué vamos a hacer? —Belinde, una esbelta Sabia con el cabello rubio tan aclarado por el sol que casi parecía blanco, se acercó a zancadas a Therava y los ojos de color azul claro se clavaron en ella con expresión enfurecida. El semblante huesudo parecía a propósito para esas miradas coléricas.

Fue entonces cuando Galina se dio cuenta por primera vez de que Therava no estaba sola. Varios centenares de hombres, mujeres y niños se agrupaban entre los árboles detrás de ellas; algunos hombres llevaban cargada al hombro una mujer, nada menos. Sintiendo que las mejillas le ardían, se tapó con las manos. Aquellos largos días de obligada desnudez no la habían acostumbrado a estar sin ropa delante de hombres. Entonces reparó en otra singularidad. Sólo había un puñado de algai’d’siswai, con estuches de arco a la espalda y aljabas colgadas a la cadera, pero todos, hombres y mujeres excepto las Sabias, llevaban al menos una lanza. También iban velados, ya fuera con un pañuelo o con un trozo de tela. ¿Qué podía significar eso?

—Regresamos a la Tierra de los Tres Pliegues —anunció Therava—. Enviaremos corredores para encontrar a todos los septiares con los que se pueda dar para decirles que abandonen a sus gai’shain de las tierras húmedas, que dejen todo lo que tengan que dejar y emprendan con sigilo el regreso a la Tierra de los Tres Pliegues. Reconstruiremos nuestro clan. Los Shaido resurgiremos del desastre al que Sevanna nos arrastró.

—¡Se tardarán generaciones en lograrlo! —protestó Modarra. Delgada y muy bonita, pero incluso más alta que Therava, tanto como la mayoría de los hombres Aiel, le hizo frente a Therava sin acobardarse. Galina no entendía cómo era capaz de hacerlo. Esa mujer hacía que uno se encogiera con una simple mirada.

—Entonces emplearemos generaciones —respondió firmemente Therava—. Emplearemos todo el tiempo que sea preciso. Y jamás volveremos a salir de la Tierra de los Tres Pliegues. —Su mirada se desvió hacia Galina, que se encogió—. Jamás volverás a tocar esto —le dijo a la par que alzaba un poco la vara—. Y nunca volverás a intentar huir de mí. Tiene una espalda fuerte. Cargadla y pongámonos en camino. Quizás intenten perseguirnos.

Cargada con odres, ollas y teteras hasta que casi se sintió como si fuera decentemente tapada, Galina avanzó tambaleante a través del bosque detrás de Therava. Era Galina Casban, Altísima del Ajah Rojo que ocupaba un asiento en el Consejo Supremo del Ajah Negro, e iba a ser el juguete de Therava durante el resto de su vida. Era la pequeña Lina de Therava. Durante el resto de su vida. Lo sabía en lo más hondo de su ser. Las lágrimas se deslizaron, silenciosas, por sus mejillas.

31

La casa en la calle de la luna llena

Han de permanecer juntas —dijo firmemente Elayne—. Vosotras dos no deberíais salir solas, dicho sea de paso. Siempre tres o cuatro juntas a cualquier parte de Caemlyn. Es la única forma de estar a salvo.

Sólo dos de las lámparas de pie con espejos se hallaban encendidas, y las seis llamas llenaban la sala de una luz tenue y de olor a azucenas —se había estropeado tanto aceite de lámpara que ahora siempre estaba perfumado— pero un fuego crepitante en el hogar empezaba a quitar la frialdad de primeras horas de la mañana.

—Hay ocasiones en las que una mujer desea tener un poco de intimidad —repuso sosegadamente Sumeko, como si no acabara de morir otra Allegada por querer tener intimidad. Al menos la voz le sonaba tranquila, pero las manos regordetas alisaban la falda azul oscuro.

—Si no les metes el miedo en el cuerpo, Sumeko, lo haré yo —dijo Alise, cuyo semblante, por lo general apacible, tenía una expresión severa. Parecía la mayor de las dos, con las hebras grises en el cabello en contra del lustroso pelo negro que caía sobre los recios hombros de Sumeko, si bien era más joven por más de doscientos años. Alise había sido intrépida cuando cayó Ebou Dar y se vieron obligadas a huir de los seanchan, pero también movió las manos sobre la falda marrón.

Hacía mucho que a Elayne se le había pasado la hora de acostarse marcada por Melfane, la sobrina de Essande; pero, aunque ahora se sentía cansada a todas horas, cuando se despertaba ya no podía volver a conciliar el sueño y la leche de cabra caliente tampoco la ayudaba. La leche de cabra caliente sabía peor aún que fría. ¡Iba a hacer que el puñetero Rand al’Thor bebiera leche de cabra caliente hasta que se le saliera por las orejas! En cuanto descubriera qué le había hecho tanto daño para que sintiera una ligera sacudida de dolor mientras que todo lo demás en aquel pequeño nudo en el fondo de la mente que era él continuaba tan difuso y ambiguo como una piedra. Desde entonces todo había vuelto a ser como piedra, de modo que se encontraba bien, aunque algo lo había malherido hasta el punto de que ella lo había sentido. ¿Y por qué Viajaba tan a menudo? Un día se encontraba lejos, al sudeste, y al siguiente en el noroeste y todavía más lejos, y al otro en cualquier otra parte. ¿Estaba huyendo de quienquiera que lo hubiera herido? Sin embargo, ella tenía sus propias preocupaciones ahora.

Incapaz de dormir y agitada, se había vestido con lo primero que tenía a mano, un traje de montar gris, y había ido a dar un paseo para disfrutar de la quietud de palacio a esas horas de la madrugada, cuando incluso los criados estaban acostados y las titilantes llamas de las lámparas de pie era lo único que se movía en los pasillos aparte de ella. Ella y sus guardaespaldas, pero estaba aprendiendo a hacer caso omiso de su presencia. Disfrutó de la soledad hasta que se encontró con las dos mujeres y éstas le dieron la triste nueva que de otro modo no le habrían comunicado hasta el amanecer. Las había conducido de vuelta a su pequeña sala de estar a fin de discutir el asunto tras una salvaguardia contra oídos indiscretos.

Sumeko rebulló en el sillón y dirigió una mirada feroz a Alise.

—Reanne te permitía excederte, pero como Rectora, espero que…

—No eres la Rectora, Sumeko —la atajó fríamente la mujer más pequeña—. Aquí ostentas la autoridad, pero conforme a la Regla, el Círculo de Labores de Punto lo componen las trece mayores de nosotras en Ebou Dar. Ya no estamos en Ebou Dar, de modo que no hay Círculo de Labores de Punto.

El semblante redondo de Sumeko asumió la dureza del granito.

—Al menos admites que tengo autoridad.

—Y espero que hagas uso de ella para evitar que nos asesinen a más. Sugerir no basta, Sumeko, por mucha firmeza que pongas al sugerir. No basta.

—Discutir no nos llevará a ninguna parte —intervino Elayne—. Sé que estáis tensas. Yo también lo estoy. —Luz, tres mujeres asesinadas con el Poder Único en los últimos diez días, y probablemente otras siete más con anterioridad; eso era suficiente para ponerle los nervios de punta a un yunque—. Pero hablarnos bruscamente unas a otras es lo peor que podemos hacer. Sumeko, tienes que adoptar una postura firme. Me da igual lo mucho que cualquiera desee tener intimidad. Nadie, repito, nadie, puede estar sola ni un minuto. Alise, haz uso de tu persuasión. —Persuasión no era exactamente la palabra. Alise no persuadía. Simplemente esperaba que la gente hiciera lo que decía, cosa que ocurría casi siempre—. Convence a las demás de que Sumeko tiene razón. Entre las dos tenéis que…