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La puerta se abrió para dar paso a Deni, que la volvió a cerrar a su espalda e hizo una reverencia, una mano en el pomo de la espada y la otra sobre el largo garrote. Los yelmos y petos lacados en rojo y ribeteados en blanco se habían entregado el día anterior, y la corpulenta mujer había tenido una sonrisa en la cara desde que se había puesto los suyos, pero ahora mostraba una expresión solemne tras las barras de la visera.

—Disculpadme por interrumpiros, milady, pero hay una Aes Sedai que exige veros. Una Roja, a juzgar por el chal. Le dije que seguramente estaríais durmiendo, pero estaba dispuesta a entrar y despertaros ella misma.

Una Roja. Llegaban informes sobre la presencia de Rojas en la ciudad de vez en cuando, aunque no tan a menudo como en tiempos —la mayoría de las Aes Sedai que había en la ciudad no llevaba puesto el chal para de ese modo ocultar su Ajah—, mas ¿qué querría de ella una Roja? A buen seguro que todas sabían a estas alturas que apoyaba a Egwene y estaba contra Elaida. A menos que alguien quisiera finalmente pedirle cuentas por el pacto hecho con las mujeres de los Marinos.

—Dile que estoy…

La puerta se abrió de nuevo y golpeó a Deni en la espalda, quitándola de en medio. La mujer que entró, el chal con bordados de enredaderas echado por los brazos de manera que los largos flecos rojos se lucían al máximo, era alta, delgada y de tez cobriza. Habría resultado guapa de no ser por llevar la boca tan apretada que hacía que los labios carnosos parecieran finos. El traje de montar era tan oscuro que podría pasar por negro, pero la pálida luz de las lámparas de espejos captaba tonalidades rojizas, y la falda pantalón llevaba cuchilladas de un intenso color rojo. Duhara Basaheen nunca ocultaba su Ajah. Otrora, Sumeko y Alise se habrían puesto de pie rápidamente y le habrían hecho una reverencia adecuada a una Aes Sedai, pero ahora continuaron sentadas, observándola. Deni, normalmente apacible —al menos en apariencia— arrugó el entrecejo y toqueteó el garrote.

—Veo que lo que se cuenta sobre que estás reuniendo espontáneas es verdad —dijo Duhara—. Es una pena. Vosotras dos, fuera. Quiero hablar con Elayne en privado. Si sois listas, os marcharéis esta noche en direcciones distintas; y decidles a las otras que hagan lo mismo. La Torre Blanca ve con malos ojos que se agrupen espontáneas. Y cuando la Torre ve con malos ojos algo, se sabe que hasta los tronos han temblado.

Ni Sumeko ni Alise se movieron. De hecho, Alise enarcó una ceja.

—Pueden quedarse —replicó fríamente Elayne. Henchida de Poder, no había cambios repentinos en sus emociones, sino que permanecían firmes en una gélida ira—. Son bienvenidas aquí. Por otro lado, tú… Elaida intentó secuestrarme, Duhara. ¡Secuestrarme! Puedes irte.

—Una mala acogida la tuya, Elayne, cuando he venido a palacio tan pronto como llegué. Y tras un viaje que sería tan arduo de describir como de soportar. Andor siempre ha mantenido buenas relaciones con la Torre. La Torre tiene intención de procurar que lo sigan siendo. ¿Estás segura de que quieres que estas espontáneas oigan todo lo que tengo que decirte? Muy bien. Si insistes… —Se deslizó hacia uno de los aparadores tallados, encogió la nariz al ver la jarra de plata que contenía leche de cabra y se sirvió una copa del oscuro vino antes de acomodarse en una silla enfrente de Elayne. Deni hizo un gesto como si fuera a sacarla a rastras, pero Elayne sacudió la cabeza. La hermana domani no hizo caso de las Allegadas, como si hubiesen dejado de existir—. Se ha castigado a la mujer que te drogó, Elayne. Se la azotó delante de su propia tienda, con todo el pueblo como testigo. —Duhara dio un sorbo de vino mientras esperaba que respondiera.

Elayne siguió callada. Sabía muy bien que a Ronda Macura la habían azotado por fracasar y no por administrarle aquella infame infusión, pero decirlo habría hecho que Duhara se preguntara cómo lo sabía y eso podría conducir a cosas que tenían que permanecer ocultas. El silencio se alargó y finalmente la otra mujer decidió continuar.

—Has de saber que la Torre desea fervientemente que ocupes el Trono del León. A tal fin, Elaida me envía para que sea tu consejera.

A despecho de sí misma Elayne prorrumpió en carcajadas. ¿Que Elaida le enviaba una consejera? ¡Qué absurdo!

—Tengo Aes Sedai que me asesoran cuando necesito un consejo, Duhara. Tienes que saber que estoy en contra de Elaida. No aceptaría un par de medias de esa mujer.

—Tus supuestas consejeras son rebeldes, pequeña —manifestó en tono reprobador la Roja, que pronunció la palabra «rebeldes» con sumo desprecio. Gesticuló con la copa de vino—. ¿Por qué crees que hay tantas casas que se te oponen, tantas que no toman partido? Sin duda saben que no cuentas con el respaldo de la Torre. Conmigo como tu consejera, eso cambiaría. Puede que consiguiera ponerte la corona en la cabeza antes de una semana. Como mucho, no debería tardar más de uno o dos meses.

Elayne sostuvo la mirada de la otra mujer con otra firme, impasible. Deseaba apretar los puños, pero mantuvo las manos posadas sobre el regazo, relajadas.

—Aun en el caso de que fuera así, te rechazaría. Espero recibir algún día la noticia de que Elaida ha sido depuesta. La Torre Blanca volverá a estar unida y entonces nadie podrá decir que no tengo su respaldo.

Duhara contempló el vino de su copa unos instantes, el rostro la viva imagen de la serenidad Aes Sedai.

—No todo irá como la seda para ti —dijo, como si Elayne no hubiese hablado—. Ésta es la parte que pensé que no te gustaría que oyeran las espontáneas. Y esa guardia. ¿Acaso cree que voy a atacarte? Da igual. Una vez que la corona repose firmemente en tu cabeza, tendrás que nombrar una regente porque entonces habrás de regresar a la Torre a fin de completar tu entrenamiento y finalmente pasar la prueba del chal. No has de temer que se te azote como a una fugitiva. Elaida acepta que Siuan Sanche te ordenó abandonar la Torre. Tu pretensión de ser Aes Sedai, sin embargo, ya es otro asunto. Por eso pagarás con tus lágrimas. —Sumeko y Alise rebulleron y Duhara hizo que reparaba en ellas de nuevo—. Ah, ¿de modo que no sabíais que Elayne en realidad es sólo una Aceptada?

Elayne se puso de pie y miró duramente a Duhara desde arriba. Por lo general, alguien sentado daba la impresión de tener ventaja sobre quien estuviera de pie, pero consiguió endurecer más la mirada y hacer más duro aún el timbre de voz. ¡Cómo ansiaba abofetear a esa mujer!

—Fui ascendida a Aes Sedai por Egwene al’Vere, el día que ella misma fue ascendida a Sede Amyrlin. Elegí el Ajah Verde y fui admitida en él. Jamás vuelvas a decir que no soy Aes Sedai, Duhara. ¡Así me abrase si lo consiento sin hacer nada!

Las comisuras de la boca de Duhara se inclinaron hacia abajo hasta que los labios parecieron un corte en la cara.

—Piensa, y te darás cuenta de la realidad de tu situación —dijo finalmente—. Piénsalo bien, Elayne. Hasta un ciego vería lo mucho que me necesitas a mí y contar con la bendición de la Torre Blanca. Volveremos a hablar de todo más tarde. Haz que alguien me conduzca a mis aposentos. Estoy deseando acostarme.

—Tendrás que buscar habitación en una posada, Duhara. Todas las camas de palacio ya están ocupadas, y en cada una duermen tres o cuatro personas. —Aunque hubiese camas libres a docenas, no le habría ofrecido una a la Roja. Le dio la espalda y fue a la chimenea, donde se quedó calentándose las manos. El dorado reloj de péndulo que había sobre la repisa de mármol con volutas talladas tocó tres veces. Tal vez las mismas horas que faltaban para que amaneciera—. Deni, encárgate de que alguien escolte a Duhara hasta las puertas.

—No te librarás de mí tan fácilmente, pequeña. Nadie deja a un lado a la Torre Blanca tan fácilmente. Piensa, y verás que soy tu única esperanza.