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—Somos cuatro —le dijo Elayne—. Podemos guardarnos las espaldas. Y las hermanas no piden a sus Guardianes que se enfrenten a otras hermanas. —El semblante de Birgitte se ensombreció—. Si te necesito, gritaré tan fuerte que podrás oírme aunque estuvieras de vuelta en palacio. ¡Los Guardianes se quedan fuera! —añadió cuando Birgitte abrió la boca. El vínculo rebosó frustración, pero la arquera cerró la boca con un chasquido.

—Quizás este hombre sea de fiar —arguyó Sareitha a la par que echaba un vistazo a Hark con evidente desconfianza—, pero incluso si oyó bien nada nos indica con seguridad que sólo hay dos hermanas en la casa. O alguna. Si se han marchado, no hay peligro, pero si se les han unido otras tanto daría si metiésemos el cuello en un lazo corredizo y bajáramos la trampilla nosotras mismas.

—El peligro es demasiado grande —convino Careane, que asintió con la cabeza y se cruzó de brazos—. Tú misma nos contaste que cuando huyeron de la Torre se llevaron varios ter’angreal robados, algunos realmente peligrosos. Jamás me han llamado cobarde, pero no me apetece intentar acercarme furtivamente a alguien que podría tener una vara que creara fuego compacto.

—Este hombre difícilmente puede haber oído mal algo tan simple como «que sólo seamos dos» —replicó Elayne con firmeza—. Y hablaban como si no esperaran a más. —Maldición. Teniendo en cuenta su posición respecto a ellas, tendrían que haber corrido a obedecer en lugar de discutir sus decisiones—. En cualquier caso, éste no es un asunto para debatir. —Lástima que las dos se hubieran opuesto. De haberlo hecho sólo una podría haber sido una pista. A menos que las dos pertenecieran al Ajah Negro. Un pensamiento tan helador que su frío llegaba a los huesos, pero su plan tenía en cuenta tal posibilidad—. Falion y Marillin no sabrán que vamos hasta que sea demasiado tarde. Si se han marchado, arrestaremos a la tal Shiaine, pero iremos allí.

La comitiva que los seguía a Hark y a ella al salir de las Cuadras Reales era más numerosa de lo que Elayne había esperado. Birgitte había insistido en llevar cincuenta mujeres de la guardia, aunque lo único que harían sería perder horas de sueño; con los yelmos y petos lacados en rojo, negros en la noche, marcharon en una columna de a dos que serpenteó a lo largo de los muros detrás de Aes Sedai y Guardianes. Al llegar a la fachada bordearon la plaza de la Reina, el gran óvalo abarrotado ahora de toscos refugios que albergaban hombres de la guardia y mesnaderos dormidos. Las tropas estaban alojadas en cualquier sitio en el que hubiera un hueco, pero no había suficientes cuartos disponibles en sótanos y áticos cerca de palacio y de los parques adonde los círculos de Allegadas llevarían a los hombres allí donde hicieran falta. La lucha que realizaban era a pie, en las murallas, de modo que los caballos se hallaban todos encerrados en parques cercanos y en los amplios jardines de palacio. Unos cuantos centinelas rebulleron al verlos pasar y giraron la cabeza para seguirlos con la mirada, pero Elayne llevaba la capucha bien echada, de modo que sólo supieron con seguridad que una partida de guardias escoltaba a un grupo en medio de la noche. El cielo seguía oscuro por el este, si bien debían de faltar menos de dos horas para que apuntara el alba. Quisiera la Luz que el amanecer viera a Falion y a Marillin bajo custodia. Y una más. Al menos una más.

Las calles serpenteantes los condujeron por encima y alrededor de las colinas; pasaron ante torres estrechas cubiertas de azulejos que relucirían con un centenar de colores cuando el sol alumbrara y que incluso brillaban tenuemente a la luz de la luna moteada por las nubes, dejaron atrás tiendas silenciosas y posadas a oscuras; simples casas de piedra con tejados de pizarra y palacetes que no habrían desentonado en Tar Valon. El repicar de las herraduras de los caballos sobre los adoquines y el débil crujir del cuero de las sillas hacían mucho ruido en el silencio. A excepción de alguno que otro perro que se escabullía en las densas sombras de los callejones, no se movía nada. Las calles eran peligrosas a esas horas, pero ningún asaltante estaría tan loco como para salir al paso a un grupo tan grande. Media hora después de haber salido de palacio, Elayne condujo a Fogoso a través de la puerta de Mondel, un ancho arco de veinte pies de altura, en la muralla blanca de la Ciudad Interior. Otrora allí había habido guardias de servicio para mantener el orden, pero ahora estaban repartidos por las murallas y no se podía prescindir de ninguno de ellos para tal menester.

Tan pronto como entraron en la Ciudad Nueva, Hark giró al este, hacia un laberinto de calles que serpenteaban en todas direcciones a través de las colinas de la ciudad. El hombre montaba torpemente una yegua albazana que habían buscado para él. Los cortabolsas no subían mucho a una silla de montar. Allí algunas callejas eran muy angostas y fue en una de ellas donde el hombre tiró finalmente de las riendas para frenar; en derredor se alzaban casas de piedra de dos, tres o hasta cuatro plantas. Birgitte alzó una mano para que la columna parara. El repentino silencio pareció ensordecedor.

—Está justo al doblar esa esquina, milady, al otro lado de la calle —informó Hark en un susurro—, pero si llegamos a caballo hasta allí podrían vernos u oírnos. Disculpad, milady, pero si esas Aes Sedai son lo que decís que son, no quiero que me vean. —Desmontó desmañadamente y alzó la vista hacia Elayne al tiempo que se retorcía las manos; el semblante tenía una expresión de ansiedad bajo el claroscuro de la luna.

Elayne se bajó de Fogoso y condujo al caballo hasta la esquina de una casa estrecha de tres pisos, por la que se asomó con precaución. Las casas situadas al otro lado de la calle estaban a oscuras excepto una, un sólido edificio de piedra con cuatro plantas, junto a la puerta cerrada de un patio de cuadras. No se trataba de un edificio ornamentado, pero sí lo bastante grande para que perteneciera a un mercader acaudalado o un banquero. Sin embargo, ni banqueros ni mercaderes solían estar despiertos a esas horas.

—Allí —susurró Hark con voz enronquecida, a la par que señalaba. Se había quedado bastante apartado de la esquina, de modo que tuvo que echarse hacia adelante para apuntar con el dedo la casa. Realmente tenía miedo de que lo vieran—. Es la que tiene luz en el segundo piso.

—Más vale que nos aseguremos y comprobemos si hay alguien más despierto ahí —dijo Vandene, que se había acercado a Elayne y atisbaba por la esquina—. Jaem… No entres en la casa.

Elayne esperaba que el delgado y viejo Guardián cruzara a hurtadillas la calle, pero el hombre se limitó a echar a andar, con la capa bien ceñida para resguardarse del frío de la madrugada. Parecía haber perdido incluso la peligrosa gracia de un Guardián. Vandene debió de notar su sorpresa.

—Andar a hurtadillas despierta recelos y atrae miradas —explicó—. Jaem no es más que un hombre que va de paso, y si es pronto para andar por las calles no lo hace furtivamente, de modo que si alguien lo ve pensará que tiene algún motivo normal y corriente para estar fuera de su casa.

Al llegar a la puerta de las cuadras, Jaem la abrió y la cruzó como si estuviera en su derecho de hacerlo. Transcurrieron largos minutos antes de que volviera a salir, cerrara cuidadosamente la puerta tras él y echara a andar de vuelta calle adelante. Giró en la esquina y la gracia felina reapareció en su modo de caminar.

—Todas las ventanas están a oscuras salvo ésa —le dijo a Vandene en voz queda—. La puerta de la cocina no tiene echado el cerrojo. Lo mismo que la puerta trasera. Ésa da a un callejón. Muy confiadas, para ser Amigas Siniestras. O, de lo contrario, lo bastante peligrosas para que no les preocupen los ladrones. Hay un tipo grandullón durmiendo en el sobrado del establo. Es lo bastante grande para asustar a cualquier ladrón, pero está tan ebrio que no se despertó mientras lo ataba. —Vandene enarcó una ceja en un gesto interrogante—. Me pareció que sería lo mejor. Los borrachos se despiertan a veces cuando uno menos se lo espera. No habríais querido que os viera entrar y se pusiera a meter jaleo. —La Aes Sedai asintió con la cabeza en un gesto de aprobación.