—Es hora de prepararnos —dijo Elayne. Se apartó de la esquina, le tendió las riendas a Birgitte, e intentó abrazar la Fuente. Fue como intentar atrapar humo con los dedos. La frustración y la rabia la inundaron, justo todo lo que era menester suprimir si se quería encauzar. Volvió a intentarlo y de nuevo fracasó. Falion y Marillin iban a escapar. Llegar tan cerca y… Tenían que estar en el cuarto que había luz. Lo sabía. E iban a escapar. La tristeza sustituyó a la cólera, y de repente el saidar fluyó en su interior. Contuvo un suspiro de alivio a duras penas—. Yo combinaré los flujos, Sareitha. Vandene, tú haz lo mismo con Careane.
—No entiendo por qué hemos de coligarnos —masculló la Marrón teariana, pero se puso al borde de abrazar el Poder—. Siendo sólo dos y nosotras cuatro, las superamos, pero coligadas será dos contra dos.
¿Un indicio? ¿Sería que quería que fueran tres contra tres?
—Dos lo bastante fuertes para dominarlas aun cuando estuvieran abrazando el Poder, Sareitha. —Elayne tanteó a través de ella como si fuese un ter’angreal y el brillo del saidar envolvió a la otra mujer cuando la coligación se completó. A decir verdad, las envolvió a las dos, pero Elayne sólo podía ver la parte que rodeaba a Sareitha… hasta que tejió Energía en torno a la otra mujer, y el brillo desapareció. A continuación hizo lo propio consigo misma y preparó cuatro escudos y otros cuantos tejidos, todos invertidos. Casi se sentía mareada por la excitación, pero no estaba dispuesta a que la pillaran por sorpresa. A través del vínculo todavía le llegaba la frustración en Birgitte, pero en todo lo demás la mujer era como una flecha encajada en la cuerda tirante del arco. Elayne le tocó el brazo—. No nos pasará nada. —Birgitte resopló y se echó la gruesa trenza hacia atrás—. No le quites ojo a maese Hark, Birgitte. Sería una pena que hubiera que ahorcarlo porque se dejó llevar por la tentación de huir.
Hark emitió una especie de gemido chirriante. Elayne intercambió una mirada con Vandene.
—Más vale que nos pongamos a ello —dijo ésta.
Las cuatro echaron a andar calle de la Luna Llena adelante, despacio, como si fueran de paseo, y se deslizaron en el patio de cuadras envueltos en sombras. Elayne abrió lentamente la puerta de la cocina, pero las bisagras estaban bien engrasadas y no chirriaron. La cocina de paredes de ladrillo sólo tenía la luz de un pequeño fuego en el ancho hogar de piedra, donde un hervidor echaba vapor, pero bastó para cruzar el suelo sin tropezar contra la mesa o las sillas. Alguien suspiró y Elayne se llevó un dedo admonitorio a los labios. Vandene dirigió una mirada ceñuda a Careane, que pareció avergonzada y se disculpó con un ademán.
Un pequeño recibidor llevaba a una escalera en la parte delantera de la casa. Recogiéndose la falda, Elayne empezó a subirla en silencio gracias a los flexibles escarpines. Fue con cuidado para tener a Sareitha a la vista. Vandene hacía lo mismo con Careane. No podían hacer nada con el Poder, pero ello no significaba que no pudieran hacer nada. En el segundo descansillo se empezó a oír el murmullo de voces. La luz salía a raudales por una puerta abierta.
—… no me importa lo que penséis —decía una mujer en aquel cuarto—. Dejad que sea yo la que se ocupe de pensar y vosotras haced lo que se os dice.
Elayne se acercó a la puerta. Era una sala de estar, con lámparas de pie doradas y lujosas alfombras en el suelo, así como un hogar alto de mármol azul, pero ella sólo tenía ojos para las tres mujeres que había dentro. Sólo una de ellas, una mujer de rostro afilado, estaba sentada. Debía de ser Shiaine. Las otras dos se encontraban de pie, de espaldas a la puerta, la cabeza agachada con aire contrito. Los ojos de la mujer de rostro afilado se abrieron de par en par al verla en el umbral, pero Elayne no le dio tiempo a decir palabra. Las dos hermanas Negras gritaron alarmadas cuando los escudos las aislaron del Poder y unos flujos de Aire les ciñeron los brazos contra los costados y apretaron las faldas alrededor de las piernas. Más flujos de Aire ataron a Shiaine al sillón dorado.
Elayne arrastró consigo a Sareitha al interior del cuarto y la situó donde podía ver las caras de las tres mujeres. Sareitha intentó retroceder. Era posible que sólo quisiera dejarle la posición predominante, pero Elayne volvió a asirla de la manga para que también se la viera. Vandene y Careane se les unieron. El estrecho rostro de Marillin mantenía la calma Aes Sedai, pero Falion gruñía en silencio.
—¿A qué viene esto? —demandó Shiaine—. Os reconozco. Sois Elayne Trakand, heredera del trono, pero eso no os da derecho a invadir mi casa y atacarme.
—Falion Bhoda —empezó tranquilamente Elayne—, Marillin Gemalphin, Shiaine Avarhin, os arresto por Amigas Siniestras. —Bueno, su voz sonaba tranquila, pero por dentro estaba deseando brincar de alegría. ¡Y Birgitte creía que sería peligroso!
—Eso es ridículo —replicó Shiaine con voz gélida—. ¡Camino bajo la Luz!
—Si camináis con estas dos, no —le contestó Elayne—. Sé a ciencia cierta que demostraron pertenecer al Ajah Negro en Tar Valon, Tear y Tanchico. No las habéis oído negarlo, ¿verdad? Eso es porque saben que…
De repente unas chispas la envolvieron desde la cabeza a los pies. Se retorció, indefensa, mientras los espasmos le sacudían los músculos y perdía contacto con el saidar. Vio que Vandene, Careane y Sareitha se sacudían con las chispas que parpadeaban también a través de ellas. Sólo duró un momento, pero cuando las chispas desaparecieron Elayne se sentía como si la hubieran pasado por un escurridor de ropa. Tuvo que sujetarse a Sareitha para sostenerse de pie, y Sareitha se asía a ella con igual afán. Vandene y Careane se sostenían la una a la otra, tambaleantes, ambas con la barbilla sobre el hombro de la otra. Falion y Marillin tenían un gesto de sobresalto, pero la luz del Poder las envolvió en cuestión de segundos. Elayne sintió el escudo cerrarse sobre ella, vio cómo otros escudos se ceñían sobre las otras tres. No hacía falta que las inmovilizaran. Cualquiera de ellas se habría desplomado de no tener apoyo. Elayne habría gritado de haber sido capaz. Si hubiera creído que Birgitte y los demás podrían hacer algo más que morir.
Cuatro mujeres a las que reconoció entraron en la sala. Asne Zeramene y Temaile Kinderode. Chesmal Emry y Eldrith Johndar. Cuatro hermanas Negras. Habría querido llorar. Sareitha gimió quedamente.
—¿Por qué tardasteis tanto? —demandó Asne a Falion y a Marillin. Los oscuros y rasgados ojos de la saldaenina denotaban ira—. Utilicé esto para que no nos sintieran abrazar el saidar, pero ¿por qué os quedasteis ahí plantadas, sin hacer nada? —Agitó una pequeña vara curvada y negra, de una pulgada más o menos de diámetro, que tenía un extraño aspecto deslustrado. El objeto parecía fascinarla—. Es un «regalo» de Moghedien. Un arma de la Era de Leyenda. Puedo matar a un hombre a cien pasos de distancia con esto, o simplemente dejarlo sin sentido si quiero someterlo a interrogatorio.
—Yo puedo matar a un hombre si lo veo —comentó desdeñosamente Chesmal. Alta y atractiva, era la viva imagen de la fría arrogancia.
Asne inhaló por la nariz de manera ruidosa.