Dos filas de mujeres de la guardia hacían prácticas de esgrima en el patio de las Cuadras Reales cuando entró a galope, pero las hojas de tablillas dejaron de chocar entre sí cuando desmontó de un salto, dejó caer las riendas de Flecha y corrió hacia la columnata.
—¡Hadora, ve corriendo a decirles a las Detectoras de Vientos que se reúnan conmigo en el Salón del Mapa ahora mismo! —gritó sin detenerse—. ¡Todas ellas! ¡Sanetre, ve a buscar al capitán Guybon y dile lo mismo! ¡Y ensilladme otro caballo! —Flecha ya estaba agotado para todo el día. Para entonces ya había dejado atrás las columnas, pero no miró a su espalda para ver si la obedecían. Estaba segura de que sí.
Corrió por los pasillos adornados con tapices y subió a saltos escalinatas de mármol, se perdió y empezó a soltar improperios mientras volvía sobre sus pasos a todo correr. Hombres y mujeres con uniforme del servicio se quedaban boquiabiertos a la par que se apartaban para esquivarla. Por fin llegó a las puertas con los leones tallados del Salón del Mapa, donde sólo hizo una pausa para decirles a los dos fornidos guardias que se hallaban de servicio que dejaran entrar a las Detectoras de Viento en cuanto llegaran, y después entró. Guybon ya se encontraba allí, con el peto bruñido y los tres nudos dorados en el hombro, y también estaba Dyelin, que recogía delicadamente la falda azul de seda cuando se movía, ambos mirando ceñudos el enorme mapa de mosaico en el que más de una docena de discos rojos señalaban la muralla septentrional de la ciudad. Nunca se habían dado tantos ataques a la vez, ni siquiera diez, pero Birgitte sólo dedicó a los discos una ojeada de pasada.
—Guybon, necesito todos los jinetes y todos los alabarderos que puedas reunir —dijo al tiempo que desabrochaba el pasador de la capa y echaba la prenda sobre el largo escritorio—. Los ballesteros y arqueros tendrán que vérselas ellos solos con lo que quiera que surja a lo largo de unas pocas horas. A Elayne la han capturado unas Aes Sedai Amigas Siniestras que están intentando sacarla de la ciudad. —Algunos de los escribanos y mensajeros empezaron a hablar en voz baja, pero la señora Harfor los hizo callar con una seca orden de que se ocuparan de su trabajo. Birgitte observó el colorido mapa del suelo, calculando distancias. Parecía que Elayne se movía hacia la Puerta del Amanecer y la calzada que conducía al río Erinin; pero, aun en el caso de que utilizaran una de las puertas más pequeñas, había llegado demasiado lejos ya para pensar en algo más cercano que la muralla oriental—. Probablemente la habrán pasado por la puerta para cuando estemos preparados para ponernos en marcha. Vamos a Viajar justo a este lado de las elevaciones al este de la ciudad. —Y afrontar lo que quiera que fuera a pasar alejados de las calles, alejados de los hogares de la gente; con jinetes y alabarderos apelotonados habría mucha gente por en medio y la probabilidad de que ocurrieran accidentes sería muy alta.
Guybon asintió con la cabeza a la par que empezaba a dictar órdenes concisas que escribientes de uniforme marrón caligrafiaban con premura para que las firmara y después las pasaban a los jóvenes mensajeros de uniforme rojo y blanco, que partían a todo correr nada más tener el papel en la mano. Los semblantes de los chicos denotaban que estaban asustados. Birgitte no tenía tiempo para permitirse sentir miedo. Elayne no lo sentía y estaba prisionera. El vínculo transmitía tristeza, pero miedo no.
—Ni que decir tiene que es preciso rescatar a Elayne —intervino sosegadamente Dyelin—, pero dudo que os lo agradezca si por ello entregáis Caemlyn a Arymilla. Sin contar los hombres situados en las torres y los que defienden las puertas, casi la mitad de los soldados y mesnaderos entrenados que hay en la ciudad se encuentran en la muralla septentrional. Si dejáis las otras zonas desprotegidas al despojarlas de defensores, el siguiente ataque pondrá en manos del enemigo una sección de la muralla. No se los detendrá sólo con dardos de ballesta y flechas. Una vez que se hayan apoderado de eso, las fuerzas de Arymilla entrarán a raudales en la ciudad, y eso bastará para aplastar a las tropas que planeáis dejar. De un plumazo habréis conseguido que se cambien las tornas, y para peor. Arymilla tendrá Caemlyn y Elayne estará fuera sin mesnaderos suficientes para volver a entrar. A menos que esas Amigas Siniestras hayan conseguido de algún modo meter clandestinamente un ejército en la ciudad, unos pocos cientos de hombres servirán igual que unos miles.
Birgitte le asestó una mirada ceñuda. No había conseguido que Dyelin le cayera bien en ningún momento. No sabía exactamente por qué, pero Dyelin la había encrespado a primera vista. Tenía casi la certeza de que a la otra mujer le ocurría lo mismo con ella. No podía decir «blanco» sin que ella dijera «negro».
—Vos ocupaos de conseguir el trono para Elayne, Dyelin, que yo me ocuparé de que no le pase nada para que se siente en él. O no. Lo importante es que siga viva. Le debo mi vida y no permitiré que la suya se consuma poco a poco en manos de unas Amigas Siniestras.
Dyelin aspiró sonoramente por la nariz y volvió a examinar los discos rojos como si pudiera ver a los soldados combatiendo; el ceño le acentuaba las arrugas de los rabillos de los ojos. Birgitte enlazó fuertemente las manos a la espalda y se obligó a permanecer inmóvil aunque la impaciencia la apremiaba a pasear de un lado para otro. Elayne todavía avanzaba lentamente en algún tipo de carruaje hacia la Puerta del Amanecer.
—Hay algo que has de saber, Guybon. Nos enfrentamos a dos Aes Sedai como mínimo, seguramente a más, y puede que tengan un arma, un ter’angreal, que crea fuego compacto. ¿Has oído hablar de ello alguna vez?
—Nunca. Pero suena peligroso.
—Oh, es que lo es. Lo bastante peligroso para que las Aes Sedai prohibieran su uso. En la Guerra de la Sombra hasta los Amigos Siniestros dejaron de utilizarlo. —Soltó una áspera risa. Actualmente todo lo que sabía sobre el fuego compacto era lo que Elayne le había contado. Los conocimientos habían procedido de sí misma en primer lugar, pero eso sólo empeoraba las cosas. ¿Acabarían desapareciendo todos sus recuerdos? No creía haber perdido ninguno últimamente, pero ¿cómo podía saberlo? Recordaba fragmentos de la fundación de la Torre Blanca, cosas sueltas de lo que Gaidal y ella habían hecho para ayudar a que se fundara, pero nada previo a esa fecha. Todos sus recuerdos más antiguos eran humo de ayer.
—Bueno, al menos tendremos Aes Sedai nuestras —comentó Guybon al tiempo que firmaba otra orden.
—Todas han muerto excepto Elayne —dijo Birgitte de plano. No había forma de dorar esa píldora. Dyelin ahogó una exclamación y el rostro se le quedó pálido. Una de las escribientes se llevó las manos a la boca y otro tiró su tintero. La tinta se extendió por el pupitre en un chorro negro que empezó a gotear en el suelo. En lugar de reprenderle, la señora Anford se sostuvo apoyando la mano en la mesa de otro escribiente—. Confío en poder compensar eso —prosiguió Birgitte—, pero no está en mi mano prometer nada salvo que hoy vamos a perder hombres. Puede que muchos.