Guybon se puso erguido. Su expresión era pensativa y sus ojos color avellana denotaban firmeza.
—Eso hará que el día sea más interesante —dijo finalmente—. Pero hemos de traer de vuelta a la heredera del trono, cueste lo que cueste.
Un hombre cabal, Charlz Guybon, y valiente. Lo había demostrado a menudo en las murallas. Pero demasiado guapo para su gusto, naturalmente. Birgitte se dio cuenta de que había empezado a pasear de un lado a otro por encima del mosaico y se paró. No sabía nada respecto a ser un general, por mucho que Elayne pensara otra cosa, pero sí sabía que denotar nerviosismo contagiaba a los demás. Elayne estaba viva y eso era lo único importante. Viva y alejándose un poco más a cada momento. La puerta de la izquierda se abrió y uno de los corpulentos guardias anunció que Julanya Fote y Keraille Surtovni habían vuelto. Guybon vaciló mientras miraba a Birgitte, pero al ver que ella no decía nada le contestó al hombre que las hiciera pasar.
Eran distintas, al menos en apariencia, si bien ambas llevaban un bastón para caminar. Julanya era rolliza y bonita, con hebras blancas en el oscuro cabello, en tanto que Keraille era baja y delgada, con verdes ojos rasgados y cabello pelirrojo y rizado. Birgitte se preguntó si ésos serían sus verdaderos nombres. Las Allegadas se cambiaban de nombre con tanta facilidad como otras mujeres se cambiaban de medias. Vestían sencillas ropas de paño, adecuadas para unas vendedoras ambulantes, cosa que las dos habían sido en el pasado; tanto la una como la otra eran excelentes observadoras y diestras en cuidar de sí mismas. Sabían salir de casi cualquier situación, pero los sencillos cuchillos de cinturón que llevaban no eran las únicas armas que portaban, y sorprenderían a un hombre fuerte con lo que eran capaces de hacer con esos bastones de caminar. Las dos hicieron una reverencia. Los bajos de la falda y de la capa de Julanya estaban húmedos y salpicados de barro.
—Ellorien, Luan y Abelle empezaron a levantar el campamento a primera hora de la mañana, milady —dijo—. Me quedé el tiempo justo para asegurarme de la dirección que tomaban, el norte, antes de venir a informar.
—Otro tanto ha ocurrido con Aemlyn, Arathelle y Pelivar, milady —añadió Keraille—. Vienen hacia Caemlyn.
Birgitte no tuvo que mirar el gran mapa extendido en la mesa con los marcadores. Dependiendo de lo embarradas que estuvieran las calzadas y la lluvia que tuvieran que afrontar llegarían a la ciudad por la tarde.
—Ambas habéis hecho un buen trabajo. Id a daros un baño caliente.
Una vez que las dos mujeres se hubieron marchado, Birgitte se volvió hacia Dyelin.
—¿Creéis que han cambiado de idea? —le preguntó.
—No —respondió la noble sin vacilar, tras lo cual suspiró y sacudió la cabeza—. Me temo que lo más probable es que Ellorien ha convencido a los otros para que la apoyen para ocupar el Trono del León. Puede que su plan sea derrotar a Arymilla y hacerse cargo del cerco. Tienen un cincuenta por ciento más de tropas que ella y el doble que nosotros. —Dejó eso último ahí. No hacía falta decir lo demás. Hasta usando a las Allegadas para desplazar a los hombres de un punto a otro sufrirían una gran presión para conservar la muralla contra tantos.
—Lo primero en conseguir traer de vuelta a Elayne, y después ya nos preocuparemos por esa pandilla —manifestó Birgitte. ¿Dónde puñetas se habían metido las Detectoras de Vientos?
No bien acababa de pensarlo cuando las Atha’an Miere entraron en el salón detrás de Chanelle en medio de un escandaloso arco iris de sedas. Sedas a excepción de Renaile, la última de la fila, que vestía lino; si bien la blusa roja que vestía con pantalón verde y fajín amarillo intenso le daban colorido de sobra, incluso Rainyn, una joven de mejillas redondas con sólo media docena de medallones de oro colgada a lo largo de la mejilla, hacía que la cadena de honor de Renaile pareciera vacía. El semblante de Renaile exhibía una expresión de estoica entereza.
—¡No me gusta que se me amenace! —declaró airadamente Chanelle mientras olisqueaba la cajita dorada de perfume que llevaba de una cadena de oro al cuello. Las oscuras mejillas estaban sofocadas—. ¡Esa guardia dijo que si no corría me patearía el…! Da igual lo que dijera. ¡Era una amenaza y no voy a…!
—A Elayne la han capturado Aes Sedai Amigas Siniestras —la interrumpió Birgitte—. Necesito que hagáis un acceso para los hombres que van a ir a rescatarla. —Un murmullo se alzó entre las otras Detectoras de Vientos. Chanelle hizo un ademán brusco, pero la única que se calló fue Renaile. Las otras se limitaron a bajar el tono a susurros, para el evidente desagrado de Chanelle. De acuerdo con los medallones que se amontonaban en las cadenas de honor, varias de ellas la igualaban en rango.
—¿Por qué nos has llamado a todas para abrir un acceso? —demandó—. Mantengo el pacto, puedes comprobarlo. He traído a todas, como ordenaste. Pero ¿por qué necesitas más de una?
—Porque entre todas vais a formar un círculo a fin de hacer un acceso tan grande que puedan cruzar miles de hombres y caballos. —Ésa era una de las razones.
Chanelle se puso muy tiesa, y no fue la única. Kurin, el semblante cual una roca negra, prácticamente temblaba de indignación, y Rysael, por regla general una mujer solemne, temblaba literalmente. Senine, con el rostro curtido por la exposición de la piel a los elementos y marcas antiguas que indicaban que otrora había lucido más de seis pendientes y más gordos, se toqueteó la daga enjoyada que llevaba metida en el fajín verde.
—¿Soldados? —inquirió Chanelle, indignada—. ¡Eso está prohibido! Nuestro pacto indica que no tomaremos parte en vuestra guerra. Zaida din Parede Ala Negra lo ordenó así, y ahora es la Señora de los Barcos, cargo que tiene más peso aún. Utiliza a las Allegadas. Utiliza a las Aes Sedai.
Birgitte se acercó a la mujer de piel oscura y la miró directamente a los ojos. Las Allegadas no servían para eso. Ninguna de ellas había usado jamás el Poder como arma. Puede que ni siquiera supiesen cómo hacerlo.
—Las otras Aes Sedai están muertas —dijo suavemente. Alguien soltó un gemido detrás, una de las escribientes—. ¿De qué valdrá vuestro pacto si perdemos a Elayne? Desde luego, Arymilla no lo cumplirá. —Hacer esas manifestaciones con voz tranquila le costó un gran esfuerzo. Tenía ganas de gritar de rabia, gritar de miedo. Necesitaba a esas mujeres, pero no podía dejar que supieran la razón o en caso contrario Elayne estaría irremediablemente perdida—. ¿Qué dirá Zaida si malográis su Compromiso con Elayne? —La mano tatuada de Chanelle hizo intención de llevar de nuevo la cajita de perfume a la nariz; entonces la dejó caer entre los numerosos collares enjoyados. Por lo que Birgitte sabía de Zaida din Parede, ésta se sentiría más que molesta con cualquiera que desbaratara ese pacto, y era evidente que Chanelle no quería arrostrar la ira de esa mujer, si bien sólo parecía pensativa.
—Está bien —dijo al cabo de un momento—. Pero sólo para el transporte. ¿Aceptado? —Se besó las yemas de los dedos de la mano derecha, dispuesta a cerrar el trato.
—Sólo tienes que hacer lo que quieras —contestó Birgitte, y se dio media vuelta—. Guybon, es hora de ponerse en marcha. Deben de tenerla en la puerta a estas alturas.
Guybon se ciñó la espada, cogió el yelmo y los guanteletes con el envés metálico, y la siguió a ella y a Dyelin fuera del Salón del Mapa; tras ellos iban las Detectoras de Vientos, con Chanelle insistiendo en voz alta que sólo crearía un acceso. Birgitte susurró instrucciones a Guybon antes de que el oficial echara a andar a zancadas hacia la fachada de palacio en tanto que ella se dirigía presurosa hacia las Cuadras Reales, donde encontró un castrado pardo con su silla y esperando, las riendas sujetas por una joven moza de cuadra que llevaba el pelo tejido en una trenza que apenas se diferenciaba de la suya. También encontró a las ciento veintiuna mujeres de la guardia, equipadas con armas y armadura. Subió al pardo e hizo un ademán para que la siguieran. El sol era una bola dorada suspendida sobre el horizonte en un cielo en el que sólo se veían unas pocas nubes blancas. Al menos no tendrían que luchar también contra la lluvia. Hasta una carreta podría escabullirse en un fuerte aguacero como los que últimamente se descargaban sobre Caemlyn.