Выбрать главу

Conail parecía desilusionado —seguramente se había visto dirigiendo una valiente carga— pero aferró las riendas y musitó algo que hizo que los dos chicos más jóvenes soltaran una risita.

—Combatiré mejor con mi caballo —protestó Catalyn—. Quiero ayudar a rescatar a Elayne.

—Viniste a ayudar a asegurarle el trono —espetó Dyelin—, e irás allí donde más falta haces para que tal cosa ocurra, o tú y yo tendremos otra conversación más tarde. —Significara lo que significara eso, la regordeta cara de Catalyn enrojeció, pero la muchacha siguió a Dyelin y a los otros cuando se marcharon, aunque con gesto hosco.

Guybon miró a Birgitte, pero siguió sin decir nada. Seguramente se preguntaba por qué no enviaba a más. No pondría en duda su autoridad en público. El problema era que no sabía cuántas hermanas Negras estarían con Elayne. Necesitaba a todas las Detectoras de Vientos, las necesitaba para que creyeran que todas hacían falta. De haber habido tiempo, habría dejado sin defensores las torres, incluso las puertas.

—Abrid el acceso —le dijo a Chanelle—. A este lado de las elevaciones al este de la ciudad, justo sobre la calzada al Erinin y mirando hacia la campiña en lugar de hacia la ciudad.

Las Detectoras de Vientos se agruparon en círculo e hicieron lo que tuvieran que hacer para coligarse y emplearon todo el puñetero tiempo que quisieron. De repente la línea vertical plateada de un acceso apareció y se amplió en una abertura de cinco pies de alto que cubría toda la anchura del terreno despejado. Al otro lado se veía una amplia calzada de tierra prensada que ascendía por la suave cuesta de un repecho de diez espanes de altura, en dirección al río Erinin. Arymilla tenía campamentos al otro lado de esa elevación. Considerando las nuevas, puede que estuviesen vacíos —lo estarían, con suerte— pero no podía preocuparse por eso ahora, de todos modos.

—¡Adelante y desplegaos de acuerdo con las órdenes! —gritó Guybon, que espoleó al alto zaino a través del acceso, seguido por los nobles reunidos y por los guardias, en columna de a diez. Los guardias empezaron a girar hacia la izquierda y se perdieron de vista, mientras los nobles ocupaban posiciones un poco más arriba del repecho. Algunos comenzaron a otear hacia la ciudad con los visores de lentes. Guybon desmontó y echó a correr, agazapado, para asomarse por lo alto del repecho y otear a través del suyo. Birgitte casi percibía la impaciencia de las guardias que esperaban detrás de ella.

—No necesitabais un acceso tan grande —dijo Chanelle mientras miraba con el ceño fruncido la columna de jinetes que pasaba a través de la abertura—. ¿Por qué…?

—Venid conmigo —la interrumpió Birgitte, que asió a la Detectora de Vientos por el brazo—. Quiero enseñaros algo. —Tirando de las riendas del pardo, empezó a arrastrar a la mujer hacia el acceso—. Podréis volver cuando lo hayáis visto. —O no conocía a Chanelle, o era ella la que dirigía el círculo y la coligación. En cuanto a las otras, contaba con la condición humana; no miró atrás, pero casi suspiró de alivio cuando oyó los susurros de las otras Detectoras de Vientos a su espalda. Siguiéndolas.

Fuera lo que fuera lo que Guybon había visto, eran buenas noticias porque se puso erguido antes de dar media vuelta hacia donde tenía el caballo. Arymilla debía de haber dejado los campamentos sin efectivos. Entonces el número de hombres en la puerta de Far Madding era de veinte mil, si no más. Quisiera la Luz que resistiera. Quisiera la Luz que todo estuviera resistiendo. Pero Elayne era antes que nada. Antes y por encima de todo.

Cuando llegó donde estaba Guybon, que se encontraba junto al zaino, las guardias se situaron en tres líneas detrás de Caseille, a un lado. La anchura total de cien pasos del acceso estaba ocupada ahora por hombres y caballos al trote mientras se apresuraban a derecha e izquierda para reunirse con los que ya habían formado en tres líneas que crecían por ambos lados de la calzada. Bien. Durante un tiempo no habría una salida fácil para que las Detectoras de Vientos se escabulleran de vuelta. Una carreta cubierta de aros y lona, tirada por un tronco de cuatro animales y rodeada por un pequeño grupo, se había parado justo más allá de los últimos edificios de la Baja Caemlyn, a una milla de distancia más o menos. Detrás, la gente bullía en los puestos de ladrillo del mercado al aire libre que se alineaban a los bordes de la calzada y vivía el día al día lo mejor que podía, pero tanto habría dado si no existieran. Elayne se encontraba en esa carreta. Birgitte alzó la mano sin apartar la vista del vehículo, y Guybon le puso el visor montado en latón sobre la palma. Carreta y jinetes aumentaron repentinamente de tamaño cuando se llevó el instrumento al ojo.

—¿Qué querías que viera? —demandó Chanelle.

—Dentro de un momento —repuso Birgitte.

Había cuatro hombres, tres de ellos a caballo, pero lo más importante era que había siete mujeres montadas. Era un buen visor de lentes, pero no lo bastante para distinguir los semblantes intemporales a esa distancia. Con todo, tenía que suponer que todas ellas eran Aes Sedai. Ocho contra siete podría parecer que estaban en igualdad de condiciones, pero no cuando las ocho ya estaban coligadas. No si conseguía hacer que las ocho tomaran parte en el conflicto. ¿Qué estarían pensando las Amigas Siniestras al ver a miles de soldados y de mesnaderos detrás de lo que para ellas debía de parecer una calina suspendida en el aire? Bajó el visor. Los nobles empezaban a cabalgar calzada adelante mientras sus mesnaderos se apartaban e iban a engrosar las líneas.

Por sorprendidas que estuvieran las Amigas Siniestras, no titubearon mucho tiempo. Los rayos empezaron a caer de un cielo despejado, descargas azul plateadas que sacudían el suelo con impactos estruendosos y que arrojaron hombres y caballos por el aire como salpicaduras de barro. Los caballos se encabritaron, patearon en el aire y relincharon, pero los hombres se esforzaron por controlar a sus monturas, por mantenerse en sus posiciones. Nadie huyó. El ensordecedor atronar que acompañaba a aquellas descargas sacudió a Birgitte como si hubiera recibido un golpe y la hizo tambalearse. Sentía el aire electrificado hasta el punto de que la trenza parecía querer erizarse. Olía… acre. Era como si hormigueara en la piel. De nuevo, los rayos cayeron sobre las líneas. En la Baja Caemlyn la gente corría. La mayoría se alejaba, pero algunos necios iban hacia donde tendrían mejor vista. Las estrechas bocacalles que daban al campo empezaron a llenarse de espectadores.

—Si hemos de enfrentarnos a eso, más nos vale cabalgar y hacérselo más difícil —sugirió Guybon, a la par que asía las riendas—. Con vuestro permiso, milady.

—Perderemos menos hombres si están en movimiento —convino Birgitte, y el soldado espoleó a su montura cuesta abajo.

Caseille frenó su caballo delante de Birgitte y saludó con el brazo cruzado sobre el pecho. El estrecho semblante de la mujer detrás de la visera de barras del yelmo lacado mostraba una expresión sombría.

—Se solicita vuestro permiso para que la guardia personal ocupe posiciones en esas líneas castigadas por los rayos, milady. —Se percibía el orgullo en la voz al pronunciar la condición de las mujeres como guardias. No eran una escolta cualquiera, sino la guardia personal de la heredera del trono y futura guardia personal de la reina.

—Concedido —respondió Birgitte. Si alguien tenía ese derecho, eran aquellas mujeres.

La arafelina hizo volver grupas a su caballo y galopó cuesta abajo, seguida del resto de la guardia personal, para ocupar su puesto en las filas castigadas por los rayos. Una compañía de mercenarios —alrededor de unos doscientos hombres con yelmos y petos pintados en negro— que cabalgaba detrás de una enseña roja con un lobo negro corriendo, se detuvo al ver hacia lo que se dirigían, pero los hombres que iban tras los estandartes de media docena de casas menores trataron de abrirse paso entre ellos para seguir adelante, de manera que no tuvieron más remedio que continuar. Más nobles se adelantaron para ponerse a la cabeza de sus mesnaderos, Brannin y Kelwin, Laerid y Barel, y otros. Ninguno vaciló al ver aparecer su estandarte. Sergase no era la única mujer que adelantó a su montura unos pasos como si también ella tuviera intención de reunirse con sus mesnaderos al aparecer su estandarte por el acceso.