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—¡Al paso! —gritó Guybon para hacerse oír por encima de las explosiones. A todo lo largo de las líneas otras voces repitieron su orden—. ¡Adelante! —Dio media vuelta a su zaino y trotó sin prisa hacia las Aes Sedai Amigas Siniestras al tiempo que se descargaban los atronadores rayos y hombres y caballos saltaban por el aire entre surtidores de tierra.

—¿Qué queríais que viera? —demandó de nuevo Chanelle—. Quiero irme de este lugar.

No había peligro de que lo hiciera de momento. Había hombres que seguían saliendo por el acceso, ya fuera a galope y a la carrera para no quedarse atrás. Ahora también caían bolas de fuego entre las filas y eran más las explosiones que lanzaban al aire tierra, brazos, piernas. La cabeza de un caballo giró perezosamente en el aire.

—Esto —contestó Birgitte, señalando con un gesto amplio la escena que se desarrollaba ante ellas.

Guybon había apretado el trote, arrastrando tras de sí a los demás, y las tres líneas se mantenían firmes en su avance mientras, otras se apresuraban todo lo posible para unirse a ellas. De repente, una barra del grosor de una pierna y de lo que parecía ser un fuego blanco líquido salió disparada de una de las mujeres que había junto a la carreta, y abrió literalmente una brecha de quince pies de ancho en las líneas. Durante un segundo unas motitas titilantes flotaron en el aire, las figuras de hombres y caballos fueron alcanzadas y consumidas. La barra se desvió bruscamente en el aire, más y más arriba, entonces parpadeó y se apagó, dejando trazos púrpuras en las retinas de Birgitte. Fuego compacto que abrasaba los hilos de hombres en el Entramado de forma que ya estaban muertos antes de que los alcanzara. Se llevó el visor al ojo el tiempo suficiente para localizar a la mujer que sostenía una fina vara negra que daba la impresión de tener alrededor de un paso de largo.

Guybon inició la carga. Era demasiado pronto, pero su única esperanza era aproximarse mientras le quedaran hombres vivos. Su única esperanza, salvo si… Sobre las estruendosas explosiones de bolas de fuego y rayos se alzó el grito ronco de «¡Elayne y Andor!». Ronco, pero a voz en cuello. Todos los estandartes ondeaban. Una demostración de bizarría digna de ver si uno era capaz de olvidar los muchos hombres que estaban cayendo. Un caballo y su jinete recibieron de lleno el impacto de una bola de fuego que simplemente los desintegró, y hombres y caballos que había alrededor también se fueron al suelo. Algunos consiguieron levantarse. Un caballo sin jinete se alzó sobre tres patas, trató de correr y cayó al suelo, donde yació sacudido por espasmos.

—¿Esto? —inquirió Chanelle con incredulidad—. No tengo deseo alguno de ver morir hombres.

Otra barra de fuego compacto abrió una brecha de casi veinte pasos entre las líneas lanzadas a la carga antes de hender el suelo en una zanja hasta la mitad de camino hacia la carreta antes de extinguirse. Había muchos muertos, aunque no tantos como parecía que habría. Birgitte había visto lo mismo en batallas durante la Guerra de los Trollocs, en las que se utilizaba el Poder. Por cada hombre que permanecía tendido en el suelo, inmóvil, dos o tres se incorporaban entre tumbos o intentaban cortar una hemorragia. Por cada caballo tieso en el suelo, muerto, otros dos se levantaban sobre las temblorosas patas. La andanada de fuego y rayos siguió sin interrupción.

—Entonces, detenedlo —replicó Birgitte—. Si matan a todos los soldados o sólo a los suficientes para que los demás se vengan abajo y huyan, entonces Elayne está perdida. —Para siempre no. Así se abrasara. La rastrearía el resto de su vida hasta verla libre, pero sólo la Luz sabía qué le harían hasta entonces—. El trato de Zaida se habrá perdido. Vos lo habréis perdido.

No era una mañana calurosa, pero el sudor perló la frente de Chanelle. Bolas de fuego y rayos explotaron entre los jinetes que iban detrás de Guybon. La mujer que sostenía la vara negra alzó de nuevo el brazo. Sin necesidad de usar el visor Birgitte estuvo segura de que apuntaba directamente a Guybon. Él tenía que haberse dado cuenta, pero no se desvió ni un pelo.

De repente otro rayo se descargó. Y dio de lleno a la mujer que sostenía la vara. Ella salió lanzada en una dirección y la montura en otra. Uno de los caballos de tiro de la carreta se desplomó y los otros patearon y se encabritaron. Habrían salido desbocados a la carrera de no ser por su compañero de tiro muerto. Los otros caballos que había cerca de la carreta corcoveaban y se encabritaban. En lugar de intentar tranquilizar a los caballos, el hombre sentado en el pescante de la carreta se bajó de un salto, desenvainó la espada y echó a correr hacia los jinetes lanzados a la carga. Los espectadores del Bajo Caemlyn corrieron de nuevo, pero esta vez para huir.

—¡Prended vivas a las otras! —bramó Birgitte. No es que le importara si vivían o no, ya que de todos modos no tardarían en morir por ser Amigas Siniestras y asesinas, ¡pero Elayne estaba en aquella puñetera carreta!

Chanelle asintió con actitud tiesa y, alrededor de la carreta, los otros hombres y mujeres montados a caballo empezaron a caer de las monturas encabritadas y quedaron tendidos en el suelo debatiéndose como si estuviesen atados de pies y manos. Cosa que era así. El hombre que corría se fue de bruces al suelo y allí se quedó, retorciéndose y debatiéndose.

—También he escudado a las mujeres —informó Chanelle. Aun asiendo el Poder, no habrían podido presentar resistencia a un círculo de ocho.

Guybon alzó la mano y frenó la cabalgada a un trote. Resultaba sorprendente el poco tiempo que había transcurrido. Estaba a menos de la mitad de camino de la carreta. Los hombres montados y a pie seguían saliendo a tropel por el acceso. Encaramándose a la silla del pardo, Birgitte galopó hacia Elayne. «Puñetera mujer», pensó. El vínculo no le había transmitido miedo ni una sola vez.

33

Nueve de cada diez

Las Amigas Siniestras no habían corrido ningún riesgo con Elayne. Aparte de escudarla, Temaile parecía haber encontrado un malévolo placer en sujetarla en un prieto nudo, con la cabeza entre las rodillas. Los músculos se le empezaban a acalambrar ya por la postura forzada. La mordaza, un trozo de trapo sucio con un repulsivo gusto a aceite, la tenía atada tan fuerte que se le hundía en las comisuras de los labios, y su propósito había sido impedir que gritara pidiendo socorro en las puertas de la ciudad. Elayne tampoco lo habría hecho, de haber podido; habría sido tanto como condenar a muerte a los hombres que estuvieran de guardia. Había notado que las seis hermanas Negras mantenían abrazado el saidar hasta que hubieron cruzado las puertas. Sin embargo, la venda en los ojos había sido un detalle innecesario. Creía que la intención era incrementar la sensación de desamparo, pero ella se había negado a sentirse desvalida. Después de todo, se encontraba completamente a salvo hasta que sus bebés nacieran, al igual que los bebés. Min lo había dicho.

Sabía que se encontraba en una carreta o carro, por el ruido de arneses y el tacto de madera tosca debajo de ella. No se habían molestado en extender una manta sobre las tablas del entarimado. Creía que era una carreta. Tenía la impresión de que más de un caballo tiraba del vehículo. La caja de la carreta tenía un olor tan penetrante a paja pasada que le daban ganas de estornudar. Parecía hallarse en una situación desesperada, pero Birgitte no le fallaría.

Notó que Birgitte saltaba de algún punto ubicado millas a su espalda a otro situado más o menos una milla más adelante, y sintió ganas de reír. El vínculo le transmitía que Birgitte estaba apuntando a su objetivo, y Birgitte Arco de Plata jamás erraba. Cuando se empezó a encauzar a ambos lados de la carreta, se le quitaron las ganas de reír. La determinación se mantenía firme como una roca en el vínculo, pero había algo más ahora, un intenso desagrado y una creciente… No era cólera, pero le andaba cerca. Ahí fuera estarían muriendo hombres. En lugar de reír Elayne habría querido llorar por ellos. Merecían que alguien los llorara, y estaban muriendo por ella. Igual que habían muerto Vandene y Sareitha. La tristeza volvió a inundarla, pero no se sintió culpable. Lo único que habría evitado sus muertes habría sido dejar que Falion y Marillin anduvieran a su albedrío, y ninguna de ellas habría aprobado tal cosa. Había sido imposible prever la llegada de las otras ni que Asne tuviera en su poder aquella arma extraña.