Un impacto estruendoso sonó muy cerca y su vehículo se sacudió con tal violencia que Elayne rebotó por las tablas del entarimado. Iba a tener moretones en las rodillas y las espinillas a costa de eso. Estornudó debido al polvo que se había levantado con el zarandeo; volvió a estornudar. Notó que los cabellos que la venda o la mordaza no sujetaban se le ponían de punta en el aire, que tenía un olor peculiar. Como cuando se descargaba un rayo. Confiaba en que Birgitte hubiese conseguido implicar a las Detectoras de Vientos, por difícil que tal cosa pudiera parecer. Llegaría el día en el que las Allegadas tendrían que utilizar el Poder como arma —nadie podía quedarse fuera del Tarmon Gai’don— pero, mientras, que conservaran un poco más la inocencia. Al cabo de unos instantes el escudo que la envolvía desapareció.
Sin ver no podía encauzar con un propósito real, pero percibía tejidos cerca de ella, algunos de Energía, algunos de Aire. Como no podía ver los tejidos era incapaz de saber qué eran, aunque sí hacer suposiciones razonables. Sus captoras habían pasado a estar cautivas ahora, además de escudadas y atadas. Y lo único que podía hacer ella era esperar con impaciencia. Birgitte se acercaba deprisa, pero ahora estaba ansiosa por librarse de esa puñetera maraña de cuerdas.
La caja de la carreta crujió y alguien se subió a ella. Birgitte. El vínculo transmitió un estallido de alegría. En cuestión de segundos las cuerdas cayeron y las manos de Birgitte fueron al nudo de la mordaza. Con movimientos un tanto envarados, la propia Elayne se desató la venda de los ojos. Luz, iba a dolerle a rabiar hasta que pudiera pedir la Curación. Eso le recordó que tendría que pedírselo a las Detectoras de Vientos, y la tristeza por Vandene y Sareitha la abrumó de nuevo.
Una vez que pudo escupir la mordaza, quiso pedir un poco de agua para quitarse el asqueroso sabor a aceite de la boca.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó, sin embargo. La risa que le entró ante la repentina expresión consternada de la otra mujer se la cortó de golpe otro estornudo—. Salgamos de aquí, Birgitte. ¿Fueron las Allegadas?
—Las Detectoras de Vientos —contestó Birgitte mientras alzaba el faldón de la lona de la parte trasera de la carreta—. Chanelle decidió que prefería no tener que informarle a Zaida sobre la pérdida del trato.
Elayne aspiró aire por la nariz con desdén, un error por su parte. Se puso a estornudar una y otra vez y bajó de la carreta lo antes posible. Tenía las piernas tan agarrotadas como los brazos. Maldición, qué ganas de darse un baño. Y de cepillarse el pelo. La chaqueta roja con cuello blanco de Birgitte estaba un tanto arrugada, pero sabía que a su lado la otra mujer parecería que acababa de salir del vestidor.
Cuando puso los pies en el suelo, guardias montados en un prieto anillo alrededor de la carreta lanzaron un sonoro vítor al tiempo que agitaban las lanzas en el aire. Las guardias también lanzaron gritos de alegría; al parecer se encontraban todas allí. Dos de los hombres portaban el León Blanco de Andor y su Lirio Dorado. Eso la hizo sonreír. La Guardia de la Reina estaba comprometida por juramento a defender Andor, a la reina y a la heredera, pero la decisión de portar su emblema personal tenía que haber partido de Charlz Guybon. A lomos de un alto zaino, con el yelmo apoyado en el arzón de la silla, le hizo una reverencia con una ancha sonrisa. Era un gusto mirar a ese hombre. A lo mejor servía como tercer Guardián. Más allá de los guardias se alzaban emblemas de casas, de compañías de mercenarios, banderas y más banderas. Luz, ¿cuántos hombres había llevado Birgitte? Sin embargo esa respuesta podía esperar hasta más tarde. Lo primero que quería era ver a las prisioneras.
Asne yacía despatarrada en la calzada, con los ojos mirando sin ver el cielo; a ella no hacía falta escudarla. Las otras yacían igual de inmóviles, atadas con flujos de Aire que les mantenían los brazos pegados a los costados y ceñida la falda pantalón contra las piernas. Una postura mucho más cómoda que la que había tenido ella. La mayoría se mostraban tremendamente serenas, considerando su situación, aunque Temaile la miraba ceñuda y Falion parecía a punto de vomitar. La cara manchada de barro de Shiaine no tenía nada que envidiar a la de cualquier Aes Sedai. El estado de los tres hombres atados con Aire era cualquier cosa menos sosegado. Se retorcían y forcejeaban, echaban miradas feroces a los jinetes que los rodeaban como si sólo desearan lanzarse a luchar contra todos ellos. Eso bastó para identificarlos como Guardianes de Asne, aunque no por ello tenían que ser necesariamente Amigos Siniestros. Lo fueran o no, tendrían que ser encarcelados para proteger a otros de la rabia letal que los embargaba por la muerte de Asne. Harían cualquier cosa con tal de matar a quienquiera que consideraran responsable.
—¿Cómo nos encontraron? —demandó Chesmal. De no estar tendida en la calzada y con la cara sucia de polvo nadie habría pensado que estaba prisionera.
—Mi Guardián —dijo Elayne mientras le sonreía a Birgitte—. Uno de ellos.
—¿Una mujer Guardián? —inquirió Chesmal, despectiva.
Marillin se sacudió en las ataduras con una risa silenciosa.
—Algo había oído sobre eso —dijo cuando cesó la risa—, pero me parecía demasiado increíble para que fuera verdad.
—¿Que habías oído algo sobre eso y no has dicho nada? —preguntó Temaile mientras se giraba para transferir la mirada ceñuda a Marillin—. ¡Eres una necia redomada!
—Te estás propasando —espetó Marillin, y al instante se habían enzarzado en una discusión sobre si Temaile le debía deferencia o no. A decir verdad, Temaile tendría que hacerlo; Elayne percibía la fuerza de ambas en el Poder, pero aquél no era un tema para discutir en ese momento.
—Que alguien amordace a estas mujeres —ordenó Elayne. Caseille desmontó, le tendió las riendas de su caballo a otra guardia y se acercó a zancadas a ellas. Empezó a cortar una tira de la falda de Temaile con la daga—. Subidlas a la carreta y cortad los arreos del caballo muerto. Quiero volver dentro de las murallas antes de que la gente de Arymilla que hay tras esa elevación se sienta tentada. —Sólo le faltaba tener que afrontar una batalla campal. Fuera cual fuera el resultado, Arymilla podía permitirse perder más hombres que ella—. ¿Dónde están las Detectoras de Vientos, Birgitte?
—Siguen en el repecho. Me parece que creen que pueden negar haber tomado parte si no se acercan mucho a la matanza. Pero no tienes que preocuparte por que nos ataquen aquí. Los campamentos que hay al otro lado de la elevación se encuentran vacíos.
Caseille se cargó a Temaile al hombro y avanzó tambaleándose para echarla dentro de la carreta como si fuera un saco de grano. Las guardias también cargaban con las otras mujeres, aunque tenían que emplearse dos para transportar a una. Un par de guardias altos estaban desatando los arreos del caballo muerto.
—Lo único que vi eran seguidores de campamento, mozos y gente por el estilo —intervino Charlz.
—Creo que todos los campamentos estarán vacíos —continuó Birgitte—. Ha lanzado grandes ataques contra la muralla norte esta mañana para atraer allí a tantos de nuestros hombres como fuera posible, y tiene veinte mil o más en la Baja Caemlyn, ante la puerta de Far Madding. Algunos de los mercenarios han cambiado de chaqueta y están atacando desde dentro, pero envié a Dyelin con toda la gente de la que podía prescindir. Tan pronto como estés a salvo dentro de las murallas, llevaré al resto allí para ayudarla. Y, siguiendo con las buenas noticias, Luan y los demás cabalgan hacia el norte. Podrían llegar aquí esta tarde.