Elayne se quedó sin respiración. Habría que ocuparse de Luan y los otros cuando aparecieran, pero ¡las otras noticias…!
—¿Recuerdas lo que informó la señora Harfor, Birgitte? Arymilla y todos los demás intentaban ser el primer grupo que entrara a caballo en Caemlyn. Deben de estar también ante la puerta de Far Madding. ¿Cuántos hombres tienes aquí?
—¿A cuánto asciende la cuenta del carnicero, Guybon? —preguntó Birgitte, que miró cautamente a Elayne. El vínculo transmitía también cautela. Mucha cautela.
—Todavía no se han contado todas las bajas, milady. Algunos cuerpos… —Charlz torció el gesto—. Sin embargo, calculo que entre quinientos y seiscientos muertos, tal vez algunos más. El doble de heridos, sea de un modo u otro. Ha durado sólo unos pocos minutos, pero han sido los minutos más penosos y peligrosos que he vivido nunca.
—Entonces calcula unos diez mil, Elayne —contestó Birgitte; la gruesa coleta se meció cuando la mujer sacudió la cabeza. Metió los pulgares en el cinturón y la determinación desbordó el vínculo—. Arymilla debe de tener, como poco, el doble de efectivos en la puerta de Far Madding, puede que el triple si realmente ha dejado vacíos los campamentos. Si te estás planteando lo que creo que te estás planteando… Le dije a Dyelin que retomara la puerta si caía, pero lo más probable es que esté combatiendo contra Arymilla en el interior de la ciudad. Si, por algún milagro, la puerta resiste todavía, estaríamos hablando de más de dos a uno en contra.
—Si han cruzado la puerta no es probable que la hayan cerrado tras ellos —insistió obstinadamente Elayne—. Los sorprenderemos por detrás. —No todo era obstinación. Completamente no. No se había entrenado con armas, pero había recibido todas las otras lecciones que Gawyn había recibido de Gareth Bryne. Una reina tenía que entender los planes de batalla que sus generales le presentaban en lugar de limitarse a aceptarlos por las buenas—. Si la puerta resiste, los tendríamos atrapados entre nosotros y la muralla. El número no cuenta tanto en la Baja Caemlyn. Arymilla no podrá formar líneas de más hombres que nosotros de lado a lado de las calles. Vamos a hacerlo, Birgitte. Que alguien me traiga un caballo.
Durante unos instantes creyó que la otra mujer se iba a negar, lo que consiguió que su obstinación se acrecentara, pero Birgitte sólo soltó un sonoro suspiro.
—Tzigan, trae aquí esa yegua gris para lady Elayne.
Por lo visto todos los que estaban alrededor de las dos, a excepción de las Amigas Siniestras, habían pensado que iban a ver una demostración del legendario genio de Elayne Trakand, porque soltaron un suspiro. Darse cuenta de ello casi provocó uno de esos estallidos. ¡Malditos cambios de humor!
—Pero cabalgarás rodeada de tu guardia personal —le susurró Birgitte, que se había acercado a ella para hablar en voz baja—. Esto no es uno de esos absurdos relatos sobre una reina que entra en batalla enarbolando su bandera y al frente de sus tropas. Sé que una de tus antepasadas lo hizo, pero no eres ella y no tienes un ejército desperdigado al que reagrupar bajo tu estandarte.
—Vaya, pues justamente ése era mi plan —repuso dulcemente Elayne—. ¿Cómo pudiste adivinarlo?
Birgitte resopló con guasa y masculló entre dientes «puñetera mujer», aunque no lo bastante bajo para que no se oyera. Aún así el vínculo rebosaba cariño.
Ni que decir tiene que la cosa no era tan sencilla. Hubo que prescindir de hombres para que ayudaran a los heridos. Algunos podrían caminar, pero muchos otros no. Había demasiados con torniquetes alrededor del muñón sanguinolento de un brazo o una pierna. Charlz y los nobles se reagruparon alrededor de Elayne y de Birgitte para oír el plan de ataque, que era sencillo por fuerza, pero entonces Chanelle se negó a cambiar el acceso hasta que Elayne afirmó solemnemente que esta vez sólo tenían que facilitar el traslado y sellaron el acuerdo besándose las puntas de los dedos, que luego pusieron sobre los labios de la otra. Sólo entonces el acceso menguó a una plateada línea vertical y volvió a ensancharse a una vista de Caemlyn desde el sur, de cien pasos de anchura.
No había gente en los puestos de ladrillo de la amplia calzada que se extendía hacia el norte desde el acceso hasta la puerta de Far Madding, pero una enorme masa de hombres, montados y a pie, se apelotonaba en la calzada, justo fuera del alcance de los disparos de arcos desde las murallas. Los más próximos estaban a sólo unos pocos cientos de pasos del acceso. Por lo visto también se habían desperdigado por las calles adyacentes. Los hombres a caballo se encontraban al frente, con una maraña de banderas; pero, ya fueran de caballería o de infantería, todos miraban hacia las puertas de Caemlyn. A las puertas cerradas. Elayne habría querido gritar de alegría.
Cruzó el acceso la primera, pero Birgitte no estaba dispuesta a correr riesgos. Su guardia personal se agrupó a su alrededor y la desvió hacia un lado. Birgitte se encontraba justo a su lado, pero de algún modo conseguía no dar la impresión de que la conducía como si fuera ganado. Por suerte nadie intentó oponerse a que Elayne adelantara a la yegua gris abriéndose paso entre las guardias hasta que sólo hubo una línea de mujeres montadas entre ella y la calzada. Con todo, esa línea era como si tuviese delante un muro de piedra. Sin embargo, la yegua tenía una buena alzada, de modo que veía sin necesidad de erguirse sobre los estribos. Tendría que haberlos alargado; le quedaban un poco cortos. Lo cual señalaba que era la montura de Chesmal, la única que era más o menos de su estatura. Un caballo no quedaba contaminado por su jinete —sólo porque Chesmal fuera del Ajah Negro no convertía en maligno al animal— pero se sentía incómoda encima de la yegua por otras razones aparte de la longitud de los estribos. La gris se vendería, al igual que los otros animales que hubiesen montado las Amigas Siniestras, y el dinero se destinaría a los necesitados.
Caballería e infantería salieron por el acceso detrás de Charlz, de forma que lo ocuparon de lado a lado. Seguido por el León Blanco y el Lirio Dorado, el capitán se dirigió calzada adelante al trote con quinientos guardias reales, que se desplegaron a fin de abarcar la anchura de la calzada. Otros grupos de tamaño similar se separaron y desaparecieron por las calles de la Baja Caemlyn. Cuando los últimos hombres salieron del acceso éste titiló y se disipó. Ahora ya no había una huida rápida si algo iba mal. Ahora tenían que vencer o Arymilla tendría prácticamente el trono, tanto si tenía Caemlyn como si no.
—Hoy necesitamos la jodida buena suerte de Mat Cauthon —masculló Birgitte.
—Ya has dicho algo parecido anteriormente. ¿A qué te refieres? —quiso saber Elayne.
Birgitte le dirigió una mirada peculiar. El vínculo transmitía… ¡regocijo!
—¿Le has visto alguna vez jugar a los dados?
—No suelo pasar mucho tiempo en sitios donde se juega a los dados, Birgitte.
—Digamos simplemente que tiene más suerte que cualquier otro hombre que haya visto nunca.
Sacudiendo la cabeza, Elayne apartó a Mat Cauthon de su mente. Los hombres de Charlz le estaban tapando la vista a medida que avanzaban. Aún no cargaban e intentaban hacer sólo el ruido imprescindible. Con un poco de suerte, sus tropas tendrían rodeadas a las de Arymilla antes de que se dieran cuenta de lo que pasaba. Y caerían sobre ellos desde todas las direcciones. ¿Que Mat era el hombre con más suerte que Birgitte conocía? En tal caso, realmente tenía que ser muy afortunado.
De repente, los guardias de Charlz avanzaron más deprisa, con las lanzas de acero en ristre. Se alzaron gritos, voces de alarma y un clamor estruendoso que se repitió a lo largo de las filas: