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—¡Por Elayne y Andor!

También sonaron otros gritos. «¡Por las Lunas!» y «¡Por el Zorro!». «¡Por la Triple Llave!» y «¡Por el Martillo!» y «¡Por las Águilas!» y más por las casas menores. Pero desde su posición sólo sonaba uno, repetido una y otra vez: «¡Por Elayne y Andor!».

De repente se dio cuenta de que se sacudía, en parte por la risa y en parte por el llanto. Quisiera la Luz que no estuviera mandando a esos hombres a la muerte por nada.

Ese clamor quedó ahogado bajo el fragor del choque de acero contra acero, por chillidos y gritos de hombres que mataban y que morían. De repente Elayne advirtió que las puertas se abrían hacia afuera. ¡Y no alcanzaba a ver nada! Soltando los pies de los estribos a patadas, se encaramó erguida sobre la silla de arzón alto. La yegua rebulló con nerviosismo por la falta de costumbre de servir de taburete escalonado, aunque no tanto como para hacerle perder el equilibrio. Birgitte farfulló una blasfemia particularmente acerba, pero un instante después se encaramaba también a la silla. Cientos de ballesteros y arqueros salían en tropel por la puerta de Far Madding, pero ¿eran sus hombres o los mercenarios renegados?

Como para responder a su pregunta, los arqueros empezaron a disparar contra la apelotonada caballería de Arymilla tan rápido como eran capaces de tensar la cuerda y soltar la flecha. Las primeras ballestas se alzaron y soltaron una andanada. Inmediatamente, esos hombres empezaron a girar las manivelas para tensar de nuevo las cuerdas, pero otros los sobrepasaron y soltaron una segunda andanada de virotes que derribaron hombres y caballos como guadañas segando cebada. Más arqueros salían por las puertas y disparaban tan deprisa como podían. Una tercera línea de ballesteros se adelantó a las otras para disparar, seguida de una cuarta y una quinta, y a continuación aparecieron hombres enarbolando alabardas que apartaban a los ballesteros que seguían saliendo por las puertas. Una alabarda era un arma temible en la que se combinaba la moharra de una lanza y la cabeza de un hacha, junto con un gancho con el que se desmontaba a los jinetes de la silla. Los soldados de caballería, sin espacio para manejar sus lanzas y con el alcance de una espada superado por el largo astil de la alabarda, empezaron a caer. Hombres con chaquetas rojas y petos bruñidos salían ahora a galope por las puertas, guardias reales que se desviaron a izquierda y a derecha para encontrar otro camino por el que llegar a las filas de las tropas de Arymilla. El tropel de jinetes seguía saliendo incesantemente. Por la Luz bendita, ¿cómo tenía tantos guardias Dyelin? A no ser… Maldita mujer. ¡Debía de haber echado mano de los hombres a medio entrenar! Bien, pues, estuvieran o no a medio entrenar, ese día se ungirían con sangre.

De repente, tres figuras con yelmos y petos dorados salieron a galope por las puertas, espada en mano. Dos eran muy pequeñas. Los gritos que se alzaron cuando aparecieron sonaron apagados en la distancia, pero aun así fueron audibles por encima del fragor de la batalla.

—¡Por las Águilas Negras!

—¡Por el Yunque!

—¡Por los Leopardos Rojos!

Dos amazonas aparecieron en la puerta y forcejearon hasta que la más alta consiguió hacer volver al caballo de la otra tras la muralla.

—¡Esos puñeteros niños! —barbotó Elayne—. ¡Supongo que Conail tiene edad para esto, pero Branlet y Perival son unos críos! ¡Alguien habría tenido que evitar que pasara esto!

—Dyelin los ha sujetado más que suficiente —contestó sosegadamente Birgitte. El vínculo transmitía una profunda calma—. Más de lo que creí que sería capaz. Y consiguió que Catalyn no entrara en liza. Sea como sea, los chicos tienen varios cientos de hombres entre ellos y la vanguardia de las tropas enemigas y no veo que nadie intente hacerles hueco para que avancen.

Eso era cierto. Los tres blandían la espada con aire de impotencia, como poco a cincuenta pasos de donde los hombres estaban muriendo. Claro que cincuenta pasos era una distancia corta para un arco o una ballesta.

En los tejados empezaron a aparecer hombres, a docenas al principio y luego a centenares; arqueros y ballesteros que se encaramaban a lo más alto de las techumbres trepando por las pizarras como arañas hasta que tenían ángulo para disparar a la turba apelotonada allá abajo. Uno resbaló y cayó; quedó tendido sobre otros cuerpos y se sacudió cuando lo acuchillaron repetidamente. Otro se enderezó bruscamente, con el astil de una flecha sobresaliendo en el costado, y se precipitó abajo. También fue a parar sobre más cuerpos y se retorció al recibir tajos y más tajos.

—Están demasiado apiñados —dijo Birgitte, exaltada—. No tienen espacio para alzar un arco, y menos para dispararlo. Apostaría a que los muertos ni siquiera tienen hueco para desplomarse. Ya no durará mucho.

Pero la matanza continuó su buena media hora antes de que se alzaran los primeros gritos de «¡Cuartel!» Los hombres empezaron a colgar los yelmos de la empuñadura de la espada y a levantar ésta por encima de la cabeza, arriesgando perder la vida con la esperanza de salvarla. Los soldados de a pie se quitaban el yelmo y alzaban las manos vacías. Los jinetes tiraban lanzas, yelmos, espadas y levantaban las manos. Se propagó como una fiebre y el grito retumbó, lanzado por miles de garganta. «¡Cuartel!»

Elayne se sentó en la silla como era debido. Todo había acabado. Ahora habría que saber hasta qué punto se había hecho bien.

La lucha no cesó de inmediato, naturalmente. Algunos intentaron seguir luchando, pero lo hicieron solos y murieron o fueron reducidos por los hombres que tenían a su alrededor y que ya no estaban dispuestos a morir. Finalmente, sin embargo, hasta los más empecinados empezaron a despojarse de armas y armadura, y, si bien no eran todas las voces las que pedían cuartel, el clamor seguía siendo estruendoso. Hombres desarmados, sin yelmo ni peto ni ningún otro tipo de coraza que pudieran haber llevado, comenzaron a avanzar tambaleantes entre la línea de guardias, con las manos sobre la cabeza. Los alabarderos los condujeron como el pastor a las ovejas. Tenían algo del aire aturdido del cordero en el patio del matadero. Otro tanto debía de estar ocurriendo en las docenas de callejas de la Baja Caemlyn y en las puertas, porque los únicos gritos que Elayne oía eran pidiendo cuartel, y éstos empezaban a menguar a medida que los hombres se daban cuenta de que se les había concedido.

Al sol le faltaba sólo una hora para llegar al cenit para cuando los nobles quedaron separados. A los de menor importancia se los conducía al interior de la ciudad, donde se los retendría para pedir rescate. Que se pagaría una vez que el trono quedara asegurado. De los nobles principales, las primeras que llevaron ante Elayne, escoltadas por Charlz y una docena de guardias, fueron Arymilla, Naean y Elenia. Charlz tenía un tajo sanguinolento en la mitad inferior de la manga izquierda, así como una mella en el brillante peto que debía de ser resultado del golpe de un martillo, pero mantenía el gesto sereno tras las barras de la visera del yelmo. Al ver que las tres mujeres estaban vivas Elayne soltó un gran suspiro de alivio. Entre los muertos o entre los cautivos se encontrarían los demás. Había decapitado a su oposición. Al menos hasta que Luan y el resto llegaran. Las mujeres de la guardia que había delante de ella se apartaron para que pudiera encararse con sus prisioneras.

Las tres iban vestidas como si hubieran tenido la intención de asistir a la coronación de Arymilla ese mismo día. El de ésta, de seda roja, llevaba la pechera cuajada de perlas pequeñas y bordados de leones blancos rampantes en las mangas. Bamboleándose en la silla, tenía la misma mirada aturdida en los ojos castaños que la que tenían sus soldados. Sentada muy derecha, la delgada Naean lucía un vestido azul con la Triple Llave de Arawn a lo largo de las mangas y volutas plateadas sobre la pechera, y el lustroso cabello negro lo llevaba recogido en una redecilla de plata con zafiros engastados; más que aturdida, parecía controlada. De hecho consiguió esbozar una mueca burlona, aunque débil. Elenia, con su cabello dorado, lucía un atuendo verde con complejos bordados en oro y dividía las miradas feroces entre Arymilla y Elayne. El vínculo le transmitía a Elayne triunfo y desagrado a partes iguales. El rechazo de Birgitte hacia esas mujeres era tan personal como el suyo propio.