Trató de conservar la calma, pero el plumín de acero se hundió en el papel al trazar las últimas letras. Salvoconducto. Encauzó una barra de lacre, ya encendida; la mano le tembló mientras dejaba gotear la dorada cera sobre la página. Con eso habían dado a entender que intentaría retenerlos por la fuerza. ¡No, era más que insinuarlo! ¡Era tanto como manifestarlo! Apretó el sello, un lirio en flor, contra el lacre como si tratara de incrustarlo en el tablero del escritorio.
—Tomad —dijo a la par que tendía la hoja al muchacho. Su voz sonó fría como el hielo; no hizo esfuerzo alguno para suavizarla—. Si con esto no se sienten seguros, quizá deberían probar a envolverse en pañales. —El retumbo de un trueno pareció dar énfasis a sus palabras.
El muchacho enrojeció una vez más, aunque esta vez era por la cólera, pero con muy buen tino se limitó a dar las gracias mientras doblaba el papel. Se lo guardaba dentro de la chaqueta cuando la señora Harfor lo condujo fuera de la salita. Lo escoltaría personalmente hasta donde estaba su caballo. A un mensajero de nobles tan poderosos como Luan y los otros había que darle cierto trato de honor.
De repente la ira de Elayne se disolvió en tristeza, aunque no habría sabido decir qué la entristecía. Sus cambios de humor se producían a menudo sin razón aparente. A lo mejor era por quienes habían muerto y todos los que morirían.
—¿Estás segura de que no quieres ser reina, Dyelin? Luan y esa pandilla te apoyarían al instante, y si te respaldo, los que se han decantado a mi favor harán lo mismo. Maldita sea, Danine seguramente te apoyaría.
Dyelin se sentó en una silla y extendió el vuelo de la falda con cuidado antes de contestar.
—Estoy totalmente convencida. Gobernar mi casa es trabajo de sobra para que encima tenga que dirigir todo Andor. Además, no soy partidaria de que el trono cambie de casa sin una buena razón, como la falta de una heredera o, peor aún, una heredera necia o incompetente, cruel o ávida de poder. Tú no eres ninguna de esas cosas. La continuidad proporciona estabilidad, y la estabilidad trae prosperidad. —Asintió con un cabeceo; le había gustado la secuencia de esa frase—. Ojo, que si hubieses muerto antes de regresar a Caemlyn para hacer tu reclamación, habría presentado la mía, pero lo cierto es que serás mejor gobernante de lo que lo sería yo. Mejor para Andor. En parte es por tu relación con el Dragón Renacido. —El gesto de Dyelin de enarcar una ceja la invitaba a explayarse sobre tal relación—. Pero en gran parte —prosiguió al ver que Elayne no decía nada—, es por ti misma. Te he visto crecer, y ya cuando tenías quince años supe que serías una buena reina, quizá la mejor que Andor haya tenido jamás.
Elayne se puso colorada y las lágrimas le humedecieron los ojos. ¡Maldición, ella y sus cambios emocionales! Sólo que esta vez sabía que no podía echarle la culpa a su embarazo. Una alabanza de Dyelin era como una de su madre, nunca expresada a regañadientes, pero jamás manifestada a menos que realmente lo mereciera.
Fue una mañana atareada y eso que sólo tenía que ocuparse de Caemlyn y de palacio en vez de todo Andor. La señora Harfor le dio la noticia de que los espías de palacio que con seguridad habían pasado información a Arymilla o a sus aliados se habían quedado muy callados y muy quietos, como ratones que tuvieran miedo de que el gato estuviera vigilando.
—Al menos ahora no hay peligro en despedirlos, milady —añadió Reene en un tono de inmensa satisfacción. La desagradaba tener espías en palacio tanto como a Elayne, tal vez más. La heredera o la reina viviría en palacio pero, a los ojos de la doncella primera, éste era algo suyo—. A todos ellos. —A los que espiaban para otros se los había dejado en su puesto a fin de no despertar sospechas de que Reene conocía su existencia.
—Que todos sigan en su puesto y que no se los deje de vigilar —le contestó Elayne—. Lo más probable es que acepten dinero de algún otro, y ahora ya sabemos quiénes son. —A un espía que se sabía que lo era no se le permitía enterarse de nada que no debería descubrir, pero sí se le podía revelar exactamente lo que uno quería que supieran. Y eso rezaba también para los ojos y oídos de los Ajahs que asimismo había descubierto la señora Harfor. Los Ajahs no tenía derecho a espiarla, y si de vez en cuando les pasaba alguna información falsa sería culpa suya si actuaban en consecuencia. Tampoco podía hacer eso con frecuencia o entonces se darían cuenta de que había descubierto a sus espías, pero en un momento de necesidad podría recurrir a ello.
—Como ordenéis, milady. El mundo ha cambiado, ¿verdad?
—Me temo que sí, señora Harfor.
La oronda mujer asintió con aire entristecido, pero enseguida volvió al grano.
—Uno de los ventanales del Salón del Trono gotea, milady. Me habría ocupado de cualquier cosa sin importancia sin molestaros, pero esto se debe a una grieta en el cristal, lo que significa tener que llamar a… —La lista de problemas cuya solución necesitaba la aprobación de Elayne y los papeles que precisaban su firma continuó.
Maese Norry informó sobre carretas de grano, alubias y productos comerciales con aquella voz suya, reseca como el polvo, y anunció no sin cierta sorpresa que el número de incendios premeditados no había disminuido. Diecisiete edificios habían ardido durante la noche. Había estado convencido de que capturar a Arymilla pondría fin a aquello, y le dolía haberse equivocado. Llevaba las órdenes de ejecución con los nombres de Rhys a’Balaman y Aldred Gomaisen para que las firmara y sellara. Los mercenarios que cambiaban de chaqueta no podían esperar menos a no ser que sus nuevos señores se impusieran. Evard Cordwyn había muerto en las puertas de la ciudad; de otro modo también habría acabado en la horca. Hafeen Bakuvun había enviado una petición de recompensa por sus acciones en la puerta de Far Madding, pero eso era fácil de rechazar. La presencia del mercenario domani y sus hombres podría muy bien ser la causa de que la puerta hubiera aguantado hasta la llegada de Dyelin, pero lo único que habían hecho era ganarse su paga, ni más ni menos.
—Las prisioneras siguen sin decir nada, me temo —comentó Norry mientras guardaba la negativa de la petición en el cartapacio de cuero. Parecía como si pensara que si lo metía con la suficiente rapidez sería como si nunca lo hubiese sacado—. Me refiero a las Aes Sedai Amigas Siniestras, milady. Y los otros dos. Muy callados salvo por… eh… las invectivas. Mellar es el peor en cuanto a eso, cuando grita lo que se propone hacerles a las mujeres que lo arrestaron. —Deni había cumplido sus instrucciones al pie de la letra; las guardias habían dado una buena tunda de puñetazos a Mellar, dejándolo marcado con moretones de la cabeza a los pies—. Pero las Aes Sedai pueden ser muy… eh… vituperadoras también. Me temo que será preciso someterlas a interrogatorio si queremos enterarnos de algo útil.
—No las llaméis Aes Sedai —espetó Elayne. Oír el término «Aes Sedai» unido al de «Amigas Siniestras» le revolvía el estómago—. Esas mujeres han renunciado al derecho a que se las llame Aes Sedai. —Ella en persona se había encargado de quitarles el anillo de la Gran Serpiente y los había mandado fundir. Aquello era prerrogativa de Egwene, no suya, y posiblemente se llevara una reprimenda por hacerlo, pero no había podido evitarlo—. Pedid a lady Sylvase que os preste a su secretario. —Entre su gente no había interrogadores profesionales y, según Aviendha, un interrogador inexperto probablemente acabaría matando a la persona a la que sometía sin éxito a interrogatorio. ¿Cuándo le permitirían a su hermana que le hiciera una visita? Luz, cómo echaba de menos a Aviendha—. Sospecho que no es ésa su verdadera ocupación. —Un relámpago alumbró los ventanales de la sala de estar, y los paneles de cristal repicaron con la sacudida del trueno.