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Norry apretó los dedos por las puntas al tiempo que sujetaba contra el pecho el cartapacio con los pulpejos de las manos y adoptaba un gesto ceñudo y grave.

—Pocas personas tienen un interrogador privado, milady. Sugiere… eh… un lado oscuro en esa persona. Claro que, a mi modo de ver, el abuelo de la dama espantó a todos los hombres que mostraron interés por ella hasta que no quedó ninguno que tuviera interés, y ha sido virtualmente una prisionera desde que alcanzó la mayoría de edad. Eso debe de acabar de darle a cualquiera una perspectiva oscura del mundo. Es posible que no sea tan… eh… de fiar como vos quisierais, milady.

—¿Creéis que podríais convencer a alguno de sus sirvientes para que fuera mis ojos y mis oídos? —Qué fácil le resultaba pedir aquello. Los espías habían llegado a formar parte de su vida tanto como los albañiles o los vidrieros.

—Creo que sería posible, milady. Lo sabré de cierto dentro de uno o dos días. —En otros tiempos se habría horrorizado ante la idea de tener algo que ver con el espionaje. Al final todas las cosas cambiaban, por lo visto. Movió las manos sobre el cartapacio, casi como si fuese a abrirlo pero sin acabar de hacerlo—. Me temo que las alcantarillas del sector meridional de la Ciudad Nueva precisan atención inmediata.

Elayne suspiró. No todo cambiaba, no. Maldición. Cuando gobernase todo Andor sospechaba que no dispondría siquiera de una hora para sí misma. ¿Qué querrían Luan y los otros?

Poco después del mediodía, Melfane Dawlish apareció e hizo que Essande y Naris desnudaran totalmente a Elayne a fin de pesarla en una gran balanza con los brazos de madera que la partera había llevado consigo, un ritual diario. Al menos, el plato de latón estaba cubierto con una manta, ¡gracias a la Luz! La robusta mujercita escuchó el latido de su corazón a través de un tubo hueco de madera pegado contra el pecho y la espalda, y le toqueteó y le retiró los párpados para examinarle los ojos. La hizo orinar y después sostuvo el recipiente de cristal a contraluz de una lámpara de pie para examinarlo. ¡También lo olió e incluso metió un dedo en ello y se lo chupó! Era otro ritual diario. Elayne apartó la vista mientras se echaba por encima el vestido de seda con flores bordadas, pero aun así se estremeció de asco. Esa vez Melfane se percató de su reacción.

—Distingo algunas enfermedades por la variación del sabor, milady. De todos modos, hay cosas peores. Mi muchacho, Jaem, el que carga con la balanza, su primer trabajo remunerado fue limpiar el estiércol de unas caballerizas. Afirmaba que todo lo que detestaba le sabía a… —La oronda circunferencia de la mujer se sacudió con la risa—. Bueno, os lo podéis imaginar, milady. —Elayne lo imaginaba, sí, y se alegró de no ser propensa a las náuseas. En cualquier caso, la estremeció otro escalofrío. Essande parecía muy serena, con las manos enlazadas a la cintura y una mirada aprobadora puesta en su sobrina, pero Naris tenía el aspecto de ir a vomitar en cualquier momento—. Lástima que no pueda aprender mi oficio, pero nadie compraría hierbas a un hombre. Ni querría la asistencia de un partero. —Melfane soltó una estridente y divertida carcajada ante una idea tan ridícula—. Quiere ser aprendiz de armero, nada menos. Ya es mayor para eso, pero así son las cosas. Bien, pues aseguraos de leerle a vuestro bebé. De esa forma acabará reconociendo el sonido de vuestra voz. —Parecía más que dudosa respecto a la afirmación de Elayne de que tendría un niño y una niña. No lo admitiría hasta que pudiera oír el latido de los corazones, y para eso todavía faltaban unas pocas semanas—. Y que haya músicos que toquen para ella. Así aprenderá a amar la lectura y la música. Además también ayuda en otras cosas. Hace más inteligente a la criatura.

—Decís siempre lo mismo, señora Dawlish —repuso, malhumorada—. Tengo memoria, ¿sabéis? Y lo estoy haciendo.

Melfane rió de nuevo, y un brillo titiló en sus oscuros ojos. Aceptaba los cambios de humor de Elayne del mismo modo que aceptaba los relámpagos y la lluvia.

—Os sorprenderíais cuántas personas no creen que un bebé en el vientre de su madre puede oír, pero yo noto la diferencia entre aquellos a los que les han leído y a los que no. ¿Os importa si hablo un momento con mi tía antes de marcharme, milady? Le traje una empanada y un ungüento para las articulaciones.

Essande se puso colorada. Bien, ahora que su mentira había salido a la luz tendría que aceptar la Curación o Elayne descubriría por qué no quería recibirla.

Al final del almuerzo a mediodía Elayne sacó a colación el tema de las intenciones de Luan y los otros para hablarlo con Birgitte. La comida estaba deliciosa y había comido vorazmente. Melfane había vapuleado a cocineras y a cualquier mujer que estuviera al alcance de su voz por la dieta blanda con la que la habían estado alimentando. Ese día tenía trucha de estanque asada a la parrilla en su punto perfecto, rollos de col rellenos con queso blanco de oveja que se desmenuzaba con tocarlo, habas con piñones y tarta de manzana ácida. Otra razón de que la comida estuviera deliciosa era que nada tenía ni el menor rastro de sabor a podrido o pasado. De bebida tenía un buen té negro con menta que la hizo ponerse tensa hasta que se dio cuenta de que era realmente menta. Lo único que Melfane le había prohibido era el vino, por muy aguado que se lo sirvieran. Birgitte había renunciado a beberlo ella a pesar de que no parecía probable que la afectara en modo alguno a través del vínculo. Elayne se abstuvo de hacer tal comentario. Birgitte había estado bebiendo demasiado para mitigar la pena por haber perdido a Gaidal. Elayne lo entendía aunque no lo aprobara. Ni siquiera era capaz de imaginar qué haría si Rand muriera.

—No sé —dijo Birgitte después de engullir el último bocado de su tarta—. Supongo que han venido a pedirte ayuda para ir contra los fronterizos. Lo único seguro es que no están aquí para ofrecerte su jodido apoyo.

—Sí, también es lo que creo yo. —Elayne se chupó la punta del índice y recogió las migajas de queso para llevárselas luego a la boca. Se podría haber comido otra ración entera igual a la que había ingerido, pero Melfane había anunciado su inflexible intención de limitar su aumento de peso. Justo lo necesario, y no demasiado. Quizás una vaca a la que engordaban para el mercado se sintiera igual que ella—. A no ser que vayan a exigirme que les rinda Caemlyn.

—Todo es posible —convino Birgitte en un tono aparentemente alegre. El vínculo revelaba que no se sentía alegre en absoluto—. Seguimos teniendo centinelas en las torres, sin embargo, y Julanya y Keraille han conseguido trabajo como lavanderas en su campamento, así que sabremos si van a marchar contra la ciudad antes de que el primer hombre haya dado un paso.

Elayne habría querido no suspirar tanto. Maldición, tenía a Arymilla, Naean y Elenia bajo vigilancia y, decididamente, con el disgusto de tener que compartir una cama —sabía que no debería disfrutar con eso, pero no podía evitarlo— y había conseguido tres aliados más, aunque no fueran todo lo incondicionales que sería de desear. Al menos ahora estaban unidos a ella inextricablemente. Debería sentirse triunfal.

Esa tarde, Essande y Sephanie la vistieron con un atuendo verde oscuro y cuchilladas en la falda en tono esmeralda, así como bordados con hilos de plata en el pecho, las mangas y alrededor del repulgo de la falda. De joyas lucía el anillo de la Gran Serpiente y un gran alfiler de plata y esmaltado en azul a excepción de la Clave de Plata de Trakand. El broche la hizo sentirse melancólica. En casa se decía que Trakand era la piedra angular que mantenía unido Andor. Hasta el momento no había hecho un buen trabajo en ese sentido.

Birgitte y ella se turnaban para leerles a los bebés. Cosas de la historia, naturalmente; si Melfane tenía razón, no quería aficionarlos a relatos frívolos. Eran materias aburridas. Un hombre regordete con el uniforme rojo y blanco tocaba la flauta al tiempo que una mujer esbelta, también de uniforme, pulsaba el salterio de doce cuerdas creando una música alegre y animada. Al menos cuando el estruendo de algún trueno no ahogaba las notas. Los trovadores no crecían en los árboles, y Birgitte no las había tenido todas consigo en cuanto a permitir que personas que no pertenecieran al personal de palacio se acercaran a Elayne, pero la señora Harfor había encontrado varios músicos consumados que habían aprovechado al momento la oportunidad de ponerse el uniforme. La paga era bastante mejor en palacio que en una sala común, y además se les daba la vestimenta. Elayne se había planteado la idea de contratar un juglar, pero eso le recordaba a Thom. ¿Estaría a resguardo de la lluvia? ¿Estaría siquiera vivo? Lo único que podía hacer era rezar. Quisiera la Luz que sí. Por favor.